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presidir por simples particulares, bajo la multa de .

quinientos pesos (1). .
Este acuerdo o comprom1so disgustó sobre ma-
nera, tanto a varios capitulares que no habian in—

tervenido en él, como a la j eneralidad del vecinda

rio.
Habiéndose pedido que se reconsiderara el asun-

to, los que rechazaban semejante determinacion‘

hicieron valer, entre otros fundamentos, el que era. inaceptable que en actos de familia como los entierros i las honras, un capitular tuviera un lugar de preferencia sobre su hermano mayor, o sobre su padre, o sobre su abuelo, i el que aquella prohibi—

cion tendia a establecer una incomunicacion ‘funes

ta entre el cabildo i el vecindario.

Estas razones i el‘ pronunciamiento de la opinion pública obligaron a revocar el acuerdo.

Ya se verá; que las fiestas i las etiquetas consiguientes suministraban al cabildo bastante ocupa— ‘61o11.

Pero esto no era todo;

El cabildo tenia que atender al remedio de la sequedad, que por las actas de dicha corporacion aparece haber sido bastante frecuente en este

aís. P Lo primero que hacía para conseguirlo era apeIar a Nuestra Señora del Socorro, “habiendo co— rrespondido sicmpreel suceso, dice una de las actas, a la confianza de‘ este cabildo, lográndose mediante la novena i procesion hecha a esta sagrada imájen la deseada lluvia”

A pesar de la aseveramon precedente, la rogati—

(‘1)II/ibï0 deudas del C’abildó ú Santüzgo, sesion de 12 de julio de 12760. (ï(2) Libro de actas del cabildo de Santiago, sesíon de 3 de agosto .dc1 64.

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va de Nuestra Señora del Socorro no producia en todas ocasiones el objeto apetecido.

Se recurría entónces sucesivamente a los otros santos patronos de la ciudad.

Ya fuera que la lluvia se obtuviera mas o ménos tarde; ya fuera que nó, la consecuencia necesaria de la sequedad era la esterilidad de los campos, i la peste.

Se temia tambien que pudiera traer algun gran temblor.

En 22 de febrero de 1760, el procurador jeneral representó al cabildo “que eran continuos los clamores que esparcia el público, dimanados de las violentas í graves enfermedades que padecia, de que eran buenos testigos los conventos, parroquias í monasterios, pues no se veia en ellos otra cosa, que funciones funerales de las personas que fallecian, iesto con tal frecuencia, que sería raro el dia que faltase entierro en cada uno de los templos que encerraba esta capital.”

El juez de abastos en la misma sesion llamó la atencion sobre la mala calidad de las menestras; i sobre el hecho “de que en aquel año no se veian vendedores de legumbres por las calles, como habia sido costumbre en los antecedentes, por escasos que hubiesen sido.”

En la sesion de 27 de febrero de 1773, el cabildo reconoció la.efectivídad “de la mucha escasez de los necesarios alimentos para cumplir en :‘. todo el ayuno de la santa cuaresma presente, siendo tan contínjente la conduccion del pescana. así por la casualidad de su pesca, como porque aquella, no habiendo pasto para las mulas, se hace en mas largo tiempo del regular; i la del pescado seco que viene de Coquimbo, por el mismo motivo, no se ha trasportado como en otras ocasiones, con

curriendo en la presente la mucha imala naturaleza de verduras, principal abasto del pueblo, i en especial de la jente pobre.”

Mas o ménos se repetian iguales necesidades en todos los años secos, que por entónces no fueron raros.

Aquella penuria obligaba al cabildo a entrar en negociaciones con la autoridad eclesiástica para conseguir que permitiera comer carne en muchos de los dias de la cuaresma, jeneralmente cuatro en cada siete.

La organizacion de las rogativas i la consecucion de estas dispensas no eran cosas tan fáciles, comoálguien pudiera imajinárselo. Por el contra— rio, daban oríjen a idas i venidas, ia largas discusiones.

Por vía de comprobacion, voi a citar un solo hecho, que puede hacer presumir lo que en tales casos solía suceder.

En setiembre de 1771, se esperimentaba en Santiago una excesiva sequedad, que inspiraba alarmantes temores de hambre, de peste i quizá de te— rremoto.

Se habia hecho un solemne novenario í una suntuosa procesion a Nuestra Señora del Socorro, pero infructuosamente.

El cabildo resolvió entónces hacer una rogativa a Nuestra Señora de la Merced, isacarla por las calles de la ciudad.

Al efecto, comisionó al alguacil mayor don Antonio de Espejo para que fuera a arreglar el asunto con el provincial de la comunidad mercenaria.

Aquel reverendo padre se manifestó mui bien dispuesto; pero exijió que el cabido costease la ce— ra con que debian alumbrar en la procesion los sesenta o sesenta i‘ cinco frailes de que constaba su órden; i que esa cera, despues de la funcion, quedara a beneficio del convento.

Parece que con esto el provincial se hacía cargo del alumbrado interior de la iglesia, i de los otros pequeños gastos.

Los capitulares acordaron responder que la ciudad estaba muipobre; que acababan de hacer otra rogativa a Nuestra Señora del Socorro; i que lo que pedia el provincial no se habia acostumbrado nunca. ‘

Determinaron trasmitir al prelado mercenario estas observaciones, por medio del síndico o procurador “con un recado político;” i proponiéndole que costearian toda la cera de la procesion “con la calidad de que se devolviese finalizada la funcion.”

El provincial no aceptó.

“N o queriendo los capitulares omitir medio ni arbitrio de prudencia para facilitar tan santa obra, dice el libro de actas, repitieron segundo recado por la persona del mismo síndico, representán— dolo (al provincial) de nuevo que en lo presenté se hallaba exhausta la ciudad de caudal, i que en esta conformidad se pusiese la cera por la comunidad solo para el efecto de la rogativa, i se contribuiria al convento con la limosna de cuarenta pesos.”

El provincial tornó a rehusar.

El cabildo, no juzgando de su decoro insistir mas, resolvió costear la cera para la iglesia i la_ procesion “con la calidad precisa de que el síndico la recojiera luego que concluyese la funcion” (1).

Todo esto, como se comprenderá, daba mucho que trabajar a los capitulares, a quienes por lo tan. to se acusaba con injusticia de ser ociosos.

d (1) M.b'ro de actas del cabildo de Santiago, sesion de 5 de setiembre e 1771.

A fuer de imparcial, debo advertir que no debe censurarse mucho al provincial de la Merced el haberse manifestado tan codicioso de velas, porque en aquello no hacía mas que seguir el ejemplo de los mismos capitulares, como puede verse por la siguiente acta que saco de los libros del cabildo:

“Por cuanto de tiempo inmemorial a esta parte, está convenido este cabildo con.el eclesiástico en contribuir aquel los ramos para el dia de éstos, i éste en dar la vela a los capitulares isus demas ministros en el de la Purificacion; i se ha notado que el mayordomo solo suministra dicha vela a. los que asisten a la funcion, denegándola positiva— mente alos que no concurren, motivo de que los mas de dichos capitulares se queden los mas años sin ella, por escusar muchos la concurrencia a causa de haberse publicado que la que prestan es solo por interes de la vela; por tanto, cediendo esto en perjuicio del derecho adquirido por este ca

‘bildo,i en deshonra i desprecio de sus capitulares,

mayormente cuando es constante que la referida vela se suministra a los señores de esta real au— diencia ia sus ministros subalternos, aunque no pongan la calidad de la asistencia, a que se reune ser esta contribucion al cabildo descendiente de un convenio i contrato oneroso a que no se ha añadido la referida calidad de asistencia que vo— luntaria i despóticamente ha querido entablar el precitado mayordomo, para ocurrir a los inconvenientes espresados,i conservar indemnes las rega— lías i respetos de este ilustre cabildo,” acordaron los capitulares de Santiago que su síndico o procurador reclamase ante el obispo del abuso del mayordomo de la catedral,i pidiera que se die.‘

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