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inhumano i feroz con que se obligaba a los infelices indios a que, a costa de un trabajo excesivo, a costa de la vida, sacaran hasta la mas pequeña pepa de oro que se ocultaba entre los granos de polvo.

Segun un cronista, a Rodrigo de Quiroga le produjo la encomienda de su mujer, doña Ines de Suárez, mas de cuatrocientos mil pesos en treinta i dos años de matrimonio. ‘

I para ‘que se comprenda mejor la espantosa significacion del hecho, adviértase que los natura— les trabajaban con instrumentos, no de hierro, sino de cobre.

III.

. Estos crudelísimos tratamientos disminuyeron

sobre manera en pocos años la poblacion indíjena.

Todos los testimonios primitivos están conformes acerca de.este punto.

Voi a citar algunos, declarando que en mi concepto sus guarismos deben tomarse, no de ninguna.manera como exactos, sino como figuras de espresion.

Segun Maríño de Lovera, los valles de Copiapó, Guasco i Limarí tenían una poblacion de mas de veinte‘ mil indijenas, que en medio siglo habian sido reducidos a ménos de dos mil.

En 1594 no quedaban en la Serena mas que cuatrocientos naturales, siendo necesario traer pa— ra el servicio indios de las otras provincias, “forzados casi en servidumbre de esclavos.”

“Hallaron los primeros conquistadores esta tie— rra, agrega, hablando de la Serena don Miguel de Oleverría, a quien pertenece el dato precedente, mui poblada de indios; í con el largo tiempo, ímu

cho trabajo que les han dado los españoles, se han consumido i acabado,i venido en esta disminucion.”

En la misma fecha, Santiago, segun Oleverría, no contaba mas que cuatro mil indios de sesenta mil que tenia cuando se fundó. “Han venido en tanta disminucion, dice, por ser los indios mas tra— bajados que hai en aquel reino, i los que mas han acudido con sus personas i haciendas al sustento de la guerrai cargas della.”

El hecho en lo sustancial se encuentra confirmado por Mariño de Lovera, quien asegura que se habian “disminuido tanto los indios de Santiago, que apénas llegaban los de ese valle a siete mil en el año en que estaba de 1595 con haber hallado en

- él los españoles el año cuarenta i uno pasados de

cincuenta mil.”

Las apuradas tareas impuestas por los amos i .

el látigo a que recurrian para hacerlas desempeñar habian causado idénticos estragos en los naturales de todo el país.

“Los indios que ahora sirven en la ciudad de la Serena, Santiago, Concepcion i las demas, añade todavía el contemporáneo Oleverría, han venido en tanta disminucion, que no se saca casi oro en todo el reino, i apénas son bastantes a sustentar i cultivar las haciendas i ganados de sus enco— menderos.”

Mariño de Lovera corrobora todavía esta observacion de Oleverría, mencionando ejemplos prác— ticos. “Cuando Alderete murió, dice, dejó dos encomiendas de indios en este reino, la una en la ciudad de Santiago, i la otra en la ciudad Impe— rial, las cuales heredó doña Esperanza de Rueda, su mujerpi le valían ambas veinte mil pesos de renta. cada año; pero han venido en tanta dismi

nucion, que no valen al presente los tributos mas de tres mil pesos al año; i a este paso va todo lo demas, de suerte que ha venido el negocio a tanta miseria, que lo lastan agora los hijos de los que ganaron la tierra con tanto estremo, que hai muchas huérfanas hijas de conquistadores i descubridores del reino que andan a buscar de comer por casas ajenas, i sirviendo a los que en España estaban por nacer cuando los pobres hombres anda— ban descubriendo i conquistando estos reinos por muchos años i con muchos trabajos, derramando su sangre. Mas todo esto no es sin disposicion divina, pues allá en la divina escritura a cada paso amenaza con semejantes calamidades a los que atesoran por medios tan desordenados.”

IV.

Los conquistadores no tardaron en esperimentar las funestas consecuencias de su inhumanidad.

Los indios del norte de Chile eran mucho ménos numerosos, ménos altivos, ménos protejidos por los accidentes del terreno, que los del sur, los de ultrarBiobio, los renombrados araucanos.

N o obstante, los españoles, sin hacer distinciones, trataron a los unos con igual dureza que a los otros.

No pensaban mas que en hacer por toda especie de medios que los indios les entregasen oroi mas oro.

En solo las minas de Concepcion, pusieron a trabajar veinte mil indíjenas.

Esto, advierte un cronista contemporáneo, importaba tanto como hacerlos trabajar a todos; “pues así como para sacar veinte mil hombres de pelea, es necesario que haya mas de trescientas mil personas de donde entresacarlos, así el sacar veinte mil mineros es ocupar medio reino, pues los que restan son sus hijas í mujeres (que ni aun esas dejaban en la ocasion presente); ultra de que esinescusable el remudarse por sus tandas por ser el trabajo excesivo, i haber ellos de ir a sem— brar lo que habian de comer so pena de morir de hambre, de suerte que acudiendo siempre veinte mil, venían a ser mas de cien mil al cabo del año, que es lo mesmo que decir todo el reino, pues los hombres que quedaban servían a los españoles de caballerizos, pajcsi hortelanos, de beneficiar sus sementeras, i guardar sus ganados, si suyos pueden llamarse, que no sé con cuán justo titulo lo poseen.”

Los indios del norte, despues de alguna resistencia, se habian sometido a este réjimen arbitrario i tíránico; pero los del sur fueron mucho ménos pacientes.

Con otro sistema, ¿los conquistadores habrían evitado la insurreccion de Arauco? ¿habrían con— seguido que fuera ménos sangrienta, ménos porfiada?

N o es mi ánimo Ianzarme en el vasto e ilimitado campo de las presunciones; quiero concretar—me a los sucesos realizados i a sus consecuencias.

Pedro de Valdivia, allá por el año de 1553, tenia ocupados ochocientos indios en sacarle oro de unos lavaderos muí ricos que se habian descubierto cerca de Concepcion.

Cierto dia le trajeron una batea grande i honda llena del precioso i codiciado metal, que habia sido estraído en mui pocos dias.

—“Desde ahora, esclamó Valdivia al verlo, co— mienzo a ser señor.”

Nunca habia estado mas próximo a su ruina

46 Los rnncnnsonns

Precisamente por aquellos días comenzaba el formidable alzamiento de Arauco.

Desde luego se esparció por los fuertes í encomiendas una noticia vaga í trasmitída por lo bajo dela ínsurreccion que se estaba tramando entre los indíjenas.

Los medios que algunos españoles emplearon para descubrir la verdad pueden dar a conocer la manera brutal con que estaban acostumbrados a tratar a los naturales.

El gobernador del fuerte de Puren, Sancho de Corónas, hizo acostar desnudos a ocho caciques sobre brasas derramadas por el suelo, intimándoles primero que moririan en aquel lecho de dolor si no revelaban lo que sabian.

Pero los indios de esta tierra, dice un cronista, “son tan hombres en sus cosas,” que aquellos caciques lo soportaron todo ántes que declarar una sola palabra.

El encomendero don Francisco Ponce de Leon, para conseguir igual objeto, ató de piés i manos a un indio de su repartimiento, i le hizo asperj ar con un hisopo empapado en manteca hirviendo; pero tampoco logró su intento, porque el indio prefirió morir en aquel espantoso tormento, ántes que responder a lo que se le preguntaba.

Es de todos conocido cuál fué el resultado de esta insurreccion, famosa en nuestros anales.

El gobernador Valdivia fué vencido i muerto con todos los españoles que le acompañaban.

Segun una de las versiones que corrieron, los araucanos triunfantes presentaron a su ilustre prísionero una olla de oro fundido, ise lo echaron por fuerza en la boca, diciéndole: “Hártate de este metal, de que te has mostrado tan sediento”.

Sea verdadera o falsa esta version, de todos mo

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