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dad que por el fin de congregarse i falta de medios, se han de valer de los ganados para vivir. Piérdense igualmente las haciendas vecinas, porque la misma servidumbre del camino les facilita el hurto, no pudiéndose negar el paso, estando la que se supone villa en el centro.

“Por todas partes, sentimos las consecuencias de tan repetidas poblaciones. Carecen todas las haciendas de sírvientes, i así todos nos reducirémos a la misma miseria, porque los que ántes se sujetaban a algun trabajo en las haciendas, se han hecho pobladores, queriendo vivir mejor en las tierras propias, que en las ajenas, i los pocos que subsisten en el ministerio de las haciendas es siempre con el amago de que pueden hacer suya la ha— cienda con ofrecerse a poblarla. Anima su pensamiento ver siempre propensos a él al correjidor i al cura; el primero, porque influye con la poblacion al mérito del capitan j eneral, de quien pende; el segundo, porque en cualquiera villa por su estado i ministerio, se le asigna el mejor sitio para casa, i el mas fértil i estenso para chacra, i no es mucho no se detenga en los inconvenientes de la villa, cuando solo su informe le hace dueño de una posesion”. .

Los hacendados esponian mui estensamente los numerosos inconvenientes que resultaban de la espropiacion de sus haciendas para villas i caminos.

El rei, por cédula de 18 de octubre de 1660, se limitó a ordenar a don Manuel de Amat i J unient, sucesor de Ortiz de Rósas, que manejara el asunto con prudencia, i procurara remediar los perjuicios que se denunciaban.

Entre tanto, aquellas villas, tan maldecidas por los hacendados, habian valido a su fundador el título de conde de Poblaciones.

Por lo demas, el clamor fué apaciguándose poco a poco.

Ninguna de las villas fué abandonada, i ninguno de los caminos fué cerrado.

Las primeras sirvieron de centros de comercio i de civilizacion.

Los segundos facilitaron paso, no solo a los ladrones de ganado, como decian los hacendados, sino a todos los habitantes, i a los mismos hacendados, que, gracias a aquellos caminos, pudieron esplotar sus fundos como convenía.

X.

La eficacia que se atribuia a la fundacion de nuevas poblaciones era tanta, que hubo tiempo en que se tuvo la idea de que semejante arbitrio podría ser suficiente para poner término a la costosa i prolongada guerra de Arauco.

Aquella memorable lucha habia continuado en el siglo XVIII mas o ménos como habia sido en el siglo XVII i en el XVI.

La resistencia heroica del pueblo araucano humillaba la soberbia del monarca de España.

I esta no es una presuncion mas o ménos fundada, pues el rei mismo lo escribia así al presidente don Gabriel Cano de Aponte en cédula de 28 de octubre de 1718.

“Una de las cosas de la mayor importancia de esos mis dominios, i en que hasta ahora por negli— jencia o por difícil no se ha tratado sobre ella, le decia, es la de disponer el modo o forma de dar fin a la guerra de los indios bárbaros, que desde el descubrimiento de ese reino permanecen en él con poco decoro de mis armas, i con dispendios consi— derables de mi real hacienda, i gravísimos perjui

cios de esos mis vasallos, sin que tenga noticia que ninguno de los muchos virreyes que ha habido en el Perú, ni de los capitanes jenerales de ese reino vuestros antecesores, se hayan dedicado a discurrir ni practicar medio alguno en materia de tan graves consecuencias, i tan inmediata al honor de la nacion española, tolerando culpablemente unos i otros el que los indios estuviesen sin ser ofendidos ni molestados en sus estancias, persuadidos a ser capaces de esponerse a las fuerzas mias, i hacien— do con ellos tratados de tregua i paces tales, como se pudieran ejecutar con ejércitos de tropas arregladas que fuesen capaces de competir con mis armas, i consintiendo tambien otros actos de poco decoro al crédito de la nacion, en que tambien incurrieron los ministros de los reyes mis predecesores, a quienes no hicieron presentes estas circuns— tancias para obviarlas, i ha durado en esta conformidad siglos enteros esa guerra, consumiéndose en ella inútilmente inmensos caudales de mi ha— cienda rea ”.

En consecuencia, el soberano encargaba a su

residente—gobernador de Chile que le propusiera lbs arbitrios mas eficaces i prontos para la terminacion de tan vergonzosa guerra, i reduccion de los rebeldes araucanos.

Una real cédula mui interesante, que paso a copiar, continúa haciendo la historia de este gravísimo asunto, a que no dió solucion satisfactoria la monarquía, ni la ha dado todavía la república.

“El Rei. Don José Manso, gobernadori capitan jeneral del reino de Chile, i presidente de mi real audiencia de él. En carta de 27 de enero de 1737, espresa el sarjento mayor del ejército de ese reino don Pedro de Córdoba i Figueroa que don

Gabriel Cano, vuestro antecesor, le manifestó una cédula en que le mandé viese los medios conducentes para terminar la guerra de él, i que con este motivo hallaba ser de su obligacion representarme en el asunto lo que tenia por conveniente, que se reduce a que desde la conquista de ese reino por Pedro de Valdivia, que murió en campal batalla el año de 1553, han sido mui repetidas las sublevaciones de los indios con notable ruina de los naturales i ciudades de ese reino, citando cada una en su tiempo, i las reales cédulas dirijidas con las correspondientes providencias, así a los virreyes, como a los gobernadores vuestros antecesores, i que sin embargo de la vijilancia i celo con que de ciento ochenta i siete años a esta parte, se ha procurado atender a que se termine esta guerra, no se ha podido conseguir, teniendo, como ha tenido, de costa, hasta el año de 1664, treinta i tres millones novecientos setenta i tres‘ mil pesos de a ocho reales de plata, i enviádose de estos reinos mas de veinte i cinco mil hombres de reclutas, habiendo su padre, el maestre de campo don Alonso de Córdoba, establecido una paz con los indios (entre las muchas que ántes se habian hecho) despues de diez i nueve años de guerra, que duró mas de cuarenta i nueve, hasta el de 1723 que se volvieron a sublevar. I esponiendo por menor los perjuicios que en todos tiempos han ocasionado, añade que los referidos indios poseen hoi el espa— cioso tiro de mas de ciento cuarenta leguas que hai desde el Biobio al canal de Chiloé, ide latitud de mar a cordillera, sin que haya mas españoles que la plaza de Valdivia, Arauco i el fortín de San Pedro i los fragmentos de ocho ciudades, que de sus fábricas se ven bastantes señales, i recuerdan lo que fueron, habiendo habido en la Imperial dos obispos, en Valdivia cuño de doblones i oficiales reales, i en Osorno, convento de monjas, i en todas estas ciudades, algunas manufacturas. Que asimismo se ven los fragmentos de mas de veinte fortalezas, minas que fueron trabajadas, i muchas haciendas de campo. I pasando a delinear el jenio marcial de los indios, i modo de dar sus batallas, concluye en que, para que se logre el fin de termi— nar la guerra, sería conveniente se funden algunas ciudades a proporcionadas distancias unas de otras para que puedan sostenerse con mutuo socorro, i que el arraigo de su vecindad las haga subsistir con permanencia, porque, para retener a los hombres, sirve de atractivo la casa que se construye i la heredad que se funda, señalando para la primera fundacion el sitio de la arruinada ciudad de los Confines, que dista cuatro leguas de Biobio, i se ve en ella la delineacion de calles icasas, sobre cuyos cimientos se podrán construir otras, teniendo tambien el beneficio de molinos i viñas, que con corto dispendio serán fruotuosas por las acequias que haí, i fértil que es la tierra. Que hai mucha jente incómoda en el reino, que con la inspeccion de lograr ventajosos repartimientos de solares i campos, se ofrecerán voluntarios; i que siendo la jente del país poco laboriosa, sería conveniente tripularla con la de otros para que les sirviese de estimulo i ejemplo, i se enardeciese su tibieza, logrando con los recíprocos casamientos los intereses comunes; i que las personas que se hayan de avecindar sean cuando ménos mas de ciento, i que se les asista con el sueldo i racion el primer año, i el segundo i tercero con pre de comun soldado, enviando cuatrocientos hombres de guarnicion que cubran el país i fomenten la construccion de casas i de un recinto para que quede en estado de una regular defensa, estando las semen

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