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pre en sus terrenos, lo que hace conocer el valor i constancia de este pueblo” (1).

“El indómito araucano, agregaba todavía, es incapaz de ceder a los mas fuertes reveses de la for— tuna. Las pérdidas mismas, tan léjos de abatirlo o desmayarlo, ántes parecen infundirle mas vigor i mas valor. Uno solo que quede, dice el esperto historiador Tesillo, no dudará de oponerse a los progresos de maestras armas. Esta constancia, o llámese contumacia, si se quiere, es ciertamente maravillosa, por no decir heroica” (2).

IV.

Era natural, en vista de tales antecedentes, que cuando los criollos, impulsados por agravios que se habian ido enconando de dia en dia, i aprovechándose de circunstancias favorables, principiaron a recurrir a las vías de hecho para separarse de la metrópolí, se sintieran inclinados a identificar su causa con la de la tribu indíjena que tanto admiraban, i que les ofrecia un ejemplo tan aplaudido de sacrificios magnánimos en defensa de la independencia.

Fué precisamente lo que sucedió.

Los criollos chilenos se avergonzaban de tener por abuelos a los españoles, i aspiraban a ser tenidos por compatriotas de los araucanos, a quienes habian sin embargo combatido ántes de la revolucion, i habian de seguir combatiendo despues; que eran incapaces de comprender el objeto de la lucha trabada entre los hijos de los conquistadores,

(1) Molina, O’ompendío de la Historia Civil del reino de Oin‘le, libro 4, capítulo 11. (2) Molina, 00mpendü) dela Historia del reino de O’hile, libro 4, capítulo 1.°

i que manifestaban aun mas simpatías al rei que a la república.

Los autores europeos que leian de preferencia, particularmente el mui famoso Raynal en la Hi8toire Philosophique et Politique des établíssemens et du commerce des européens dans les deux Indes, la obra predilecta de los americanos ilustrados al principio de este siglo, ensalzaban a los araucanos con toda clase de elojios, i deprimian a los españoles con toda clase de censuras.

Era un honor tener en sus venas sangre de los primeros; i una vergüenza tener la de los segundos.

Imitar a los araucanos, llamarse araucanos era la pretension ostentada de todos los políticos a la m0da, de todos los directores de la opinion pública.

“¿Quién no admira el ardor i la magnanimidad heroica con que combatieron por su libertad los indios chilenos? decia Camilo Henríquez. La musa de la historia tomó a su cargo inmortalizar sus hazañas; la trompeta de Clio las ha pregonado por el universo; i muchos escritores apreciables les rindieron el tributo del elojio i del honor. Toda la América habia doblado ya la cerviz bajo el yugo; ella miraba con triste silencio condenados sus hijos al trabajo matador de las minas, despojados de sus posesiones, reducidos a la servidumbre; los palacios de sus invasores se elevaban sobre la tumba de sus incas; solo el duro araucano rehusa las cadenas, i anteponiendo todos los males posibles a la pérdida de su libertad, i sin intimidarse por la inferioridad e imperfeccion de sus armas, resiste, combate, triunfa a las veces; i cuando es vencido, ni decae de ánimo, ni pierde la esperanza de vencer” (1).

(1) Aurora de 0¡üe, fecha 16 de julio de 1812, tomo 1.° número 23.

Teniendo semejante idea de los araucanos, no es estraño que Camilo Henríquez, al enumerar en el prospecto de la Aurora de 07n‘le, los bienes que ya habia producido el nuevo órden de cosas, se esprese así: “Los fuertes habitantes de los cuatro utralmapus, los indios, nos prometen una cooperacion activa para repeler los insultos estranjeros, i sostener los derechos del desgraciado Fernando. Talvez no dista el bienhadado momento de su conversion, civilizacion i cultura. Talvez será una de las glorias del directorio los progresos, literarios que hagan en el Instituto los felices} injenios de estos nuestros compatriotas i hermanos, en quienes se conservan puros los rasgos de nuestro carácter nacional i primitivo” (1).

Estas ideas exajeradas acerca del mérito de los bárbaros de ultra Biobio llevaban a Camilo Henríquez a suponer fácil í prontamente hacederos los proyectos mas quiméricos. 7

Al poco tiempo de haber comenzado a aparecer la Aurora, escribió un artículo titulado: 0ivilizact‘0n de los indios.

En él se espresa con toda seriedad como sigue:

“Conviene que los araucanos se persuadan que los reconocemos por iguales a nosotros; que nada hai;en nosotros que nos haga superiores a ellos; que la opinion estará en favor suyo, serán entre nosotros elevados a todas las dignídades, se estrecharán nuestras familias con las suyas con los vínculos de la sangre, siempre que no haya disonancia en la educacion, relíj ion, modales i costumbres”.

Despues de manifestar que en su concepto, los jóvenes podian instruirse con facilidad i llevar a su tierra las luces de la civilizacion, agrega:

(1) Aurora de Uhile, prospecto.

“‘¿ I qué obstáculo puede presentarse cuando aquellos naturales tengan hombres instruidos ? ¿Cuando vean a sus compatriotas, unos constituídos oficiales del ejército, otros miembros de los tribunales de justicia, otros en la primera majístratura, otros en la gran cámara í convencion en que se traten los negocios del estado? Entónces será cuando los campos mas hermosos del mundo dejarán de ser desiertos” (1).

Esta admiracion hiperbólica de los araucanos fué, no peculiar de Camilo Henríquez, sino mui jeneral, i duró por lo ménos un cuarto de siglo.

Podría diversificar i multiplicar los ejemplos; pero no lo hago por considerarlo inútil, í no ha. cerme demasiado fastidioso.

Uno de los literatos mas reputados de' la época revolucionaria fué, como se sabe, don Juan Egaña.

Habiéndosele ocurrido en 1819 escribir una ímitacion de las Cartas Persianas de Montesquieu, les dió por título Cartas Pehuenches, o Correspon— dencia de dos indios naturales del piro mapa, o sea la cuarta tetrarqnía de los Andes, el una residente en Santiago i el otro en las cordilleras pelmcncíws.

En la primera de ellas, asimila en un todo el objeto de la revolucion chilena con el de la guerra de Arauco.

. “La actual revolucion de Chile, dice, tiene el objeto mas justo inecesario que puede interesar un pueblo; es el mismo por el cual nuestra. nacion sostuvo mas de doscientos' años de guerra: su libertad e independencia de la tiranía española; i si nosotros sufrimos las atrocidades de Reinoso, Mendoza, Sotomayor, Quiñónes, Lazo, ete., ellos a.

(1) Aurora de Ohile, fecha 30 de abril de 1812, tomo l.°, número 12.

su vez han tolerado las de Marcó, Ossorio, San Bruno, Maroto, ete.” (1).

Todos conocen las numerosas alusiones a Arau— co i los araucanos de que está llena la cancion nacional, debida a la pluma de don Bernardo Vera i Pintado.

En sus ojos hermosos la Patria
Nuevas luces empieza a sentir,-
I observando sus altos derechos,
Se ha incendiado en ardor varonil.
De virtud i justicia rodeada,
A los pueblos del orbe anunció
Que con san9*re de Arauco ha firmado
La gran carta de su emancipacion.
Del silencio profundo en que habitan
Esas manes ilustres, oíd
Que os reclaman venganza, chilenos;
I en venganza a la guerra acudid.
De Lautaro, Colocolo i Rengo,
Reanimad el nativo valor,
I em eñad el coraje en las fieras
Que a España a estinguirnos mandó.

Muchos padres i madres de familia pusieron a sus hijos en la pila del baustimo los nombres, no de los santos del calendario cristiano, sino de los araucanos famosos, llamándolos Caupolicanes, Lautaros, Tucapeles, Galvarinos, Fresias.

Los nombres de los héroes de la epopeya de Ercilla sirvieron para designar las divisiones te— rritoriales, las imprentas, los periódicos, los buques de la escuadra.

Carrera i O’Higgins apostrofaban a los soldados en sus problamas con el dictado de araucanos.

Faltó poco para que los independientes cambiasen el nombre de Chile por el de Arauco.

‘(1) Egaña, C’artas Pehu6‘nches, carta 1_ °¿

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