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ra el buen desempeño de tan elevado encargo, propuso a Luís de Valdivia presentarle a la Santa Sede para el obispado de la Imperial, que se hallaba vacante.

El padre Valdivia rehusó con toda sinceridad i decision semejante honor. .

Pero se vió obligado a aceptar los empleos de visitador jeneral de Chile i de gobernador del obispado de la Imperial. . '

‘ Junto con estos títulos, el monarca le concedió las mas amplias facultades para manejar losnegocios de Arauco, sin ninguna subordinacion ni al presidente, ni a la audiencia de Chile. ‘

Solo debia sujetarse al virrei del Perú, a quien el sobera‘no dirijió muchas í espreSivas recomendaciones en favor del padre. . . .

El rei hizo todavía mas. Habiendo manifestadoLuís de Valdivia que don Alonso García Ramon,‘ tanto por lo avanzada de su edad i lo quebrantada' de su salud, como por su decidida ínclinacion a la‘ guerra, no era idóneo para el destino que estaba. ejerciendo, Felipe III le consultó sobre el renipla—

zante que convenía darle. El jesuita designó a Alonso de Rivera, í éste fué nombrado.

‘ Para que Valdivia tuviera ausiliares en su em—’ presa, el rei ordenó que se costeara la traslacion a Chile de ocho sacerdotes i dos hermanos coadjuto— res de la Compañía de J esus.

2‘ El 8 de diciembre de 1611, Felipe III escribió al marquesde Montes Claros una cédula en la cual declaraba su voluntad de que por tres o cuatro años se probase el medio de la guerra defensiva propuesto por Luis de Valdivia.

Sin embargo, dejaba al arbitrio del virrei el proseguir o cortar las hostilidades contra los indije— nas, segun le pareciese convenir. ‘.1I8<

“Porque una de las principales causas de esta guerra, i el perseverar los indios rebeldes en su obstínacion i dureza, continuaba diciendo Felipe III en dicha cédula al virrei del Perú, se ha entendido que ha sido el ver los malos tratamientos que padecen los de paz, i el no haberse ejecutado por los ministros a quien se ha cometido su buen tratamiento, í en particular el no habérseles quitado el servicio personal, que por tantas cédulas del emperador mi señor se ha mandado quitar, i otras vejaci0nes í molestias que se les han hecho, Os encargo i mando que pongais particular cuidado en el buen tratamiento de los dichos indios de paz, introduciendo i haciendo guardar en Chile lo que tengo mandado por cédula de los servicios personales que últimamente se os envió para ejecutar en esas provincias en todo aquello que permitiere el estado presente de aquel reino, í diese lugar la conservacion de él, i la causa, críanzas i labranza, í provisiones de la guerra, porque por la turbacion en que se hallan las cosas de aquellas provincias, podría importar que alguna parte de lo que contiene la dicha cédula se suspendiese, pero esto ha de ser en caso tan apretado, que la conservacion de Chile se aventurase, í no de otra manera, sin' embargo de que lo pida la mayor comodidad de los españoles”. ‘

Tan luego como el marques de Montes Claros recibió los despachos de la corte, i llegó a Lima el padre Valdivia, convocó el primero una junta de veinte personas de categoría para volver a discutir, ya que Su Majestad las dejaba hasta cierto punto a la. resolucion final del virreí, las dos cuestiones de la guerra defensiva i de la abolicion del servicio personal.

Las veinte personas congregadas, oídas las espli

caciones de Valdivia, estuvieron por la afirmativa.

VIII.

Todas estas novedades habian alarmado sobre manera, como debe suponerse, a los encomenderos de Chile. .

A esa fecha, habia ya fallecido el gobernador García Ramon, muerto en Concepcion el 19 de julio de 1610, cuando la fortuna se le estaba mostrando poco propicia en la guerra de Arauco.

Los jesuitas presentaron estos sucesos como signos manifiestos de lo que Dios desaprobaba la conducta de los gobernantes chilenos.

“Parece que ofendido Nuestro Señor de la remision del gobernador García Ramon, dice el cronista de la órden a quien ya he citado varias veces, quiso significar en el castigo que le dió su desagrado para el escarmiento de otros; porque habiendo sido este caballero mui dichoso i afortunado en los sucesos de la guerra con los araucanos en el tiempo que sirvió de maestre de campo jeneral del reino, tuvo ninguna suerte en este su segundo gobierno, ántes mui malos í adversos sucesos, pagando en la misma moneda en que delinquia, porque si por la guerra repugnaba quitar el servicio, le salió mui infeliz, i Dios tambien le cortó el hilo de la vida en el mayor fervor de sus pretensiones i premeditados ascensos, ántes de concluir su obierno, pasando en lugar de la residencia de é a dar cuenta en el tribunal divino de su remision en este punto sustancialísimo i de los respetos porque sobreseyó en la ejecucion de la real voluntad, que estaba mui declarada” (1).

(1) Lozano, Histcm‘a de la Cbmpañía de Jcsus de laprovi7wia del Pa— ragum‘, libro 5, capítulo 6.

Sin embargo, los encomender0s no querían darse por advertidos, í persistian en defender sus intereses.

Habiendo tenido noticia de que el soberano había confiado, podia decirse, la resolucion final del asunto al virrei marques de Montes Claros, influyeron con todos los cabildos del reino para‘ ‘qú‘é elijiesen un procurador que fuera a manifestarlé‘¡las ra'zones que habia para no poner‘en ejecu— cíoñ"el‘plan apoyado por el padre Valdivia. ‘ _ : ‘

El nombramiento recayó en frai J erónimo Hi3 ne,josa:de1a órden de Santo Domingo. . ‘ ‘“E‘ste 's.ujeto llegó a Lima cuando la junta delos veinte magnates convocada por el vírrei habia‘ decí&íd‘ó p‘o‘r unanimidad‘ ue. se diera cumplimiento eh‘tcd‘as ’sus‘partes a a real cédula de 8 deÍ‘di— cierii’ldré de 1610. ‘ ‘ .‘ ‘. "

“Eh’ vista de‘ ello,‘ el padre‘ Hinojosa manifestó al‘inar ues‘que desístia de toda jestion. . . "No o stante, el vírrei quiso que desempeñara su com ‘ante la‘ junta, i al efecto volvió a reu— n‘írl l.i‘l ‘‘l‘ ‘

"Abierta de nuevo la discusion, frai Jerónimo Hinojosa espuso sus razones i oyó las contrarias; i n1;l Ihallando qué responder, se declaró convencido. ' .—"Sí todos los de Chile se hallaran aquí, esclamó en conclusion, todos tendrían que obrar como yo.

IX.

A principios de 1612, llegaron a Chile, primero don Alonso de Rivera por tierra desde el Tucuman; i en seguida, Luís de Valdivia por mar desde Lima.

Despues de haberse detenido el presidente en Santiago el ménos tiempo que le fué posible para hacer los aprestos militares que el caso requería; í de haber el padre visitador hecho algunas corre— rías por el territorio araucano para apreciar por si mismo el estado de las cosas, se juntaron los dos en Concepcion.

La entrevista fué estremadamente cordial i amistosa.

El jesuita comenzó por mostrarse mui satisfecho por el resultado de la reciente visita a los araucanos.

El señor presidente, refiere Luís de Valdivia, “reconoció mucho el servicio que le hice en la cor— te en testíficar sus méritos, i la merced que por mi causa le hizo Su Majestad de este gobierno í‘presídencia, í lo primero que me dijo fué que un pun— to no saldría de lo que Su Majestad mandaba, que era ayudarme, i que el efecto mostraba cuán acer— tado era este camino; i que habia dicho atodos que en respetar i estimar este medio í mi persona, todos se habian de esmerar, i en castigar al que re— sollase en contra; i no ha admitido plática en contra; í que el señor virrei tiene en él un fiel servidor para ejecutar cuanto le mandare, i yo una mano real para cuanto intentare en servicio de Nuestro Señor í de Su Majestad” (1).

Sin embargo, el presidente Rivera, en carta di— rijida al rei algunos meses mas tarde de esta entrevista, el 25 de diciembre de 1612, califica la guerra defensiva propuesta por el padre Valdivia de “guerra nunca vista, de la cual habian de resultar muchos daños”.

El oidor don Cristóbal de la Cerda asevera tambien en un informe pasado al soberano en 1621,

(1) Luis de Valdivia, C’arta al provincial Diego de Tórres, fecha en. Concepcion a 2 de junio de 1612.

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