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la retaguardia, de suerte que se fué huyendo cada uno por su' parte, teniéndose por mejor soldado el que era mas lijero ‘en este lance. Con esta victoria se volvieron los nuestros a la ciudad, habiendo muerto gran suma de enemigos, i dieron gracias a Nuestro Señor, animándolos a ello tres relijiosos de Nuestra Señora de las Mercedes, que fueron los primeros que entraron en el reino” (1).‘

V.

. Pero ya sea que se acepte la narracion de Erci4 lla, o la de Lovera, el milagro no paró en esto.

Segun el poeta, los indios tenían por averiguado que a consecuencia de la vision de la Imperial, se habian seguido dos años de hambres, dolencias, muertes i otros daños.

Efectivamente, jamas una ihsürreccion recibió un castigo mas tremendo. .

Las atenciones de la guerra i los azares del al‘za:miento impidieron que los araucanos sembrasen, i trajeron el hambre. .

Tras el hambre vino la peste.

Era imposible‘ que hubiera podido tomarse una venganza mas terrible de la muerte del gobernador Valdivia i de la resistencia de los indijenas a los cristianos.

A falta de otro alimento, los naturales tuvieron que recurrir a la carne humana, ‘

Se mataban unos a otros para tener que comer.

Hacian tasajo o char.qui de cadáveres.

Llegaron a contarse especies tan espantosas como increibles.

(1) Mariño de Lov‘er‘a, Crónica del Reino de C’Izüe, libro 1.°, cap. 51.

Se decía que los caciques tenían indios enjaulados para ongordarlos í comerlos.

“Llegó la gula (el hambre debia decir mejor), refiere un cronista, a tal estremo, que hallaron los nuestros a un indio comiendo con su mujer, i un hijo suyo en medio, de quien iban cortando pedazos, i comiendo.”

“I hubo indio que se ataba los muslos por dos partes, i cortaba pedazos dellos, comiéndolos a bocados con gran gusto.” .

“Estando un indio preso en la ciudad, se cortó los talones para poder sacar los piés del cepo; í con ser tiempo de tanta turbacion por ponerse en huida de los españoles, no se olvidó de los talones; ántes lo primero que hizo fué irse al fuego, para asarlos en él, aunque con insaciable apetito los comió ántes de medio asados.”

Podemos halagarnos con la idea de que tamaños horrores eran hablillas del vulgo, puras exajeraciones; pero solo el que hubieran podido tener curso revela hasta dónde debió llegar la miseria (1).

VI.

I miéntras tanto, el implacable gobernador de la Imperial, Pedro de Villagra, no cesaba en su sanguínaria persecucion, sin piedad ni a los estragos del hambre, ni a los de la peste.

I seguía admitiéndose que aquel inhumano conquistador era el ministro de la justicia i la cólera

del Altísimo contra los miserables indíjenas.

Las señales visibles de la proteccion divina se multiplicaban a su paso.

(1) Ercilla, La Araucana, canto 9.-Góngora Marmolejo, Historia de Chile, capítulo 20.—Maríño de Lovera, 0rónica del reino de U/¿íle, libro 1.“, capítulo 51.

Hé aquí dos casos. 7

Habíase reunido en Peltacaví, lugar Vecino a la Imperial, una gran junta de indios rebeldes, que habían preparado para su refujio una especie de fortaleza o sitio atrincherado. ‘

Salió contra ellos Pedro de Villagra.

Habiéndolos sorprendido afuera, los arrolló, i los obligó a asilarse en la palizada, entrando en su Seguimiento por la puerta con todos sus hombres a caballo i armados de lanzas í adargas.

Fácil es de imajinarse la suerte que correrian aquellos pobres indíjenas acorralados i espuestos al furor de la jente de un Pedro de Villagra.

Cuando, terminada la tarea, quisieron los españoles salir por la puerta por donde habian entrado, la hallaron tan estrecha, que apénas cabia por ella un hombre a pié, “lo cual, dice un cronista, se tuvo por manifiesto milagro dela Divina Providencia, que abrió capaz camino a su pueblo por medio del mar Bermejo, cerrándose luego para los contrarios.” ‘

En otra ocasion, el mismo protejido del cielo,

Pedro de Villagra, fué a atacar a cinco mil indios ‘ ‘ de guerra que se habian establecido en una isleta

situada en el medio de la laguna de Pírlauquenl Villagra dividió su tropa en dos porciones, que

dándose él con una mitad en la playa, 1 enviando‘ la otra en canoas contra la ísleta. .

Cuando los de esta segunda se iban acercando al enemigo, saltó de una de las embarcaciones uno de los caballos, i echándose a nado, se entró por entre‘ los escuadrones de los indíjenas, i los desbarató, lo que fué causa de que los es añoles tuvieran mui poco que hacer para acabar e despedazarlos.

Gran número de los indios buscaron su salvacion fi1gando a nado por la laguna; pero por una9mara

víllosa casualidad’, fueron a abordar al sitio donde Pedro de Villagra habia quedado con su jente.

Los prodij ios no concluyeron en esto todavía.

Trabóse allí una refriega mui reñida.

La laguna de Pírlauquen se halla muí vecina a la mar.

El combate tenia lugar precisamente enla playa.

“Sucedió entónces, dice un cronista, una cosa de grande espanto, que estando los indios con las espaldas a la mar, salió una ola de sus limites con tanto exceso, que arrebató dos mil dellos,_ í los tra— gó sin que alguno se escapase.” (1)

VII.

N o tenemos que alejarnos de la Imperial para seguir conociendo los milagros patentes con los cuales Dios, segun los cronistas nacionales, protejió en este país las armas del monarca español.

Para ello basta pasar del año de 1554 al de 1600.

Todo Arauco se habia alzado a consecuencia de

la muerte que los indios por sorpresa dieron en Cu— ‘

ralaba al amanecer del 22 de noviembre de 1598 al gobernador don Martín García Oñez de Loyola i a los de su comitiva.

La Imperial, como lasdemas ciudades fundadas en territorio araucano, habia sido sucesivamente, o asaltada, o asediada por numerosas hordas de bárbaros, que la embestian con furor, í a las cuales la escasa í diezmada guarnicion podiaresistir con trabajo.

Las fuerzas humanas habrían sido impotentes

fl) Maríño de Lovera, 0róm‘ca del reino de 0hile, libro 1.° capítulo 61‘.

para lograrlo, pero la reina misma de los cielos Vi—

no al amparo de los acongoj ados habitantes.

Se tributaba culto en la Imperial a una imájen de Nuestra Señora delas Nieves, que habia traído de España el primer obispo de aquella diócesis don frai Antonio de San Miguel, i que desde el principio se habia mostrado sumamente milagrosa.

Habiendo sido promovido este obispo a la iglesia de Quito, quiso llevarse su imájen, a la cual profesaba particular devocion.

“Pero el pueblo, cuenta el padre Ovalle, que no se la tenia menor, juntó cabildo, i en él resolvieron de ir a postrarse a los piés de su pastor a pedirle que no los dejase desconsolados, llevándoles aquella prenda de tanto consuelo, i privándolos de un tesoro de tanta estima.

“Fué toda la ciudad con esta embajada al señor obispo (a quien miraban todos como a padre, i estimaban por su gran virtud); i con el mayor afecto que pudieron, le rogaron que ya que los dejaba, no los dejase desamparados, llevándoles de aquella tierra aquel único patrocinio de ella.

“El señor obispo, enternecido de ver la gran piedad del pueblo, bañados los ojos en lágrimas, les dijo: que aunque le pedian la joya de su mayor estima, i un pedazo de su corazon, no se atrevía a negárselo, porque aquella imáj en entendia que habia de ser el amparo de todo el reino; í que así tuviesen por cierto que la habian de hallar mui propicia ifavorable en todos sus trabajos í peligros; i con esto se despidió, llorando de dolor de apartar de si lo que tanto amaba, i de consuelo por ver la piedad del pueblo, que volvió mas contento con su imájen, que con el mayor tesoro del mundo, ila colocaron de nuevo en su lugar, donde hizo grandes milagros.”

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