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vía, aquella rejion estaba tan poblada, que parecia un pueblo; estaba tan cultivada, que parecia una scmentera; i era tan rica, que parecia una mina de oro.

“Si las casas no se ponen unas sobre otras, decía, no puede caber en ella mas de las que tiene”.

En su concepto, habia descubierto un paraíso donde poder dar de comer a todos los hambrientos de España (1).

I en verdad que para quedar un crecido sobrante de indíjenas por repartir, debia ser la comarca en estremo poblada, si hemos de aceptar como a‘proximativamente exactos los censos de algunas de las encomiendas concedidas por Valdivia que contienen las crónicas primitivas.

A lo que refieren sus autores, que fueron testigos

presenciales, la de Antonio de Ulloa constaba de dos mil indios; la de Andres Hernández de Córdeba, de seis mil; la de Pedro Olmos de Aguilera, de ocho mil; la de J erónimo de Alderete, de doce mil; la de Pedro de Villagra, de quince mil; la de Diego N ieto de Gaete, de mas de quince mil; la de Francisco de Villagra, de mas de treinta mil, a diez leguas de la Imperial, encomienda que le proporcionaba una renta de cien mil pesos por año. Sin embargo, tengo para mi que los guarísmos precedentes deben tomarse, no como exactos, sino solo como una manera de cspresar lo numerosos que eran aquellos repartimientos. . Dejó el gobernador Valdivia para sí, i para los que pudiesen venir de España casi todos los indios de la jurisdiccion de la ciudad que fundó con su nombre, los cuales, segun el lenguaje indudable— mente harto híperbólico de los cronistas, llegaban

(l) Valdivia, Cartas a 0árloc V.

a quinientos mil en el espacio de diez leguas (1). II.

Valdivia encarece mucho en sus cartas a'Cárlos V el esmero que habia desplegado para el buen tratamiento i conversion de los naturales. Llegó aun a decirle en la que le escribió el 26 de octubre de 1552, que la tierra de Chile llevaba en esto la ventaja “a todas cuantas habian sido descubiertas, conquistadas i pobladas hasta entónces en Indias.” Ya ántes, en la que le dirijió el 4 de setiembre de. 1545, le aseguraba que él í sus compañeros mira— ban a los yanaconas empleados en las minas como a hermanos “por haberlos hallado en sus necesidades por tales”; i que a fin de no fatigarlos miéntras estaban trabajando, ellos mismosles acarreaban a caballo la comida. . ‘ . .

Bien pudo ser así; pero si hemos de atenernos al testimonio de otros contemporáneos, el tratamiento fraternal de que se alababa Valdivia no tenía na— da de envidiable.

Valdivia í sus soldados comenzaron por tomar indios para obligarlos a que les construyesen habi— taciones, i a que cultivasen en su provecho los campos, o les proporcionasen bastimentos.

Los forzaron ademas a que los sirviesen de domésticos.

Se pudo ver entónces a los hijos de los caciques principales ocupados en el cuidado de los caballos i en el aseo de las caballerizas.

(1) Valdivia, Carta a 0árlos V, fecha 4 de setiembre de 1545.—Góngota Marmolejo, Historia de Chile, capitulo 13..—Mariño de Lovera, Crónica del reino de Chile, libro 1.°, capítulos 38 i 39,i libro 2, capítulo 24.

I todo se les exijia con el mayor rigor i a fuerza de golpes.

Las tareas mencionadas no eran las peores.

Lo terrible fué la esplotacion de los lavaderos de oro.

Se sabe que el suelo.de Chile es casi todo aurifero; mas la cantidad del precioso metal que contiene es tan reducida, que no da para pagar los gastos i los jornales.

Sin embargo, los conquistadores sacaron injentes sumas.

¿Cómo?

De un modo mui sencillo.

N opagaban un centavo a los indios a quienes hacian trabajar hasta morir.

“Cada peso, decia Pedro de Valdivia, hablando de las fatigas i penalidades de la conquista de Chile, nos cuesta cien gotas de sangre i doscientas de sudor.” Pero el ilustre conquistador se olvidó de calcular cuántas gotas de sangre í cuántas de sudor costaba a los indíjenas. Lo que hai de cierto es que los indios dejaban en el trabajo, no soloel sudor í la sangre, sino tambien la vida.

Uno de los cronistas primitivos, el capitan don Pedro Maríñode Lovera, hace decir, entre otras cosas, a Valdivia al recibir la sumision del cacique Michimalonco:

—“No penseis que hemos venido acá por vuestro oro; nuestro emperador, un mui gran señor, tiene tan cuantioso tesoro, que no cabe en esta plaza (la de Santiago). Hemos venido para instruiros en el conocimiento del Dios verdadero, i libertaros del demonio, a quien adorais. Pero por lo mismo, nos habeis de servir i dar de comer, í lo que mas os pídiéremos de lo que hai en vuestras tierras, sin detrimento de vuestra salud i sustento, ni dismi

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nucion alguna; i nos habeis de dar jente bastante que saque oro de vuestras minas, como lo sacábades para tributar al rei del Perú”.

I en efecto, echaron a la esplotacion de los 1avaderos cuadrillas, no solo de hombres, sino tambien de mujeres, sin atender a que la edad fuese mucha o poca; i los hacian trabajar a todos sin compasion, “a puros azotes”.

Yo testifico, dice un autor contemporáneo, haber visto a estas infelices de quince a veinte años lavar el oro revueltas con los hombres, i metidas en el agua todo el dia, i durante el invierno helándose de frio, í llorando, i aun muchas con dolores ienfermedades que tenían, i aun cuando no entraban con ellas, las sacaban ordinariamente de alli. ‘

El gobernador Valdivia no quiso al principio permitir el trabajo de las mujeres en los lavade— ros; pero luego lo toleró, i dicho trabajo llegó a hacerse jeneral.

Rodrigo de Quiroga, por ejemplo, tenia empleados en la minas de Malgamalga seiscientos indios de su repartimiento, hombres i mujeres, todos mozos de quince a veinte i cinco años, los cuales se ocupaban en lavar oro ocho meses del año, escapándose de hacerlo tambien en los cuatro restantes, por no haber agua en el verano.

Quiroga llegó a ser de este modo tan rico, que se aseguró una renta anual de treinta mil pesos, que en los últimos años de su vida invertía en limosnas.

Entre otras obras pías suyas, se cuenta la distribucion que hacía a los pobres de ocho a doce mil hanegas de pan.

I obró bien buscando en la práctica de la caridad un descargo a su conciencia, pues su enco

mienda, como todas las demas, habia sido una sentina de vicios i un cementerio de indíjenas.

El réjimen establecido en la encomienda de Quiroga, como en todas las otras, dice un cronista, redundaba “en notabilísimo detrimento de los cuerpos i almas de los desventurados naturales, porque hombres i mujeres de tal edad, que toda es fuego, todos revueltos en el agua hasta la rodilla, bien se puede presumir que ni toda era agua limpia, ni el fuego dejaba de encenderse‘en ella, ni el lavar oro era el lavar las almas, ni finalmente era oro todo lo que relucia”.

El mismo autor añade que era mui poco el cuidado que los conquistadores tenían para instruir a los indios en la lei de Jesucristo i en las buenas costumbres,a pesar de ser aquel el titulo que hacian valer para la conquista; i que ántes por el contrario, en lugar de esto, sobresalian en darles malos ejemplos, “i en enseñarles maneras de pecar que ellos no sabian, como era jurar, i hacer injus— ticias, i negaciones, i sacar las mujeres del poder de sus maridos, i ser ministros de maldades, sirviéndose los españoles de los yanaconas para sus manejos deshonestos, ultra de otras muchas cosas, que se verán i juzgarán el dia del juicio universal”.

Lo estraño es, concluye diciendo el cronista citando, “que no llueva fuego del cielo sobre noso— tros.”

I no vaya a pensarse que el caudal de Rodrigo de Quiroga fuese una escepcion.

N ó; habia varios a quienes sus encomiendas les producian mas o ménos lo mismo. .

Estas riquezas estupendas estraídas de las pobrísimas tierras auriferas de Chile son la prueba mas convincente que pudiera aducirse de16 rigor

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