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siones a limitados distritos, o se los señalaban mas dilatados de lo que convenía a su buen réjimen i recta adminístracion ............................ Segun esto, ¿cómo sería posible que los indios concurriesen a la mision, o que el misionero los asistiese todo el tiem— po necesario para su ínstruccion i aprovechamiento en el cristianismo? Por esta causa, la única tarea de su apostólica labor se reducia a salir una vez cada año el relijioso que hacía de misionero conVers0r (porque el superior poco o nada se ocupaba en este ministerio), i visitar las parcíalidades de su mision, bautizando a cuantos párvulos le ofrecian,i casando por la iglesia a los que se le presentaban, desembarazándose en ménos de una hora de la instruccion, informacion, proclamas í ca‘samientos. Cuando mas lograba una parcialidad era oír al año una misa i una breve plática, concluida con el rezo, sin poder conseguir otro alimento espiritual el indio mas bien inclinado i llamado a la relijion cristiana. Todo esto se practicaba tan a la líjera, que en poco mas de un mes se daba fin a la mision circular, llamada de ellos con toda propiedad la correria.

“Por eso, aunque se colije de los libros de rejis‘tro en que se anotaban los frutos de sus espirituales cspediciones, fuesen tantos a los que administraron el santísimo sacramento del bautismo, que apénas se hallará en los distritos de sus misiones indio o india de aquel tiempo que no esté bautizado, i no pocos los que se casaron por la iglesia; pero quedaron tan destituidos de luz, de instruccion i de noticia aun de las verdades fundamentales del cristianismo, i tan de asiento en las tinieblas de sus errores, supersticiones í bárbaras costumbres, como las demas naciones de jentiles que jamas conocieron misionero, con sola esta di

ferencia: que suelen usar en sus eltunes o enterramientos, a que dan nombre de iglesia, cuatro o seis cruces medianas, i una grande en el coyagh o lugar destinado para las juntas solemnes, a la cual deshonran con las borracheras i excesos que en ellas cometen a presencia del sagrado instrumento de nuestra redencion; que tienen alguna noticia de que hai un Dios criador de todo i remunerador, pero tan confusa que puede fundarse bastante duda de sí tienen o nó verdadera fe; i que parece creen la necesidad del bautismo, pues suelen pedir con instancia a los pasajeros que les bauticen sus hijos, pero igualmente confusa i apreciada que las demas verdades católicas. De manera que mas bien que el nombre de cristianos, cuadra a todos ellos el de bárbaros bautizados, que da a los tales la sagrada congregacion del Santo Oficio en un decreto de 3 de mayo de 1703, citado a este mismo intento por la Santidad del santo Benedicto XIV en su bula que empieza: Postremo mente, espedida a 27 de febrero de 1747, siendo tan jeneral esta ignorancia i barbarie, que aun en la mision de la plaza de Valdivia, la mas floreciente de todas, no se halló‘ un solo indio que supiese lo necesario, necesitate precepti, i no llegaron a ocho personas las que estaban medianamente instruidas en lo necesario, necesitate medii, para salvarse”.

Los jesuitas i sus amigos atribuyeron el mal éxito de las misiones que Luis de Valdivia habia fundado en Arauco, i que la Compañía administró por mas de un siglo, al cruel tratamiento que los españoles daban a los indios, a las encomiendas, a las mitas, al servicio personal, a los tributos.

Véase como se espresaba en 22 de diciembre de 1752 don J oaquin de Villarreal en un largo informe pasado al rei, esponiéndole su dictágc¿en so—

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bre varios proyectos que se habian presentado pa— ra “contener i reducir a la debida obedie‘ncia los indios del reino de Chile”; debiendo advertírse que Villarreal se apoyaba en numerosos i abultados espedientes de las autoridades civiles i ecle— siásticas de este país, que habia examinado con prolijidad.

“De aquí nace (de los motivos que acabo de enumerar), decía, el horror que los araucanos tienen a la sujecion i reduccion a pueblos. Miran con espanto la desolacion de los pueblos de la Mocha, Talcam‘ávida, Santa Juana, Santa Fe i San Cristóbal, que se componían de indios amigos siempre fieles a los españoles; N o ignoran el estado deplorable de los indios encomendados, i de los otros que vivían en nuestras tierras; (al presente es mui rara o ninguna la encomienda que llegue a tener la cuarta parte de indios que tenia ahora cien años); i por eso repugnan todos la sujecion i reduccion ‘a pueblos. I viviéndo ellos tan‘díspersos, uno. en una quebrada, otro en un cerro, a dos o tres leguas de distancia, no es posible que los misioneros‘ los den el ‘cultivo espiritual con la fre

cuencia que ‘se requiere, siendo los distritos de las

‘misiones tan" dilatados, que corren mas de cincuenta‘isesenta leguas, como dice el obispo de la Concepcion’“ (1)]. "

. Indudablemente las rapiñas ejecutadas en los bienes i las crueldades perpetradas en las personas de los indios eran obstáculos mui serios para llegar a amansarlos i reducirlos, aunque fuera a medias.

Pero ‘obvíados esos inconvenientes, todavía las

‘misiones no habrían prosperado.

(1) Villarreal, Informe a Fernando VI, números 228i 229.

Antes de lograrlo, habia que demostrar a los indios que no eran temibles, habia que imponerles por la fuerza para persuadirlos de que a ellos tampoco les era lícito entregarse al pillaje i al asesinato, al salteo de los individuos i al saqueo de las ciudades.

I en seguida, habia que crear centros de poblacion para que fuesen agrupándose en torno de ellos, i estuviesen de este modo preparados para recibir los beneficios del cristianismo i de la civilizacion.

Los fuertes i las guarniciones militares eran indispensables para que la relijion, la industria i el comercio ej erciesen sus saludables influencias.

Solo a la sombra del recinto fortificado i artillado, podian levantarse la iglesia, la escuela, el granero, el molino, el taller.

La poblacion índíjena no podia ser dominada pacíficamente, sino por una numerosa poblacion cristiana, capaz de defenderse por si misma.

Unos cuántos misioneros no eran suficientes por si solos para trasformar a Arauco.

El plan de Luís de Valdivia habia sido una quimera.

Los mismos jesuitas, aleccionados por la esperiencia, habian tenido que reconocerlo.

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