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dos suministra un simbolo poético i espresivo‘ de la codicia que impulsaba alos españoles, i del ‘eastigo que por ella recibió su caudillo en Chile(l).

Así comenzó la larga i tenaz guerra entre los españoles i los araucanos, que constituye el acontecimiento culminante de la historia colonial de Chile, í que aun no ha concluido.

El teson inquebrantable de aquel pueblo idólatra de su libertad para rechazar al invasor estranjero mantuvo por muchos años, por siglos aun, la dominacion española en nuestro país bajo la amenaza de un peligro permanente i muiserio.

Aquella porcion de bárbaros, poco considerable i desprovista de recursos, ofreció durante toda la época colonial un bello ejemplo de lo que puede hacerse en favor de la independencia nacional.

Su conducta, aplaudida por el mundo, sirvió de modelo al principio de este siglo, a los chilenos descendientes de los españoles, para. alentarséen la lucha contra la metrópoli. ‘

V.

Las encomiendas i el servicio personal eran lo que habia producido el alzamiento de Arauco i la muerte desastrosa de Valdivia.

A pesar de todo, los españoles, en vez de'escar— mentar, perseveraron por el contrario en el mismo sistema respecto de los indijenas.

Precisamente, Francisco de Villagra, quien sucedió como gobernador interino a Valdivia despues de varias turbulencias í disensiones intestinas, repartió, a fin de ganar prosélitos i de reunir

(1) Mariño de Lovera, C‘rónica Reino de Chile, libro 1.°, capítu— los 11, 13, 19, 21, 23, 34, 36, 41 í 42, i libro 2, capítulo 27.

jente contra los rebelados araucanos, cuantas encomiendas habia dejado vacantes su antecesor en la rejion austral, ya fuera que las hubiese reservado para si, ya fuera que hubiera querido hacerlas servir de aliciente para que viniesen del Perú o de España personas que le ausiliasen.

De esta manera, Villagra distribuyó mas de sei‘scientes mil indios, “en que habia paño, segun uncontemporáneo, para satisfacer a doscientos vecinos” (1).

¿Dónde estaban aquellos seiscientos mil indios?

En Arauco.

Estaban alzados, i ademas victoriosos.

Pero eso importaba poco para los españoles que consideraban: aquella insurreccion como cosa de poco momento; i‘ que si los recibian, era para ir a sujetarlbs, i a. castigarlos,i a hacerlos trabajar, especialmente en los lavaderos.

El levantamiento de Arauco tenía por causa conocida el sistema de las encomiendas; perosín erm— bargo, para sosegarlo, se creaban otras nuevas.

¡Tan profundo era el desprecio que los indíjenas inspiraban a los conquistadores!

Pero miéntras tanto, los araucanos tenían cerca— das las ciudhdese de Valdivia, Villarrica i la Imperial; habian arrasado las de Angol i Concepcion; i habian osado marchar contra Santiago, llegando hasta lasriberas del Mataquíto, a las órdenes del intrépido Lautaro, a quien Francisco de Villagra tuvo; la buen‘a fortuna de arrebatar la victoria i la vida, salvando así de un ataque terrible la prime— ra ciudad del reino.

(1) Gongora Marmolejo, Historia de C'hile, capítulos 18 í 19.—Mari— ño de Lovera, Crónica del.reino de C’Iu‘le, libro 1.°, capítulo 50.

VI.

En este estado se hallaban los negocios de Chíle, cuando el año de 1557, Villagra fué reemplazado por don García Hurtado de Mendoza, quien, aunque mui jóven, poseia toda la prudencia de un hombre esperimentado.

Uno de los primeros cuidados del nuevo gobernador fué procurar poner remedio a los abusos de los encomenderos, dictando, apénas llegado a la Serena, ordenanzas por las cuales mandaba “que el encomendero se valiese tan solo de la sesta parte de los indios de su encomienda para labrar las minas, í que ésta fuese de varones desde diez i ocho a cincuenta años; que del oro que le sacase se diese al indio la sesta parte como en retribucion de su mismo tributo, i que esto se repartiese el sábado; que se pusiesen en las minas hombres de buena intencion por alcaldes, que no permitiesen las molestias i malos tratamientos de los indios; que los bastimentos para los obreros no se llevasen como hasta allí en hombros de mujeres, sino en bestias a costa del vecino; que se diese a cualquier indio cada dia comida bastante i carne los tres dias de la semana; tambien alguna ropa a cuenta de lo que le habia de tocar; que los enco— menderos se abstuviesen de pedir a los indios otra cualquier cosa, sabiendo que no tienen por caudal sino su trabajo; que en los pleitos de los súbditos se interpusícse el amo como juez sin usurparles la cosa sobre que tuviesen diferencia; que cuidasen particularmente en domestícar i enseñar los indios con caricias, no con rigor; que por ningun caso les hiciesen trabajar domingos i fiestas,7 ántes procurasen que no perdiesen la misai otros ejer— cicios cristianos los que fuesen” (1).

Pero si don Garcia Hurtado de Mendoza, fiel en esto al espíritu del gobierno español, se esforzó por suavizar la servidumbre de los desventurados indijenas, estuvo mui léjos de pensar en suprimir las encomiendas, que era el medio imajinado para realizar í consolidar la conquista.

Por el contrario, continuó el plan seguido por sus antecesores en el reino de Chile, í por todos los conquistadores de América, de premiar con re— partimientos de indios los servicios de los que le ayudaron a vencer la ínsurreccion í a pacificar el país.

Al efecto, nombró una comision compuesta de cuatro individuos de esperiencia i antigüedad en el reino i de buena fama i conciencia para que le informasen acerca de los mas acreedores a sus favores, i le ayudasen en la distribucion.

Ordenó con el mismo objeto que todos los que se considerasen con méritos para ser remunerados le elevasen memoríales en que los hicieran valer.

En las nuevas mercedes que hizo, no respetó las que habian hecho sus antecesores, particularmente Francisco de Villagra, el cual, a lo que Hurta— do de Mendoza creia, no habia estado autorizado para dar encomiendas.

En sus concesiones, don García dió la preferencia a los que habian venido acompañándole del Perú sobre los que ya estaban en Chile, a pesar de que algunos de los últimos habian servido tanto como lo primeros, o mas que ellos.

l b(l) Suárez de Figueroa, Hechos de don Garcia Hurtado de Mendoza, i ro 1.°

Esta parcialidad orijínó naturalmente hablillas, murmuracioncs i manifestaciones de enojo.

Don García, que no sobresalia por la virtud de la paciencia, hizo venir a su aposento a muchos de los descontentos para declararles cara a cara “que estaba resuelto a dar de comer con lo mejor parado que hubiese a los que habia traído del Perú, porque él no sabía engañar a nadie; i que si a ellos los habian engañado Valdivia o Villagra, no dándoles lo que les hubiesen prometido o mereciesen, engañados se quedaran”.

Pero no fué esto lo peor.

Don García, arrebatado por la vehemencia que le era característica, no tuvo reparo en asentar, para ponderar los títulos de los que habian venido con él del Perú, i rebajar los de los venidos ántes, “que no habia cuatro de éstos a quienes se les conociera padre, i que eran hijos de putas”.

Se comprenderá fácilmente que esta injuria grosera ofendió en lo mas vivo a aquellos contra quie— nes fué lanzada.

Hurtado de Mendoza, queriendo manifestar de un modo bien serio a los éncomenderos que no pod.ían gozar de las encomiendas, sino con la precisa i forzosa condicion de defender la tierra, hizo pregonar a son de trompeta que todas las de la arruinada ciudad de Concepcion estaban vacantes, porque los dueños de ellas no habian rechazado a punta de lanza, como estababan obligados a hacerlo, a los indios que la habian asaltado i destruido.

I junto con esto, adjudicó las dichas encomiendas a los nuevos pobladores de la ciudad, que mandó reedificar.

Aquello fué considerado, no solo como un despojo, sino tambien, i mui principalmente, como una marca de infamia.

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