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ral; pero la fuerza de la situacion pudo mas que la voluntad soberana de una larga serie de monarcas absolutos i venerados.

En vano dijeron: esto es lo que queremos i lo que ordenamos; i en vano se llevaron repitiéndolo de año en año por espacio de tres siglos.

Su jeneroso i ardiente anhelo de hacer a los indijenas dichosos en este mundo í en el otro tuvo que quebrantarse delante de una situacion que no pudieron dominar completamente, que no pudieron amoldar a sus benéficos planes.

VI.

El jenio de Colon habia dado a los reyes de España el magnifico floron de un vasto mundo, ignorado hasta entónces en medio de las aguas del océano.

Pero una vez descubierto el nuevo continente, habia que tomar posesion de él; habia que conquistarlo, como se dice en la lengua vulgar; habia que pacificarlo i que‘poblarlo, como dice la lei de Indias.

La empresa era por demas ardua i dificultosa.

Para ello, habia que imponer la lei a una poblacion desprovista de medios de ataque i de defensa comparables a los de los europeos, pero en compensacion sumamente numerosa; i sobre todo, habia que vencer una naturaleza poderosa e imponente: los rios, las selvas, las ciéfiagas, las cordilleras; i habia que soportar todo linaje de privaciones i de penalidades, desde el hambre hasta la fiebre.

Habría sido bello, admirable, sublime el espectáculo de una nacion que se hubiera encargado de convertir a la civilizacion aquellas poblaciones bárbaras o semi—bárbaras, con todo desinteres, sin otro estimulo que el de servir a un principio santo,‘ que el de cumplir un gran deber, que el de realizar una obra que se presumia ser sumamente grata a Dios.

Las cruzadas de esta especie a la América en el siglo XVI para libertar a los indíjenas de los vicios de la barbarie habrían sido harto superiores a las que en el siglo XI se dirijieron al Asia para libertar de la dominacion musulmana el santo sepulcro.

N o pretendo negar que entre las turbas de aventureros que vinieron al nuevo mundo al tiempo del descubrimiento, o en las épocas posteriores, hubiera algunos varones insignes i preclaros a quienes animaban los afectos mas jenerosos, el anhelo de la gloria, el deseo del engrandecimiento de la patria, el propósito de ser útiles a sus semejantes i a su relijion.

Pero por desgracia esas fueron escepciones.

La gran mayoría de los conquistadores i coloni— zadores españoles miraban mas por la granjería de sus haciendas, que por la salvacion de las almas infieles.

Aquello que buscaban con empeño desmedido era, no tanto méritos para la bienaventuranza celestial, como recursos para la prosperidad terrenal.

Inmediatamente que llegaban a una comarca, preguntaban a los indios por el oro i la plata que en ella habia, hasta el estremo de que algunos de los interrogados se persuadieron que estos metales eran el dios que aquellos estranjeros adoraban.

Ahora bien, no podian obtener el codiciado atesoramiento de riquezas sin la cooperacion forzada de los indíjenas.

Los conquistadores españoles eran relativamen

te mui pocos: algunos millares de individuos es

. parcidos en un vastísimo continente.

Aun cuando hubieran tenido voluntad de trabajar, i tiempo de hacerlo, no habrían bastado por si solos, particularmente en medio de tantas i tan variadas atenciones, para enriquecerse, i sobre to— do para enriquecerse pronto i mui pronto, como lo pretendían.

La metrópolí, a lo que se ocurre, no podia disponer mas que de dos arbitrios para tomar posesion del nuevo mundo: o formar cuerpos pagados de conquistadores, o dejar la empresa a la activi— dad indivual de sus súbditos.

Lo primero era materialmente imposible. La monarquía española de erario siempre escueto no tenia que gastar. Para equipar las tres miserables carabelas de la espedicion de Colon, la reina Isabel tuvo que empeñar sus joyas. ¿Cómo habría podido la metrópoli levantar ejércitos asalariados para enviarlos a América, i en seguida proveerlos i mantenerlos en ella?

No quedaba mas que el segundo arbitrio, que fué el que se adoptó.

Pero habría sido insensato imajínarse que tantos aventureros desalmados hubieran venido a arrostrar todo linaje de fatigas i penalidades sin el atractivo de una ganancia prontai mui cuantiosa.

I ésta, dadas las circunstancias, no podia conseguirse sin la esplotacion de los pobres indíjenas.

El gobierno metropolitano habría querido sinceramente libertar a los indios de toda carga, i ga— rantirlos de toda vejacion; pero entónces habría tenido que renunciar a la conquista por la impotencia de llevarla a cabo.

En esta dura alternativa, recurrió a un sistema de término medio que en su concepto conciliaba los intereses de los conquistadores i de los conquistados, i que sobre todo daba nuevas seguridades a la soberanía de la corona.

VII.

Voi a hacer un breve resúmen de este injenioso plan.

Debia procurarse que “los indios fuesen reducidos a pueblos, .i no viviesen divididos i separados por las sierras i montes, privándose de todo beneficio espiritual i temporal, sin socorro de los ministros reales, i del que obligan las necesidades humanas, que deben dar unos hombres a otros.”

Esta reduccion i poblacion habia de llevarse a efecto “con tanta suavidad i blandura, que sin causar inconvenientes, diese motivo a los que no se pudiesen poblar luego, que viendo el buen tratamiento i amparo de los ya reducidos, acudiesen a ofrecerse de su voluntad” (1).

Para formar estos pueblos, debian elejirse sitios “que tuviesen comodidad de aguas, tierras i montes, entradas i salidas, i labranzas, i un ejido de una legua de largo, donde los indios pudiesen tener sus ganados, sin que se revolviesen con otros de españoles” (2).

A fin de alejar cualquier pretesto de litijio o atropellamiento, los españoles i todos los que no fuesen indios no podian vivir en estos pueblos, ni permanecer en ellos mas de dos dias sin justa causa cuando iban de viaje ni criar ganado mayori i menor hasta cierta i senalada distancia

(1) Recopilacion de Indias, libro 6, título 3, leí 1.l
(2) Becopilacion de Indias, libro 6, título 3, leí 8.
(3) Iteco¡filacíon de Indias, libro 6, título 8, leyes 20, 21, 22i 23.

‘I

Los indios reducidos conservaban las tierras que tenían ántes de venir a estas poblaciones (1).

El gobierno local estaba encargado a alcaldes indios, que podian castigar con un dia de prision, i con seis u ocho azotes al indio que no fuera a la misa en dia de fiesta, o se embriagara, o cometiera otra falta semejante (2).

Todo esto sin perjuicio de la jurisdiccion que las

antiguas costumbres daban a los caciques, los cuales eran conservados en sus puestos.

En toda reduccion, debia haber iglesia donde se pudiese decir misa con decencia, i que tuviese puerta con llave; i estar servida por un eclesiástico doctrinero, i por un sacristan i dos o tres cantores. El ecleciástico debia saber la lengua de los indios, tanto para enseñarles la doctrina cristiana i el castellano, como para administrarles los sacramentos (3).

Los indios debian andar vestidos decente i ho

nestamente, i no podian usar armas ni caballos (4)..

Los indios eran considerados vasallos libres;i por principio jeneral, estaban esentos de todo ser— vicio personal (5).

Pero si no eran' deudores de servicios persona—les, lo eran de tributos.

“Porque es cosa justa i razonable, dijeron los reyes españoles, que los indios que se pacificaren i redujeren a nuestra obediencia i vasallaje, nos sirvan i den tributo en reconocimiento del señorio i

servicio que como nuestros súbditos i vasallos de—

(l) Recopílacim de Indias, libro 6, título 3, leí 9.

(2) Recopzïlací0n de Indias, libro 6, título 3, leyes 15 i 16.

(3) Recopilacion‘de Indias, libro 1.°, título 13, leyes 4 i 5; libro 6, título 3, leyes 4 i 6.

(4) Recopilacion de Indias, libro 6, título 1.", leyes 21, 31 i 33.

(5) Reco.püacíon de Indias, libro 6, título 2.

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