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pintar la sociedad colonial; porque era como uno de esos viejos cuadros, descoloridos i cubiertos de polvo i telarañas, que nos dan a conocer los trajes i las fisonomias de los hombres de tiempos pasadcs.

Las disposiciones del soberano sobre esta materia, impotentes contra las preocupaciones i las costumbres, quedaban solo escritas en el papel, siendo desobedecidas en la práctica.

CAPITULO VIII.

LA ABOLICION DE LAS ENCOMIENDAS EN CHILE.

Dospoblacion de Chile al principíar el siglo XVIII.—Disposíciones contradictorias del monarca respecto del servicio personal de los indíjenas—Depósito de los indios prisioneros de guerra en poder de los encomenderos.——Oposïcion del cabildo de Santiago a que los indios fuesen reducidos a pueblos.—Estorsiones de los correjidores contra los indíjenas.— Alzamiento de 1723.——. Planes presenta— dos al reí para la fundacion de nuevas poblaciones en Chile.—El prep sidente don José de Manso lleva a efecto la formacionide varias villas.—Desavenencia ocurrida entre el presidente Ortiz de Rósas i los hacendados de Chile con motivo de la fundacion de nuevas pobla— ciones.—Idea de asegurar la. obediencia de los araucanos mediante la fundacion de poblaciones en su territorio.—Alzamiento de 1766.— Dispersion de los araucanos propuesta por el presidente Guill i Gon— zaga.—Gran temor de un ataque de araucanos esperimentado en San— tiago en 17 79.—Colejios de naturales.—Abolícion de las encomien— das.

I.

Hacía siglo i medio, mas o ménos, que los españoles se habian establecido en Chile.

Sin embargo, la poblacion, en vez de aumentarse, disminuia rápidamente.

La guerra, la peste, el réjimen de las encomiendas i del servicio personal habian arrebatado cada año centenares de habitantes.

La despoblacion habia llegado a ser verdaderamente aterradora.

Podría citar para comprobar esta asercion varios hechos consignados en documentos oficiales, pero voi a concretarme a solo dos, que serán suficientes.

El monarca, por cédula de 8 de agosto de 1686, habia ordenado que se pusieran en vigor las leyes de la Recopilacion de Indias para que se enseñase a los indíjenas la lengua castellana, abriéndose para ello las escuelas que fuesen necesarias. ¡

En contestacion, decia al rei la audiencia de Santiago de Chile en 18 de setiembre de 1690, que ‘.‘en este reino, adonde los pocos pueblos (de índios, se entiende) que hubo, se han despoblado, así por las continuas pestes de que murieron los indios, como porque los encomenderos los han estraido de ellos, agregándolos a sus estancias pa1‘a ‘el bene‘ficio ‘de sus haciendas, como aparece del testimonio que se ‘1‘e‘mite, no solo es imposible el practicarse dichas escuelas por no haber pueblos

e indios, ‘sino‘mui ‘difícil el que sean ‘dodtrínados en nuestra santa fe, i la reciban con el conocimiento necesario ‘a su salvacion”.

La audiencia lamentaba tanto mas aquella imposibilidad, cuanto que habiendo promovido el presidente don José de Garro la ínstruccion de los indíjenas, los habia ejercitado en la latinidad “hasta conseguir se ordenase de sacerdote uno de los hijos del cacique mas principal con no poca admiracion del barbarismo”. ‘

En vista de esta esposicion, el rei, por Cédula de 27 de abril de 1692, mandó a súpresíde‘n‘te ‘í oidores de Chileque “aplicasen todos los medios‘convenientes a que se volviesen ‘areducir i congregar en sus antiguos pueblos los ‘ihdios‘queespresaban

hallarse ausentes de ellos, usando de todos los medios mas suaves i de respeto que eonviniesen a. lograr aquel fin; i que congregados en sus pueblos, se les asistiese con las escuelas i enseñanza que estaba dispuesto por el despacho de 8 de agosto de 1686 i leyes recopiladas, procurando la efectiva restitucion de los indios encomendados a sus pueblos, i castigando severamente a los encomenderos que los estrajesen, poniendo en su cumplí.— miento especial cuidado, i de avisar en todas oca:— siones al consejo de Indias lo que en aquella parte, como de todo lo demas que les encargaba, fuesen corrijiendo su celo i obligacion”.

Aparece de los documentos que acaban de leerse que habia dos causas mui poderosas que con: tribuian a la despoblacion del reino.

Era la primera, la muerte que producia estra— gos espantosos, fomentada por las epidemias i por el durísimo jénero de vida impuesto a los indí— jonas.

Era la segunda, la dispersion de los naturales, a quienes, al tiempo del descubrimiento, se había encontrado en grupos o rancherías mas o ménos numerosas, i que despues habian sido diseminados por los campos i estancias.

Hemos visto el empeño que los reyes españoles manifestaron desde el principio de la conquista para que los indíjenas fuesen reducidos a pueblos; pero en Chile, los encomenderos i estancieros, obrando de un modo contrario a aquel que estaba ordenado, no pensaron mas que en llevar los indios a sus fundos para someterlos a la condicion de inquilinos.

Los propietarios chilenos de campos, en vez de formar nuevos pueblos, como lo quería el rei, des— truyeron los que habia.

Este sistema contribuyó, no solo a la disminu— cion, sino tambien a la barbarie de los habitantes.

Aquel aislamiento impedia, tanto la enseñanza relijiosa, como la práctica de la vida civil.

A causa de esto, los mismos españoles se embrutecicron junto con los indios, en lugar de civilizarlos.

“Don Francisco de la Puebla González, obispo de la iglesia catedral de Santiago, dió cuenta, entre otras cosas, en carta de 9 de enero del año pasado de 1700, decia el rei en cédula de 26 de abril de 1703 al presidente i audiencia de Chile, que en las cien leguas de lonjítud que visitó desde esa ciudad al estrecho de Magalláncs, no encontró pueblo alguno, sino ranchos, donde vivían los españoles, i en cada rancho un solo vecino; i que en esta desunion i ociosídad que profesan es

añoles i mestizos, se emplean en mui graves deitos, de que no pueden ser castigados por sus correjidores respecto de las largas distancias, ni los curas doctrínarles,i administrarlcs los santos sacramentos, causando muchos daños a los indios”.

“Se recibió en mi consejo de las Indias, repetía el rei al presidente don Gabriel Cano de Aponte en cédula de 5 de mayo de 1710, una carta de don Francisco de la Puebla González, obispo que fué de la ciudad de Santiago, su fecha 9 de enero del año de 1700, en que daba cuenta de que en la visita que acababa de hacer de una parte de su obispado, habia encontrado las tierras ásperas i desiertas sin pueblo alguno, si no es ranchos, donde solo vivía un vecino, ponderando el miserable estado en que se hallaban los indios de dicho reino, í la disminucion que de ellos habia por los malos tratamientos que les hacian sus encomenderos con el servicio personal, trabajándolos de dia i de

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