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y por el tono con que se había explicado en su informe, era muy digno de ser observado en todos sus pasos.

De la misma fecha 9 de setiembre, en que se me aseguraba no haber disposición alguna en la provincia para el más pequeño movimiento, recibí otro oficio (n.° 9) en que el Gefe Político me comunicó que el día 5 se había diseminado en San Salvador la voz de que yo había puesto en prisión al citado cura D. Matías Delgado, que esta noticia había inquietado al vecindario, formándose algunas reuniones de gente en las calles; pero que á la llegada del correo, convencida la absoluta falsedad del hecho, se había restablecido el sosiego.

Debía llamar seriamente mi atención una voz tan incierta, sospechosa por su relación con el cura Delgado, á quien el clamor de los Europeos honrados de San Salvador ha acusado siempre de cómplice en las conmociones anteriores, y digna de consideración, por que siendo frecuente, como es natural, la correspondencia del Gefe político con su familia residente en esta Ciudad, y viviendo con ella en una misma casa el Cura expresado, no podía derramarse semejante nueva sin ser desmentida al momento. Manifesté decisivamente al Gefe político, en oficio de 18 de setiembre (n.° 10), que tantas incidencias acreditaban ser imaginaria la paz de San Salvador y fidelidad de sus habitantes, ponderados aún en los impresos de España, que temía se calificase de debilidad del Gobierno lo que hasta entonces sólo había sido sistema de prudencia, que pensaba tomar medidas serias para arrancar del seno de aquella provincia á los que se complacían en perturbarla; pero que antes de acordar las más oportunas, quería que como Gefe inmediato, expectador ocular de los sucesos, me informase el plan más acertado para asegurar de una vez la tranquilidad pública.

Su contestación fué diversa de la que esperaba. Volvió á reiterarme en oficio de 25 de Septiembre (n.° 11) que no dudaba de la fidelidad del Pueblo de San Salvador, de su adhesión á la justa causa y odio á los franceses, que la incidencia del día 5 no era más que un movimiento irreflejo, equivocable entre el amor y el temor, y que no debía extrañarse, porque las circunstancias del cura Delgado le habían hecho amar de los hombres sensatos.

A vista de tan asertivo tono suspendí desde luego dictar providencias; pero el mes siguiente de Octubre tuve noticia privada, comunicada por varios conductos (n.os 12 y 13), de que en los Barrios de San Salvador se tomaba razón de los granos, previniendo se conservase cantidad de ellos para el mes de Noviembre próximo; que algunos sugetos juzgaban aparente la paz de aquella Ciudad, y que se trataba de dar opinión al Cabecilla Morelos, inventando felicidades en el plan inicuo de los insurgentes.

Todo lo cumuniqué al Gefe Político, expresándole para su mayor inteligencia en oficio de 18 de Octubre (n.° 14) que no eran anónimas estas noticias sino dadas por sugetos conocidos, y que por informes privados ó por medios prudentes y seguros hiciese inquisición de su origen y progresos para acordar con presencia de todo la más oportuna medida.

Tampoco en este nuevo incidente llegó el caso de dictar la correspondiente. El Gefe político, en carta de 24 de Octubre (n.° 15) me contestó que despreciase tales noticias, que la de acopio de granos había sido añadida con malísima y dañada intención, que los habitantes de San Salvador en todas sus clases estaban sumergidos en la más grosera ignorancia.

Dos meses después, en oficio de 31 de Diciembre (n.° 16), me escribió que para conocimiento de este Gobierno acompañaba la carta (n.° 17), que ya no hallaba cómo manejar las gentes de su provincia, que la subordinación estaba perdida, que los pueblos parecían academias cínicas, y que se disputaba y aplicaba con furor la constitución y Decretos Soberanos á una igualdad mal entendida, al apoyo de sus vicios y á la impunidad de los mayores delitos, atacando la autoridad con responsabilidades.

Una transformación tan repentina y extraordinaria, pueblos sumidos dos meses antes en la más estúpida ignorancia y convertidos de repente en academias ocupadas en disputas políticas, hombres buenos, sencillos y religiosos en Abril, hechos cínicos en Diciembre siguiente, eran fenómenos raros en lo político como en lo moral. Suspendí el juicio como dictaba la prudencia y conocí que para dirigir el de este Gobierno era preciso reunir noticias por diversos conductos.

Antes de recibirlas me hizo presente el Gefe político, en oficio de 9 de Enero del presente año de 14 (n.° 18), que las elecciones municipales habían sido celebradas en personas que le eran justamente sospechosas, nombrados electores un tal Mena, Campos, Chiquillo y otros de la misma clase, electo Alcalde constitucional D. Juan Manuel Rodríguez (el mismo que escribió al Cabecilla Moretos la carta citada), y las demás elecciones propias de semejantes electores; que se había visto obligado á mandarlas celebrar dos y tres ocasiones negando á unas y suspendiendo en otras la confirmación; que el Ayuntamiento constitucional había acordado en acta (n.° 19) representar, como lo hizo, que recogidas las armas del cuartel y cuerpo de voluntarios, se pusiesen en la sala de armas, donde por no haber guardia alguna quedaban á disposición del Pueblo; que era ya preciso hacer que se respetase la fuerza, por no considerar bastante la que tenía, principalmente careciendo de autoridad militar, y que nada era en su concepto tan conveniente como el absoluto disimulo y tolerancia hasta que el Gobierno se pusiese en estado respetable.

Recibí este oficio en el tiempo preciso en que trabajaba sobre el descubrimiento feliz de la conspiración maquinada en esta Capital. Tenía ya en prisión los agentes principales de tan inicuo plan, embargados los papeles y prevenida la conmonción á costa de cuidados y providencias tomadas desde el momento mismo en que tuve la primera denuncia. Cortado en parte el tronco de este árbol del mal, debían secarse las ramas en la misma proporción. Creí que la prisión de los inquietos de esta Ciudad desconcertaría á los de San Salvador. Tuve presentes las expreciones del oficio, relativas á que nada convenía tanto como el absoluto disimulo y tolerancia. Inferí de ellas que el peligro no era inminente, porque siéndolo, en vez de proponerse tal sistema se habría manifestado la necesidad de medidas enérgicas y ejecutivas. La fuerza existente en San Salvador del Escuadrón de milicias, bandera de reclutas y cuerpo de voluntarios, digno de confiansa por la misma aversión con que le miraban los inquietos, era en mi concepto bastante para contener el primer movimiento, y las milicias de los partidos de San Vicente, San Miguel y Santa Ana, inmediatos á San Salvador y constantes en su lealtad, debían ocurrir á la primera voz de haberse turbado el orden de aquella ciudad.

Respondí, consiguiente á este plan de raciocinios, en dos oficios distintos, fechados ambos á 18 de Enero (n.os 20 y 21); pero el uno público y el otro reservado, porque así lo exigía la naturaleza respectiva de los dos.

En el primero manifesté que debía hacerse entender al Ayuntamiento el desagrado con que había visto las expresiones poco decorosas que vertía contra los Voluntarios establecidos de mi orden para conservar la tranquilidad pública; que siendo un cuerpo económico era impropio de sus atribuciones mezclarse en el departamento militar que tiene sus Gefes respectivos, y que el mismo Gefe político, como comandante de las compañías de voluntarios, manifestase á los Capitanes, oficiales y demás individuos, la conducta que debían observar para mantener la estimación de que eran dignos por su voluntario servicio á la Nación.

En el segundo dije que la conspiración meditada en esta capital tenía sin duda ocultas ramificaciones en las provincias, y cortada felizmente por la vigilancia de este Gobierno era creíble que el espíritu revolucionario advertido en San Salvador menguase por precisa consecuencia; que no descansaba s1n embargo en esta sola esperanza; que por el contrario, si en época tan extraordinaria la misma justicia ó Alcaldes constitucionales, que debían ser auxiliares del Gobierno, era preciso que fuesen celados en sus operaciones, debía inferir la vigilancia suma necesaria en un Gefe de provincia para mantenerla en orden; que teniendo confianza, según indicaba, en el cuerpo de voluntarios, parecía oportuno que á más de entusiasmarlos con el fuero, les permitiese el uso de armas como lo juzgase conveniente; que por separado hacía al comandante de armas D. José Rosi las prevenciones oportunas para que patrullase, vigilase, diese aviso de todo al Gefe Político, procediese de acuerdo con él y obrase con la energía que exigiesen las circunstancias; que si no bastaban las medidas de prudencia que esperaba dictase y se abusaba por el contrario del sistema de generosa bondad seguido por este Gobierno en la conmoción anterior, tomaría providencias serias y usaría de todo el rigor militar en último recurso, por el estado pobrísimo á que veía reducido el Erario, y que convendría manifestar esta resolución del modo más propio para que su convencimiento produjese los efectos que me prometía.

El comandante Rosi, en vista de mis órdenes, le dió puntual cumplimiento, patrulló con la actividad que tiene muy acreditada, hizo algunos descubrimientos, penetrólas tramas y juntas de los inquietos, principalmente de los individuos del Ayuntamiento constitucional, dió parte de ellas al Gefe político el 22 de Enero, le manifestó que era preciso castigar á los alborotadores, porque suponían temor en el mismo Gefe político, y le hizo presente lo demás que expresa en su oficio (n.° 22) escrito el 24 de dicho mes á las diez de la mañana.

En la noche del mismo día 24 de Enero último fué la explosión, según el parte que se me dió (número 23), fechado á 25 siguiente. Los mismos Alcaldes constitucionales D. Juan Manuel Rodríguez y Pablo Castillo, que debían ser auxiliares del Gefe de la provincia, fueron los que reunidos con otros en la sacristía de la Iglesia Parroquial, mandaron tocar las campanas para poner en movimiento el Pueblo, preparado ya por su maligno influjo y el de los Padres Aguilares, los que libraron órdenes á los pueblos inmediatos para que no fuesen obedecidas las del Gefe político, los que despacharon emisarios para revolucionar, los que unidos con otros tan malos como ellos maquinaron é intentaron egecutar el plan de conmoción.

Felizmente la experiencia acreditó lo mismo que había pensado. La fuerza existente en San Salvador fué bastante para contener el primer impulso de inquietud. Amotinado el Pueblo en distintas reuniones apostadas en diversos puntos, una de ellas atacó á una patrulla de voluntarios: éstos se vieron comprometidos á hacer fuego, mataron dos, hirieron tres, y un ejemplo tan oportuno de valor, unido al respeto de la tropa restante, bastó para contener el primer empuje de la insurrección.

Los partidos inmediatos de San Vicente, San Miguel, S.'a Ana y otros que han seguido constantes en su sistema de paz, aprestaron al primer aviso la gente necesaria para ocurrir á la extinción del fuego. El coronel de milicias del

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