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de leer teolojía escolástíca en el mismo colejio, donde poco a poco se fué engolfando en negocios ajenos de nuestra profesion, e introduciendo con los seglares mas que fuera justo. Por este camino se resfrió en la primitiva observancia, cuyo defecto avisó a les superiores de su obligacion a correjirle; i como las amonestaciones paternales í secretas no consiguiesen el efecto deseado, se le dieron algu— nas penitencias, i se le conminó que de no reconocerse la debida enmienda, se verían forzados a removerle de la cátedra, i aun a tomar resolucion mas severa, porque todavía no habia hecho la profesion. Este golpe, que debiera hacerle volver en sí, le halló ya tan mal dispuesto, que solo sirvió de empeorarle, i hacerle caer en un despecho fatal, con que se resolvió a abandonar la Compañía, i volverse a las ollas de Ejipto, donde ya estaba, si no con el cuerpo, con el afecto.

“Disuadiósele este consejo temerario, pero sin fruto, porque ya su corazon se habia dejado predominar del amor a las cosas del siglo, i se juzgó conveniente cortar el miembro podrido para que no inficionase el resto del cuerpo. Mas como por otra parte se considerasen no pequeños inconvenientes en despedirle dentro de Chile, porque su jenio bullicioso causaría allí muchas inquietudes a. los nuestros, principalmente en tiempo tan revuelto, i en que él, ocultando la verdadera causa de sus trabajos, divulgaba entre los seglares que nacia de envidia i emulacion de sus prendas, se resolvieron despacharle a Lima, donde recibiese la dimisoría, í fuese despedido. Sintiólo vívamente Fonseca, í no dejó piedra por mover para frustrar esta idea, cuyo acierto calificaron los sucesos posteriores; pero como los tenia previstos en el jenio í orgullo del hombre el padre provincial, i las razones que pa

ra lo contrario alegaba abultaban mas en la apa— riencia que en la realidad, siendo frívolas o finjidas, se llevó adelante la primera resolucion.

“Intimósele una sentencia secreta en que se declaró que si no quería esperar sobre su espulsion la resolucion de nuestro padre jeneral, se remitiria su dimisoria al padre Cristóbal de Ovando, electo procurador a Roma por nuestra provincia del Perú, quien despues de ejecutar algunas dilijencias, le soltaria los votos, le despediria i entregaría la dimisoria en Lima, dejando hecho voto i juramento por escrito i firmado de su nombre de que nunca volvería al reino de Chile, so pena de que si los quebrantase i volviese, pudiese la Compañía recojerle i castigarle como a apóstata, porque, aunque la dimisoria iría absoluta, solo se le concedia debajo de las condiciones de las dilijencias previas del padre Ovando, de su ida a Lima i de que no volviese a Chile. Hizo el juramento i firmóle sin mostrar dificultad, ni parecia la pudiese tener racional, pues siendo uno de los títulos o pretestos que alegaba para su espulsion la necesidad de sus padres, es cierto que mejor podría adquirir para su socorro en la opulencia de Lima, que no en la pobreza de Chile, que entónces era bien grande, fuera de que el temperamento de Chile se reconocia poco saludable a su complexion. Sin embargo, el hombre, doblado seis dias ántes de ligarse con el voto i juramento, habia hecho ante escribano i dos testigos una esclamacion secreta en que contradecia la salida suya de Chile i la obligacion de no volver, sin dar de este fraude el menor indicio, como conoció le era necesario para deslum— brar la sinceridad de nuestros superiores.

“Estos, para mejor resguardo del sujeto, dispusieron. que Fonseca fuese embarcado a Lima en

compañía del padre Antonio de Ureña, que iba por superior; i en un pliego cerrado con cartas de importancia, llevaba dentro la comision para el padre Ovando i la patente que debia entregar al espulso. Era éste bien astuto; i llegando al puerto de Valparaíso, tuvo maña para hurtar el pliego al padre Ureña, abrirle i sacar la patente o dimisoria, i dejando embarcar al compañero, trazó modo como a él le pusiesen embarazo, i volviéndose por sendas estraviadas a Santiago, se refujió al convento de San Francisco, desde donde hizo presentacion de su dimisoria ante el señor obispo don frai Juan Pérez de Espinosa, suplicándole que le am— parase en el uso de ella, de que estaba bien cierto, porque el notorio desafecto de aquel prelado hacia los jesuitas fundaba segura confianza que no le negaria su patrocinio. N o se engañó, porque luego se declaró empeñado a su favor con aplauso de la mayor parte de la ciudad, que como ardia en iras contra nosotros por las cosas del padre Valdivia, celebraba los excesos de su sin‘razon por aciertos de su ‘prudencia, i se alegraba de que se nos die— sen nuevos motivos de sentimiento.

“Hallóse forzado el padre provincial a sacar la cara a favor de nuestros privilejiosi; i nombrando

‘en virtud de ellos por notario apostólico al padre

Baltazar de Pliego, presentó las bulas pontificias a su ilustrísima i el instrumento por donde constaba que Manuel de Fonseca era apóstata de la Compañía, ique como tal estaba ligado con las censuras, i. no podia celebrar el santo sacrificio de la misa, ni predicar la palabra divina, sino debia ser entregado a la Compañía para su correccion, ni podia dársele favor so pena de incurrir en descomunion reservada a la Silla Apostólica. Nada intimidó el ánimo del obispo, a quien daba alientos la malevolencia comun, i el apoyo de algunos ministros de la real audiencia que con el presidente estaban declarados contra la Compañía; por lo cual, pospuesto el temor de las censuras, í despre— ciados nuestros privilejios, el apóstata fué ampa— rado en el uso de su dimisoría, i honrado con lucídas funciones en la Catedral, encomendándole aquellos primeros dias el sermon del domingo de ramos iel de la pasion el viérnes santo del año de 1613, siendo así que cuando Fonseca vivía dentro de la Compañía, le profesába su ilustrísima particular aversion, í disgustaba por estremo de sus sermones.”

“Pretendió nuestro provincial nombrar juez conservador, pero nunca pudo conseguir la apro’oacion de la real audiencia, que ántes bien se puso de parte de Fonseca, e infundió nuevos alientos al obispo para hacerse juez ordinario de esta causa, por mas que le recusó, i declinó jurisdiccion. I aun fuera tolerable este atentado, si no estuviese tan declarado a favor de la injusticia, que se negaba aun a recibir los alegatos de nuestro derecho, í oír nuestras peticiones, i hacía otras vejaciones que manífestaban cuánto puede la pasion armada del poder. Era aquel prelado ardiente en sus empeños, i de ménos consideracion en sus resoluciones, de que se puede formar alguna idea por tal cual que refiere el maestro J il González Dávila, cronista mayor de las Indias, en su Teatro Eclesiástico de la primitiva iglesia de las Indias Occidentales (tomo 2, folio 82), donde escribe de él que— se volvió a España (son palabras formales de aquel autor) sínlícencia de Su Santidad, ni rei, ‘i díó la razon que tuvo para ello, que no fué tenida por suficiente, quedando quejosa aquella iglesia (de Santiago de Chile) í sus pobres, porque trajo sesenta mil pesos de oro sin rejistro; i llegando a España fundó en Toledo, en Alcalá de Henáres, en Sevilla, memorias que no tuvieron efecto, porque eran de hacienda ajena, íno suya. Mandáronle volver a su obispado, i murió en Sevilla en el convento de su órden, año de 1622. La riqueza que trajo, por sentencia pública i jurídica, se declaró pertenecer a la santa iglesia de Chile como verdadera i lejítima heredera de sus bienes.— Hasta aquí aquel autor. Véase tambien por indicio de su jenio poco sosegado lo que refiere su sucesor mediato el ilustrísimo señor don frai Gaspar de Villarroel en su Gobierno Eciesiástico Pacífico (2‘:l parte, cuestion 17, artículo 2, número 7).

“Un prelado, pues, de tan poco miramiento considérese qué molestias no causaría a los que nunca fué propicio, i contra quienes ahora estaba empeñado, i los miraba indefensos í aborrecidos. Como conspíraba con el presidente en un mismo designio, aunque por rumbo diverso, le fué fácil alcanzar guardia de soldados que acompañase al apóstata, porque no pudiese la Compañía apoderarse de su persona, í le contraponia en las funciones mas graves de los jesuitas. Estos, como viesen que en fiesta principal, a que concurrían con las demas relijiones en el convento de Santo Domingo, quería asistir tambien Fonseca, se vieron forzados a salirse de la iglesia, por no comunicar in sacris con el descomulgado, hasta que los reverendos padres predicadores le obligaron a desampararla i salirse, porque no faltase a su funcion solemne nuestra comunidad, obrando consiguientes al empeño en que entraron desde el principio de esta causa, movidos de la razon, porque defendieron constantes que Fonseca era verdadero apóstata, i debia ser tratado como tal, i habia incurrido

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