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que don Alonso de Rivera “juzgaba por no conveniente la guerra defensiva”; pero que reconocido al padre Valdivia, a quien era deudor de su vuelta a la presidencia de Chile, se convirtió en ajente de cuanto aquel determinaba, “perdiendo en mucho de su autoridad”.

Pero sea de esto lo que se quiera, el hecho es que en junio de 1612 habia la mejor armonía entre el presidente i el padre visitador; i así convenía que fuese, porque la situacion era bien critica.

. Casi todo Arauco estaba levantado, o próximo a levantarse.

No era eso todo.

Los araucanos estaban en intelijencias para una tremenda insurreccion por lo ménos con los naturales sometidos que habitaban entre el Biobio i el Maule, í quién sabía si tambien con los que vivían entre el Maule i el Mapocho.

Esta mala voluntad, disimulada, pero mui real i efectiva, de los indios de paz importaba un pelígro serio para la dominacion española en Chile, que a causa de la heroica resistencia de los araucanos, estaba mui léjos a principios del siglo XVII de hallarse bien consolidada.

Tales eran las apuradas circunstancias en que el padre Valdivia emprendia ‘aq‘uietar con solo buenas palabras a los indómitos araucanos.

Los encomenderos habian asegurado que el jesuita no entraría a la tierra de Arauco.

Luís de Valdivia entró a ella ántes de su entre

vista con el presidente, í en seguida volvió a entrar.

.. Los encomenderos aseguraron entónces que no

saldría con vida. A pesar del funesto pronóstico, Valdivia se paseó casi siempre solo por todo el territorio, siendo perfectamente recibido de los indios, que se empe— ñaban por obsequiarle como mejor podian.

Solo una vez corrió su vida algun peligro.

Las campanas de todas las iglesias de Santiago, echadas a vuelo por órden del obispo don frai Juan Pérez de Espinosa, anunciaron a los encomenderos que sus tristes vaticinios estaban desmentidos por los acontecimientos.

El viaje de Valdivia a Arauco habia sido un paseo triunfal.

Los encomenderos no se dieron, sin embargo, por desengañados.

—Esperemos, dijeron, que los indios cosechen sus sementeras, i entónces verémos.

X.

Miéntras tanto, el padre Valdivia determinó emplear el invierno de 1612 en practicar la visita de las poblaciones cristianas de la diócesis de la Imperial.

Estremada fué la severidad que desplegó para correj ir a los encomenderos que inflijian malos tratamientos a los indijenas, i esos eran todos.

El padre se mostró implacable, sin haber jéne— ro de consideraciones que le contuviese. .

Semejante manera de proceder causó asombro, porque, como dice un cronista, hasta entónces “los que ejercian la justicia, como eran por lo comun vecinos, no trataban de enmendar en otros lo que ellos mismo cometian sin escrúpulo”.

Cierta noche, se presentó en la ciudad de Concepcion al padre visitador una india medio desnuda i jadeante; de sus espaldas chorreaba la sangre en abundancia.

La mujer del alcalde ordinario la habia manda

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do azotar en su propia presencia hasta ponerla en tan lastimoso estado, no porque hubiera certidumbre de que hubiese cometido algun delito, sino porque habiéndose desaparecido una servilleta, se sospechaba que ella la hubiese tomado.

La pobre india habría perecido talvez bajo los golpes del látigo, si no hubiera logrado escaparse para ir a solicitar la proteccion del visitador.

El padre Valdivia le concedió intejérrimo cuanta habia menester. .

,. El alcalde, que era hombre de importancia i de influencia, cobró por ello una grave ofensa. ‘

Los encomenderos, que no podian convencerse de que fuese lícito prestar oídos a las reclamaciones de los perros indios, censuraron ferozmente la conducta del jesuita, el cual, segun ellos, no hacía mas que alzaprimarlos.

negaron sus facultades. . .

3Le atacaron de todos modos, en las conver‘saciones;sen los púlpitos, en las deliberaciones del cabildo. ‘ .

.«¡Dios ‘sabe hasta donde habría idea parar la. grita si el presidente Rivera i la audiencia, én cumplimiento de las órdenes del soberano i del vir‘1‘eí, no la hubiesen contenido por medio de bandosi toda especie de conminaciones!

~ .: Boro .no por esto, sus adversarios dejaron de edntinuar dirijiendo al padre .toda especie de car— ;gos i de acusaciones.

‘ Se‘manifestaban aun asombrados de que osara celebrar de ordinario la santa misa, sin que se lo estorbaran las irregularidades en que habia incurrido.

Entre otros motivos de este asombro, se citaba el que sigue:

“Ha pasado a tanto el poder de su voluntad, que se ha atrevido a bautizar a millares de indios, como aparecerá de los testimonios que habrá enviado i llevará, que en cuanto a la cantidad destos bautizados se podrán creer como ciertos; i lo que es mas, haber sido su exceso tanto mayor en haberlos bautizado sin estar catequizados, ni saber oraciones, ni tener disposicion conveniente ninguna, a unos con amenazas, a otros con inducimientos, i a los mas con botijas de vino i otros regalos con que los acariciaba, dejándolos con ellos de jentiles que eran, hechos apóstatas o herejes, digno todo de compasion”.

Tal era lo que escribia al rei en 1621 el oidor don Cristóbal de la Cerda.

Es de presumir que hubiera mucho de fundado en aquel cargo de administrar el bautismo por tarea, pues la carta anua número diez i nueve de los jesuitas de Chile, refiriendo el método de bau— tizar empleado por el padre Valdivia, se espresa de esta manera:

“Hizo una visita jeneral de todos los indios, habrá año i medio, en que fué baptizando a los mas, procediendo primero el catecismo, pero breve, conforme daba lugar la priesa con que iba. vicitando, i los negocios que tenia que hacer. Días hubo en que él i sus compañeros baptizaban tantos indios, trabajando en esto desde la mañana a la noche, que quedaban tan cansados, que cuando acababan, ya no podian alzar los brazos”.

Segun estos datos, es difícil concebir que una multitud tan crecida de bárbaros pudiera ser de— bidamente instruida en las doctrinas de la relijion al cabo de pocos dias; i por lo tanto es de creer— se que hubiera mucho de cierto en lo que don Criss tóbal de la Cerda informaba al rei sobre el parti

cular.

XI.

En medio del ardimiento de la tremenda lucha en que se hallaba empeñado, i de los numerosos asuntos a que tenia que atender, Luis de Valdivia estaba impaciente por fundar en el territorio araucano misiones de jesuitas, que comenzaran a trabajar de un modo estable i regular en la conversion de aquellos infieles.

Al efecto designó a los padres Horacio Vechi i Martín de Aranda para que acompañados del hermano novicio coadjutor Diego de Montalban fue— sen a Pureni la Imperial a predicar a los indíjenas la paz i la fe.

Este proyecto estuvo mui léjos de merecer la aprobacion jeneral.

A pesar de las apariencia‘s, muchos temian la doblez de los indios.

Citaban aun en apoyo de su opinion diversos indicios.

Un indio habia dicho que sus compatriotas estaban preparándose para la guerra.

Otro habia manifestado que solo aguardaban para principiar las hostilidades el cosechar con quietud sus mieses.

¿Aquello era verdad, exajeracion o conjetura?

Cada uno lo calificaba conforme al concepto que habia formado acerca de la manera de tratar a los indios.

Los partidarios del servicio personal i del sistema de rigor pretendian que lo que se corría sobre las malas intenciones de los araucanos era cierto i mui cierto.

Los de la opinion contraria aseguraban que to

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