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por el buen suceso que tuvieron en la dicha entra

da, es infalible la han de repetir este verano; i si

no hallan defensa, lalograráñ, como el pasado, i la repetirán todos los veranos; i si este verano hallan resistencia i castigo, no volverán jamas a hacer entrada por aquella parte; con que los demas veranos no serán necesarios nuevos apercibimientos, i los indios de esta j urisdiccion no intentarán las novedades que se temen; i'así son de parecer quede un tanto en el libro del cabildo” (1).

Si se trae a la memoria la porfiada oposicion que el cabildo de Santiago hizo en tiempo de Lazo de la Vega ‘i de otros presidentes a los apercibimientos de esta clase, i se nota el contraste que ella ofrecia con la buena voluntad que a la sazon manifestaba para aprobarlos, se caerá fácilmente en cuenta de que el peligro que amenazaba a la capital i su territorio era mui Serio i evidente.

III.

En efecto, los temores relativos a un ataque probable de los indios contra la frontera del Maule, consig‘nados en el voto o acuerdo de 27 de agosto, no tardaron en realizarse.

El 28 de noviembre de 1657, el oidor mas antiguo don N icolas Polanco de Santillana hizo llamar con toda prisa a los alcaldes don Antonio de Jara Quemada i don Pedro de Moráles.

. El asunto debia ser mui urjente, porque aquella era precisamente la hora de la siesta, hora ‘ sagrada entónces para el vecindario acomodado de Santiago.

1 I/¿bï0 de actas del C'abildo de Santiago, sesion_de 21 de agosto de

v

I a la verdad que no podia ser mas apremiante. El oidor Polanco comunicó a los dos alcaldes que por carta del capitan que tenia a su cargo la tropa o destacamento del partido del Maule, acababa de saberse que los indios enemigos habian maloqueado veinte i siete estancias situadas en la

ribera meridional de dicho rio, ique habian muer—'

to o cautivado a mas de trescientas personas.

Lo que se habia previsto habia sucedido.

Los indios querían establecer la costumbre de venir todos los veranos a saquear los fundos dela frontera del Maule.

Por poco que se les permitiera hacerlo impunemente, como ya lo habian practicado en dos ocasiones, era de temerse que no tardasen mucho en dirijir sus correrías hasta mas cerca de Santiago.

—Es indispensable, dijo el oidor a los alcaldes,

. que Vuestras Mercedes junten inmediatamente el

cabildo para que delibere acerca de tan gravísima ocurrencia, i disponga con la brevedad que el caso requiere socorros para la defensa de la frontera del Maule.

En cumplimiento de esta órden, Jara Quemada'

i Moráles congregaron sin tardanza a todos los capítulares que se hallaban en la ciudad, ménos a dos a quienes no se encontró en sus casas,i ménos al jeneral don Martín Ruiz de Gamboa, que acababa de ser correjidor i teniente de capitan jeneral,i que habia vuelto a ser nombrado para el mismo honroso cargo, pero que no podia asistir en el carácter de tal, porque aun estaba pendiente la residencia que se le estaba tomando por el primer pe"íiodo. .

La sesion comenzó or la lectura de la carta del capitan del partido de Maule. ‘

Todos convínieron en que el asunto era mui des

l

agradable, no solo por la inminencia del peligro, sino tambien porque la aplícacion del remedio iba a im ner nuevos i costosos sacrificios a los vecinos e Santiago, ya tan gravados i molestados.

En medio de aquella discusion tan sería, sobrevino entónces un incidente característico, un verdadero sainete que pinta a lo vivo la puerilidad leguleya i ceremoniosa de los personajes mas encumbrados de la época colonial.

Uno delos rejidores hizo indicacion para que, Vista la importancia de la materia que estaba tratandose, se hiciera llamar a los individuos del cabildo que no habian venido.

N o hubo acerca de esto ninguna dificultad.

El rejidor pidió, ademas, que se llamara tambienal jeneral don Martín Ruiz de Gamboa, el cual no podia asistir como correjidor por estar pendiente su residencia, pero si como rejidor propietario, ue tambien era.

El alca de Moráles se opuso, diciendo que Ruiz de Gamboa no podia asistir ni como correjidor, por la razon mencionada; ni como ‘rejidor propie— tario, porque era correjidor recibido.

El otro alcalde don Antonio deJ ara Quemada sostuvo que Ruiz de Gamboa podia concurrir como rej idor a aquellai demas sesiones que hubiera, miéntras no entrase en el ejercicio del cargo de co— rrejidor.

Esta cuestion absorvió completamente la atencion de los capitulares, í se pusierona debatirla, como si tuviera la mayor importancia, olvidándose de que los indios andaban maloqueando en la ribera del Maule, ide que talvez estaban en camino de Santiago, i de que el cabildo tenía que tomar una pronta resolucion, i de que la audiencia aguardaba reunida su contestacion.

———Si se acuerda llamar al señor jeneral don Martín Ruiz de Gamboa, dijo el alcalde Morales, apelo para ante los señores oidores, i pido que se dé la voz al señor fiscal. ‘

—Lo que debe hacerse, replicó el alcalde Jara Quemada, que presidia la sesion, i que debia haber calculado que la mayoría estaba en su favor, es procederse a tomar la votacion del cabildo.

Jara Quemada no se habia equivocado en el cómputo de los votos. Todos los capitulares se ad— hirieron a su parecer, ménos el alcalde Morales, i aquel capitan don Diego de Aguilar Maqueda, que tan severo se habia mostrado contra el presidente don Antonio de Acuña i Cabrera.

—Conforme al resultado de la votacion, dijo el alcalde que presidia, debe llamarse al señor jeneral Ruiz de Gamboa.

—Lo contradigo de nuevo, i apelo otra vez para ante los señores de la real audiencia, contestó don Pedro de Moráles.

—Pido, dijo entónces el rejidor don Diego García de Neira, que se vaya pronto a solicitar de los señores oidores, que están reunidos, una decision sobre la dificultad que se ha suscitado.

—A pesar de todas las contradicciones i apelaciones, esclamó con tono imperioso el alcalde que presidia don Antonio de Jara Quemada, debe entrar al cabildo como rejidor propietario con arre

’ glo a la votacion el señor j eneral don Martín Ruiz

de Gamboa.

A una órden del alcalde presidente, salió a llamarle el portero de cabildo.

Don Martín Ruiz de Gamboa no tardó en presentarse.

Venia vestido de color, como que la citacion le habia tomado de improviso.

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Apénas le hubo visto, el testarudo alcalde Morales esclamó:—“El señor jeneral no puede entrar al cabildo, si no decentemente i de negro”; i como no viene en traje conveniente, contradigo su entrada por esta nueva razon, i apelo.

—A pesar de todo, respondió el alcalde Jara Quemada, el señor Ruiz de Gamboa debe entrar, i entrará.

“El señor jeneral don Martín Ruiz de Gamboa, dice el libro de cabildo, se sentó en su asiento de rejidor propietario, que le toca”.

El rejidor Neira, que al mismo tiempo era procurador jeneral de la ciudad, manifestó la urjencia de que se tomase alguna resolucion en el gravísimo asunto propuesto por los alcaldes, “sin embarazarse en contradicciones í apelaciones, que despues se podrían proseguir”.

El alcalde Moráles i el rejidor Aguilar Maqueda respondieron que bien podia continuarse la discusion de la defensa del Maule, miéntras se iba a recabar de la real audiencia una resolucion sobre la presencia del señor Ruiz de Gamboa en la sesion.

“En este estado, dice el libro de cabildo, el señor jeneral don Martín Ruiz de Gamboa pidió licencia, por apretarle su enfermedad i achaque con que se halla, para retirarse a su casa”.

.“Esta licencia se le dió, agrega; í Su Merced se fué”.

¿Estaba el jeneral Ruiz de Gamboa realmente enfermo, o buscó un pretesto para poner término a tan pueril discusion, habiéndose propuesto dar una prueba de la cordura que faltaba a sus colégas?

Miéntras tanto, uno de los dos rejidores presentes en la ciudad que no habian asistido se habia

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