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de su sexo: baste el que ha de ser de esta desgra— cia la bastarda projenie que hoi subsiste” (1).

Todos los fuertes que los españoles habian le— vantado en territorio araucano fueron asaltados simultáneamente; i casi todos ellos, despues de una resistencia mayor o menor, tuvieron que ser abandonados.

Merece una especial mencion lo que sucedió en el de Nacimiento. .

Mandaba allí el sarjento mayor don José de Salazar.

El fuerte o plaza de Nacimiento se levantaba en la confluencia de los rios Vergara í Biobio.

Los indios lo atacaron en varias ocasiones, pero fueron rechazados.

Sin embargo, viendo el sarjento mayor que el

enemigo.no se desalentaba, i que él se iba encon—

trando mui escaso de víveres i municiones, determinó retirarse a Concepcion por el rio en unas malas embarcaciones.

Muchos le reprobaron este plan, representándole que a causa de la estacion, habia poca agua, i por lo mismo la navegacion era mui dificultosa; pero Salazar no quiso ceder.

Los soldados de la guarnicion, con las mujeres‘ i los niños, se acomodaron como pudieron en unas‘ lanchas i confiaron su salvacion a la corriente del rio. .

Los indios, que notaron el movimiento, se pusieron a seguirlos por ambas riberas, en número de mas de cuatro mil.

Miéntras tanto, las embarcaciones iban encallan— do a cada paso.

Don José de Salazar no tardó en adquirir el

(1) Córdoba i Figueroa, Historia de C’hile, libro 5, capítulo 18.

acongojador convencimiento de que era índispen: sable alij arlas para que pudiesen continuar.

Tomó entónces la cruel resolucion de echar a la ribera a las mujeres i los niños, entregándolos al furor de los indios. .

Cualquiera puede imajínarse la terrible escena que entónces tuvo lugar.

Los soldados de Salazar recibieron el castigo de ver desde sus embarcaciones a los bárbaros apoderarse de todos aquellos desdichados, i de escuchar sus llantos i clamores. ‘

“Oimos este caso a uno de estos infelices venturoso, a quien espulsaron con su madre”, dice el cronista Córdoba í Figueroa.

. Lo peor fué que aquel inhumano sacrificio resultó inútil.'

De tropiezo en tropiezo, siguieron las embarcaciones hasta Santa Juana, donde encallaron definítívamente.

Viéndolas inmóviles, los indios las abordaron

‘ a caballo por la derecha i por la izquierda.

Trabóse entónces una lucha desesperada cuerpo a cuerpo; pero se aumentó la confusion con una botija de pólvora que se pegó fuego; i encontrándose los españoles abrumados por el número, perecieron todos, sin escapar uno solo de los doscientos cuarenta que iban. '

Don José de Salazar, mal herido, buscando la salvacion, se arrojó con el capellan al rio, donde los dos se ahogaron.

I para que se conozcan todas las acusaciones que se le hicieron, hai todavía que leer las siguientes palabras que a manera de necrolojia le dedica el cronista poco ántes citado:

—“Díjose que don José de Salazar distribuyó porcion de dinero entre varios soldados para que

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lo trajesen, i que esto estorbó la ofensa i defensa por estar gravados de su peso” (1).

El maestre de campo don Juan de Salazar fué mas feliz que su hermano en cuanto salvó la vida; pero como él, perdió la honra.

Habiendo sabido en su marcha contra los cuncos el alzamiento jeneral, en vez de apercibirse para combatir, solo pensó en huir.

Don Francisco Núñez de Pineda i Bascuñan i otros oficiales eran de opinion que el ejército debia volverse a Concepcion por tierra para ir socorriendo los fuertes, i particularmente el de Boroa.

N o se conformaban con no intentar siquiera medirse con los soberbios araucanos.

Pero el maestre de campo no quiso oír reflexiones, i se diríjió apresuradamente a Valdivia para regresar desde allí por mar a Concepcion.

Semejante resolucion era indudablemente la mas segura, pero no la mas honrosa.

Para llevarla a cabo, Salazar tuvo, no que acu— ehillar indios, sino solo que hacer degollar seis mil hermosos caballos, que llevaba para el servicio de su. ejército, i que temió cayesen en manos del enemigo.

La suerte del presidente Acuña i Cabrera fué igualmente desastrosa. .

Habiéndose visto cercado i acosado en la plaza de Buena Esperanza por los sublevados, lo abandonó todo para ir a buscar refujio en Concepcion.

Se retiraron con él los soldados que habian salvado la vida i los moradores del fuerte.

Lo que tenían en el cuerpo era todo lo que habian podido sacar consigo.

(1) Córdoba i Figueroa, Historia de C’lu‘le, libro 5, capítulo 19.

Los jesuitas llevaban el santísimo sacramento en una custodia.

El viaje fué de los mas fatigosos í llenos de zozobras que pueden imajinarse.

Todos los vecinos de Concepcion salieron en procesion a recibir el santísimo sacramento que traian los jesuitas.

Acuña i Cabrera habia entrado ántes que sus compañeros de infortunio, porque el miedo no le habia dejado ir con ellos, habiéndose adelantado tan luego como pudo, impaciente por poner su persona en seguridad.

“En la Concepcion deseaban que llegara el gobernador con bastante jente, refiere el cronista Quiroga; pero su vista no les dió gusto por reconocerle caudillo de una tropa de tristes miserables, que esforzándolos los sacerdotes, venían a pié i descalzos, huyendo de cada ruido, que creia.n ser el enemigo que les písaba la retaguardia”

I miéntras tanto, la necesidad de un ausilio bien eficaz era sumamente imperiosa.

Los indios llevaban la osadía hasta penetrar por las calles de las acongojadas ciudades de Concepcion i de Chillan; i lo que todavía era harto mas grave, lo hacían así impunemente.

En la ciudad de Concepcion, sacaron prisione

' ros de sus propias casas a mas de una persona; i ‘

en la de Chillan, clavaron flechas en una imájen de la Vírjen, a quien en aquellas calamitosas circunstancias se habia levantado un altar en la plaza para que concediese amparo a los aflijídos ha.bitantes.

Jamas el reino entero se habia visto espuesto a

una ruina mas completa.

.(l) Quiroga, Compendio Históriw.

VII.

Las tristes noticias de los funestísimos acontecimientos que iban realizándose en el Sur comenzaron a llegar a Santiago, aunque todavía algo vagas, desde el 20 de febrero de 1655 (1).

Ya se concebirá la fundada inquietud que aquello produjo.

Una de las primeras providencias a que atendió el cabildo de la capital fué nombrar un procurador jeneral que con la posible premura saliese a esponer al virrei del Perú la apurada situaeion del reino, i a pedirle los mas prontos‘socorros.

En sesion de 23 del mismo mes i año, designó para el desempeño de tan importante encargo a don Juan Rodulfo de Lisperguer i Solórzano, uno de los vecinos mas condecorados, hijo de aquel don Pedro de Lisperguer i de aquella doña Florencia de Solórzano i Velazco, de quienes he habla— do en el primer volúmen.

En atencion a la escasez de fondos, le señalaron para ayuda de costas solo cuatro mil pesos de a ocho reales.

Los capitulares presentes a la sesion acordaron pagar de su caudal propio la suma mencionada.

“Por la pobreza de la ciudad i por la brevedad del tiempo, dice el Libro del Cabildo, no quisieron echar este gravámen sobre los comerciantes i vecinos de la ciudad, habiendo de ser tan graves i precisos los gastos en los socorros necesarios i defensa de la república; i por esta atencion, ofrecie—

16(1) Libro de actas del Cabildo de Santiago, sesion de 20 de febrero de 55.

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