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Efectivamente, al frente de la pág‘ina, viene una tosca i mal dibujad‘aestampa en la cual apareeede capitana de los españoles, i llevada sobre nubes, la Vírjen, que arroja puñados de polvo a los ojos de los indios asaltantes. En el fondo se percibe una plaza fortificada i torreada,. que representa la ciudad amparada con tan prodlijioso milagro.

Al pié‘de la estampa, se lee esta inseripcion l‘a—tina:

Praeunáï; Deipara híspanomm exercitum, indi qm‘ civitatem. obsidebant, eam videntes in ipsorum oculos pulpeïem. conspergentem perterriti fugerunt‘ in Ohi

e 1 .

El mas.moderno de los‘ant‘iguos.cronistas nacio« nales, i juntamente, unode los mas investigadores‘ i de los mas compulsadbres de archivos i papeles, don Vicente Carvallo i Goyeneche, agrega a las ya mencionadas, algunas noticias nuevasi curiosas sobre la imájen de Nuestra Señora del Socorro, iia especial proteccion que dispensó a Santiago, tanto en los peligros de la época de su fúndacion, como en todas sus grandes necesidades posteriores. ‘

En la iglesia de San Francisco, dice: “sevenera la milagrosa imájen de Nuestra Señora del Socorro, quées de media vara de alto, i la condujo desde ‘Italia don Pedro de Valdivia, iia llevó siempre en todas sus peregrinaciones hasta‘que la colocó en su hermita dela ciudad! capital de aquel reino. Tiene la sagrada imájen una piedreeilla en los dos. primeros dedos de la mano derecha; ies tradicion tenerla desde que losindios de Mapocho acomet1e— ron a los españoles, i‘eegó a los enemigos con puñados de arena. Nada hai de este‘prodijio en.los libros de la ciudad donde se habla de aquel hecho

(1) Ovalle, Histórica Relacion del'reino de (v’ñíle, libro 5‘, capitulo 15..

de armas, ni donde se trata de la fundacion ‘de la hermita i de su donacion para convento de San Francisco, ni en la del hospital, ni en el archivo eclesiástico; i con Calancha, escritor de Chile, me

inclino a creer lo ejecutó en el Perú la soberana'

reina de los ánjeles. La ciudad, en sus angustias i públicas necesidades, ocurre a su proteccion en cuerpo de ayuntamiento; i hasta ahora no se ha dado ejemplar de no haber sido bien despachadas sus humildes súplicas” (1),

III.

La Vírj en i el apóstol Santiago, si hemos de creer lo que refieren los cronistas nacionales, siguieron favoreciendo señaladamente a los españoles para llevar adelante la conquista de Chile.

El 12 de marzo de 1550, el glorioso apóstol volvió a dar alos conquistadores en la recien fundada ciudad de Concepcion, una nueva i notable prueba de la proteccion que les dispensaba.

Aquel dia, los araucanos en multitud compacta i aguerrida .embistieron la poblacion; pero fueron rechazados con la mayor presteza i facilidad.

Los españoles lo atribuyeron desde luego a milagro patente; i sus presunciones no tardaron, segun dijeron, en ser confirmadas por las relaciones de los indios.

“Parece nuestro Dios quererse servir de la perpetuacion desta tierra, escribia el gobernador

(1) Carvallo, Descrépcion Estórica—;ieográflca del rcinodc Uhílc, parte 2, capítulo 4, ‘

Valdivia al emperador Cárlos V, para que sea su culto divino en ella honrado, i salga el diablo de dónde ha sido venerado tanto tiempo. Pues, segun dicen los indios naturales, que el dia que vinieron sobre este nuestro fuerte al tiempo que los de a cahallo arremetieron con ellos, cayó en medio de sus escuadrones un hombre viejo en un caballo blanco, e les dijo: huid todos, que os matarán estos cristianios; í que fue tanto el espanto que cobraron, que dieron a huir. Dijeron mas: que tres dias ántes pasando el rio Bin—bin para venir sobre nosotros, cayó una cometa entre ellos un sábado a medio dia; :i deste puerto donde estamos la vieron muchos cris:— tianos ir para allá con mní mayor resplandor que otras cometas salen,e que caída salió della una se. ñora mui hermosa, vestida tambien de blanco, ‘í que les dijo: servid a los cristianos, i no vais contra ellos, porque son mui valientes, í os matarán atodos: e como se fué de entre ellos, vino el diablo su patron, i los acaudilló diciéndoles: que se juntasen mui gran multitud de jente, i que él venía con el‘los, porque en .viendo nosotros tantos juntos, nos cae.— ríamos muertos de miedo; e así siguieron su jor.nada” (1).

El capitan Góngora Marmolejo, cronista contemporáneo, pero que sobrevivió muchos años al gobernador Valdivia, atestigua el mismo hecho, aun— que con variaciones de importancia. Hé aquí sus pa— labras. “Los indios decian despues que los cristia— nos no los habian rompido, sino una mujer de Cas— tilla i un hombre en un caballo blanco los habian desbaratado: que esta fué tan terrible vista para ellos, que en gran manera los cegaba. Estose publieó despues, diciéndoles otros indios cómo los habian

(1) Valdivia, C’arta a Clio‘lo: ‘V, fecha 15 de octubre de 1550.

desbaratado tan pocos cristianos, daban este descargo; 1 es de creer ansí porque aquel dia vmieron sobre la c1udad mas número de cmcuenta mil in

dios; por donde parece ser creedero fué Dios serví—

do los cristianos no se perdiesen, i que los quiso socorrer con su misericordia, pues de la entrada que entónoes hicieron ha resultado en este reino muchas ciudades pobladas i muchas iglesias donde se pre— dica el evanjelio, i monasterios de relijiosos que hacen con su doctrina mucho fruto entre los naturales, i grande número .de indios que son cristianos, í viven casados debajo de el.matrimonio de la iglesia” .

Entre estas dos distintas versiones, los contemporáneos, a lo que parece, adoptaron la trasmitida por Góngora Marmolejo, segun lo espresa Córdoba i Figueroa, el cual cita en su apoyo documentos auténticos de la época, que tuvo a la vista.

“Fué cierto i patente a aquel numeroso jentio (el de los indios), dice este cronista, de que habian visto un hombre ancianoi de venerable aspecto en un caballo blanco con sus armas resplan— decientes, el cual precedia a los españoles; i que al tiempo que este divino númen los acometia, se retiraban confusos í asombrados; i que habiéndose rehecho para renovar la batalla, los volvió a disipar con tal pavor i espanto suyo, que a este divino personaje solo atribuian su vencimiento, cuya deposiáion uniforme de esta írrefragable verdad fué la de mas de cuarenta mil personas, testigos oculares de esta maravilla, que a una voz publicaron; i los

españoles, aunque no vieron al apóstol glorioso, le

esperimentaron en la ninguna oposicion que los indios les hicieron, terminando la osadía con que ve

(l) Góngora Marmolejo. Iñ‘stcm‘a de 07zíle, capítulo ll.

nian en una vergonzosa fuga, no obstante los repetidos esfuerzos que hacian. El gobernador, su teniente jeneral i los demas caballeros i soldados que presentes se hallaron, en memoria de tan singular portento, i que a la posteridad quedase su recuerdo, acordaron de construir una hermita; mas los em

barazos que se ofrecieron, i en el corto tiempo que ‘

el gobernador sobrevivió, no les fué posible; i así dijo Ciceron que el agradecimiento, aunque sea tarde, no debe ser reprehendido.

“Permaneció este recuerdo en los que componían el cabildo de la Concepcion cuando su primera despoblacion, i que se retiraron a la Imperial, como consta i se ve en el auto que hicieron dia diez i siete de diciembre del año de mil quinientos cincuenta i cuatro, a los tres de este acaecimiento, el cual pasó ante Domingo Lozano, escribano de cabildo, en que se espresa que comparecieron i se presentaron al visitador i vicario jeneral de estas provincias Fernando Ortiz de Zúñiga, los que en aquel tiempo componían su ayuntamiento, que fueron los señores Francisco de Castañeda, alcalde; Hortencio J iménoz de Etenduar, Gaspar de Vergara, Lope de Landa, Pedro Gómez de las Montañas, i narran el milagro, que en abreviado resúmen es como lo espresamos, i ofrecen construir la hermita,i que el cabildo habia de quedar con el patronato para siempre de ella; i dicho visitador concedió la licencia i permiso interponiendo su autoridad; i se mencio— nan por testigos a mayor abundamiento en el referido instrumento a Juan de Villanueva i Francisco Sánchez, cuyo orijinal pára en el libro de la fundacion, el cual le hice trasuntar siendo alcalde de la Coucepcion; i aunque el cronista Herrera no lo narra, ni Arzila (Ercilla) que tan reciente al suceso vino, ni el padre Ovalle regnicola, sin engbargo,

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