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Habiéndo ido tambien a buscarlos, observaron con asombro que dos de ellos contenían, no licor, sino excelente brea.

. El nuevo milagro de la Vírjen no podia ser mas manifiesto. . Concluida pronto la embarcacion, fué enviada a su destino.

Los que la tripulaban, encomendándose a Nuestra Señora de las Nieves, superaron felizmente las serias dificultades que presentaba la navegacion del rio Cauten, i los ataques de los indios, que, sospecho‘sos del objeto del viaje, iban siguiéndolos por la ribera para aprovechar cualquiera oportunidad de hostilizarlos.

. El viento los impidió arribar a Valdivia, i los, arrastró a Talcahuano.

Aquella fué otra prueba de la especial proteccion de la Vírj en, porque, si hubieran desembarcado en Valdivia, habrían caído_en manos de los indios, que poco ántes se habian apoderado de aquella ciudad, haciendo. prisioneros asus habitantes, en los cuales cometieron excesos de crueldad.

Por el contrario, en Concepcion, hallaron al nuevo gobernador de Chile don Francisco de Quiñónes, que acababa de llegar del Perú con refuerzos, ique inmediatamente salió al ausilio de la Imperial.

Antes i despues de este suceso, los habitantes de la ciudad, a pesar de tantos portentos efectuados para su amparo, habian tenido mas de un momento de desaliento; pero una noble española lla

mada doña Ines Olmos de Aguilera, que habia . ‘ perdido en la lucha a su marido i sus hermanos,

vestida de cota i armada de lanza i escudo, les hizo recobrar los brios con el ejemplo i la palabra,

apellidando el santo nombre de Nuestra Señora ‘

de las Nieves. Algunos autores pretenden aun que

‘fué proclamada gobernadora de la plaza. El rei Felipe III, por real cédula de 17 de agosto de 1613, premió sus heroicos servicios con una pen.sion anual de dos mil pesos situada en repartimientos de indios.

No dejaron de considerarse la admirable intropidez i la estraordinaria constancia de aquella dama esclarecida como un nuevo i manifiesto signo de la proteccion divina.

La heroína tuvo la honra de abrir las puertas de la ciudad al gobernador Quíñónes, que rompiendo por entre los rebelados indios, habia venido a socorrerla con un cuerpo de tropas.

Convencido Quíñónes de que. no habia recursos para sostener la Imperial contra los continuos ataques de los araucanos, determinó abandonarla, llevando consigo a Concepcion a cuarenta i dos hom— bres, los únicos que habian sobrevivido, a muchas mujeres i niños, a la esforzada doña Ines, i la milagrosa imájen de Nuestra Señora de las Nieves.

En Concepcion, esta imájen fué reverenciada con gran devocion, í se fundó una cofradía para su servicio.

‘“En nuestra primera edad, dice el cronista Córdoba i Figueroa, vimos un estracto de los estatutos 11 ordenanzas de esta santa hermandad, el que de presente no subsiste, i en él se previene que se haga libro, como se acostumbra, en que se asienten los milagros que hiciere esta soberana reina (de que se infiere serian continuos, i que habrá hecho que cesen nuestra tibieza); i que siempre tuviese tres velos, i no se descubriese sin cierto número de luces; i esto se prevenia al hermano mayor.”

Pero en fin, no obstante el denuedo i firmeza de los españoles, no obstante los milagros de la Vírjen, la Imperial se habia perdido.

Este habia sido el trájíco resultado de la lucha.

N o faltaron quienes lo atribuyesen a castigo del cielo por la ínhumana crueldad con que los conquistadores trataban a los indíjenas.

Entre otros, lo sostuvo así don Francisco Núñez de Pineda í Bascuñan en su Cautiocrio Feliz (1).

Mas era tal la fe de los españoles i de los americanos en la proteccion directa í visible de Dios en favor de los progresos de las armars del rei católíco, que don José Pérez García, el cual escribió una historia de Chile muí erudita en 1788, se índigna contra la asercion de Bascuñan, que califica de audaz i temeraria.

“N o queremos, dice, referir palabras tan desacatadas. Mas dirémos que estas destrucciones fueron mas castigo para los indios, que para los españoles; í que Dios, viendo que aquellos no aprovechaban de la relijion cristiana que se les enseñaba, les quitó los maestros, en que si para quitarlos, perdieron lo temporal, los indios perdieron lo eterno, haciendo un cambio mil veces peor, que el que Esau con Jacob, pues cedieron por recuperar la tierra, el cielo

VIII.

El terrible alzamiento de Arauco, que comenzó con la muerte del gobernador Oñez de Loyola,i

[1) Bascuñan, C’autïverío Feliz, discurso 4, capítulos 1. ° i 2.

(2) Alvarez de Toledo, Purm Indómito,¡’cantos 11, 13, 17 i 22.—Ova— lle, Histórica Relacion del reino de Chile, libro 5, capítulos 12, 13 i 14. —Córdoba í Figueroa, Historia de Chile, libro 3, capítulos 21 í 22.— Oliváres, Historia Militar, Civil í Sagrada de C'7u‘le, libro 5, capítulos 3 i 4.—Cosme Bueno, Descfipcian del obi3pado de la Goncepmbn.—Pérez Garcia, Historia Natural, Militar, Civil i Sagrada de Chile, libro 7, capítulo 17.—Carvallo, Desm.pci0n Hwtórica—jeográfica del reino de Olula, parte 1. es , libro 3, capítulo 16. ‘

que contó entre sus numerosos itristes episodios la despoblacion de la Imperial, duró mas de cuarenta años del mas porfiado e incansable batallar.

Segun los cronistas nacionales, fué todavía una patente intervencion divina, la que puso término a tan espantosa serie de horrores i calamidades, impulsando a los soberbios e indómitos indíjenas a

ue pidieran la paz al gobernador don Francisco lilópez de Zúñiga, marques de Baides, quien la estipuló solemnemente el año de 1641 en el parlamento de Quíllin.

Como mi propósito es mas bien que hacer disertaciones, presentar documentos por los cuales aparezcan las ideas de la época colonial sobre las materias de que trato, voi a dejar la3palabra! para referir estos nuevos milagros. al jesuita Alonso de Ovalle, autor contemporáneo de aquellos sucesos..

“I comenzando esta relacion, dice, dé principio a ella lo que parece le dió de parte de Nuestro Señor a ablandar los duros corazones de aquellos rebeldes araucanos, i moverlos a rendir las armas, i tratar de las paces que ofrecieron. I fué el haber visto el año antecedente en sus tierras algunas señales i prodijios, que interpretados a su rústico modo de entender, les sirvieron de presajios i pronósticos de que quería el cielo se volviesen a sujetar a los españoles, i diesen la obediencia a su rei. El primero fué haberse visto águilas reales, las cuales tienen por tradicion, se vieron ántes que entrasen la primera vez los españoles en aquel reino, i que despues acá. no se han visto mas en él hasta el año de cuarenta, que dió principio a estas paces. La segunda señal fué la que por el‘ mes de febrero del mismo año de cuarenta se vió i sintió en todas sus tierras, de que dan fe todos los indios,‘i los cautivos españoles lo testifican con toda aseveracion;i aun en nuestros presidios i tierra de paz reson‘ó el eco, sin saber de dónde naciese, juzgando en el campo de San Felipe cuando oyeron el estruendo, que disparaban mosquetes o piezas de artillería en los demas fuertes vecinos a él; i en éstos, juzgando lo mismo del de San Felipe, hasta que nuestros reconocedores lo fueron tambien del desengaño, averiguando el caso. I fué así: que en la tierra i.jurisdiccion del cacique Aliante, reventó un volcan, i comenzó a arder con tanta fuerza, que arrojaba de dentro peñascos i grandes montes encendidos, con tan formidable estruendo, que del

espanto 1 pavor afirman malparieron todas las

mujeres que en todo aquel contorno habia pre— ñadas.

“Viéronse en este tiempo en el aire formados dos ejércitos í escuadrones de jente armada puestos en campo i'órden de pelea: el uno, a la banda de nuestras tierras, donde sobresalia i se señalaba un valiente capitan en un caballo blanco, armado con todas armas, i con espada ancha en la mano desenvainada, mostrando tanto valor i gallardia, que da

ba alientos i ánimo a todo su ejército, i le quitaba ‘

al campo contrario, el cual se vió plantado a la parte de las tierras del enemigo; i acometiéndole el nuestro,‘le dejó desbaratado en todos los encuentros que tuvieron; representacion que les duró por tiempo de tres meses, para que hubiese ménos que dudar, particularmente en los leidosi noticiosos de las historias romanas i del segundo libro de los Macabeos, donde se ven casos iprodijios semejantes, i que así se hiciese mas persuasible lo que afirman testigos de tanta calidad como son, entre otros, don Pedro de Sotomayor, doña Catalina de Santander i Espinosa i doña María de Sotomayor, españoles

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