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rona, el plan habia sido bien concebido. El rei se habia proporcionado guardianes de los indios con— quístados, i soldados contra los indómitos; i los tenia bien pagados sin que nada le costasen, i reconocidos por la real dádiva de una posicion apetecible, de que habia podido hacerles merced sin imponerse el mas minimo sacrificio. Aquello era con— quistar i conservar la América con los recursos sacados de ella misma.

Indudablemente, el sistema de las encomiendas aprovechaba al rei i a sus súbditos españoles. Al primero, le aseguraba partidarios celosos que sentían consolidarse su fe en el dogma de la majestad real por los estimulos tan poderosos de la codicia; ia los segundos les proporcionaba las riquezas i todos los bienes que se derivan de ellas. Pero ¿qué consecuencias tenia para los indíjenas?

Sin disputa, el tributo en dinero, o en especies era para éstos mui preferible al inhumano i mortífero servicio personal.

Sin embargo, es preciso saber que este segundo sistema, el primitivo, el inventado por los conquistadores, estuvo mui distante de ser completamente abolido.

La lei, una serie de leyes, prohibia el servicio personal; es mui cierto; pero hai que tomar en consideraoion, desde luego las escepciones autorizadas tambien por la lei, i en seguida los innumerables abusos de la práctica.

El rei habia ordenado que los indios vívieran en reducciones o poblaciones, rejídos por majistrados propios, í sin que los encomenderos pudieran entrometerse con ellos; pero despues tuvo que consentir en que muchos quedaran trabajando en las chacras i estancias.

Estos eran llamados naborios en Méjico, ya— naconas en el Perú, inquilinos en Chile (1).

N o podian ser detenidos, contra su voluntad; i debian ser pagados de su trabajo.

No podian tampoco ser encomendados (2).

Pero fuese como fuese, estaban sometidos directamente a un amo que ejercia sobre ellos un poder despótico i arbitrario derivado de la costumbre, ya que no de la lei.

El rei habia limitado todo el gravámen de los indios al pago de un tributo; pero despues tuvo que consentir en que mediante un jornal fuesen a trabajar personalmente en las labores de la agricultura, en la crianza de ganados, en la esplotacion de las minas.

El trabajo fué minuciosamente reglamentado para aliviar la condicion de los indios.

Los caciques sorteaban a sus subordinados a fin de formar las cuadrillas o repartimientos que por turno i por tiempo determinado estaban obligados a ir a cultivar los campos o los planteles, a pastorear el ganado, a esplotar las minas.

Esto era lo que se llamaba la mita (3).

¿A qué quedaba entónces reducida la tan decantada abolicion del servicio personal?

A estas dos escepciones de tanta magnitud que destruían la regla jeneral, introducidas por la lei misma, deben todavía añadirse los numerosos abusos de la práctica que agravaban el mal.

La existencia en la Recopilacion de Indias de ciertas disposiciones, frecuentemente reiteradas en diversas ocasiones, basta para revelarnos la naturaleza i estension de esos abusos.

(1) Becapilacz‘on de Indias, libro 6, título 3, leí 12; título 5, leyes 5, 9 i 10. .

(2) Reco¡filacíon de Indias, libro 6, título 8, leí 37.

(3) Recopilacitm de Indias, libro 6, títulos 12, 13, 14 i 15.

Voi a mencionar algunos ejemplos. .

Los españoles se lo creian todo permitido contra los bienes i las personas de los indíjenas. Las tropelías llegaron hasta el punto de que Cárlos V en 1523, Felipe II en 1582 i Felipe III en 1620 estimaron necesario ordenarles que “no hiciesen mal ni daño a los indios en sus personas ni bienes, ni les tomasen contra su voluntad ninguna cosa, escepto los tributos conforme a sus tasas, pena de que cualquier persona que matarc o hiriere, o pusiere las manos injuriosamente en cualquier indio, o le quitare su mujer, o hija, o criada, o hiciere otra fuerza o agravio, fuese castigado conforme. a las leyes” (1).

Los indios eran considerados como bestias. La lei tuvo que venir en su amparo mandando que no pudieran ser cargados como los animales (2).

Habiéndose representado que habia comarcas donde por falta de caminos o de bestias de carga, no habia otros medios de trasporte que las espaldas de los indios, se permitió que en tales casos se pudieran cargar pesos que no pasaran de dos arrobas sobre indios que tuvieran diez i ocho años cumplidos (3).

Hubo que prohibir que los españoles se hicieran llevar por los indios en hamaca o andas, a ménos que alguno estuviera impedido de notoria enfermedad (4).

Se hizo preciso dictar leyes para que no se hiciera trabajar por la fuerza a las mujeres i a los niños; para que no se obligase a ir a servir en ca

sas de españoles a las indias casadas o solteras,

( 1) Recqn‘lacïon de Indias, libro 6, título 10,1ei 4.

(2) Recopildcion de Indias, libro 6, título 12, leí 6 i siguientes. (3) Recopiltm‘0n de Indias, libro 6, título 12, leyes 10, 14 i 15. (4) Rec0pilaci0n de Imlias, libro 6, título 10,1ei 17.

para que se permitiera a los trabajadores ir a dor— mir a sus casas, o se les dieran alojamientos techados i defendidos de la aspereza de los temporales; para que se les suministrase de comer i de cenar; para que se les curase en sus enfermedades, í se les enterrase si morían (1).

¿No es cierto que la necesidad que hubo de dar semejantes leyes está haciendo conocer cuál era el tratamiento que los dominadores ínflijían a la raza vencida?

IX.

Los infelices indios, por abatidos, por desarma— dos, por embrutecidos que estuviesen, se rebelaron en mas de una ocasion contra la tiranía de sus opresores.

Algunos de esos alzamientos tuvieron un carácter serio, aun en la última época de la dominacion española, cuando la subyugacion habia llegado a ser mas completa, i habia sido consagrada por el trascurso del tiempo.

Recuérdese la que el segundo Tupac Amaru encabezó en el Perú el año de 1780.

El principio de la revolucion de la independen— cia de Méjico, la ínsurreccion promovida por el cura de Dolóres Hidalgo, fué una verdadera sublevacion de indios.

Sin embargo, es digno de notarse que el respeto profundo a la majestad real habia echado raíces hasta en los ánimos de los mismos indios.

Ese Hidalgo, a quien acabo de recordar, conducia consigo, cuando capitaneaba las turbas de índios ínsurrectos una carroza, dentro de la cual lle

(1) Recopílacion de Indias, libro 6, título 13, leyes 9, 14, 20, ‘21 i 22.

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vaba un personaje misterioso. Era una j óven disfrazada de hombre; a lo que se refiere, su ahíjada o su híj a.

A los indios se les habia ocurrido creer que aquel personaje era Fernando VII, que habia venido a ponerse bajo el amparo del cura—caudillo.

A causa de este error, la carroza era objeto, no solo de una gran curiosidad, sino tambien de la mayor veneracion (1).

De este modo, la sombra del rei Fernando guiaba, puede decirse, a los rebeldes que marchaban en Méjico al asalto de la dominacion española.

No obstante, a pesar de esta veneracion ídolátrica al monarca, cuya proteccion, aunque ineficaz, parecian agradecer, es razonable presumir que los indios tan vejados, tan oprimidos, no debian ser mui favorables a un réjimen político bajo el cual tenían que soportar tantas amarguras i tantas molestias.

De todas maneras, el espectáculo de tales sufrímientos alentaba a los indios no domados para continuar rechazando con la mayor enerjia el sometimiento a los españoles.

(1) Alaman, Historia de Méjico, libro 2, capítulo 5.

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