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procurado en sus escritos defender los derechos de su patria sobre las Américas. Ellos eran demasiado sábios para alegar en su favor el derecho de conquista, que es lo mismo que la fuerza; porque en tal caso se hubieran hecho el escarnio de toda la Europa, que tiene los ojos fijos sobre nuestra contienda. Por esto tomaron el único medio que podian, para hacer su defensa con mas visos de racionalidad, o menos escandalosa: este medio era recurrir al sofisma, que aunque no sea bastante para hacer buena una mala causa, al menos suele proporcionar los medios de salir del paso. El primero de estos escritores, hombre elocuente, astuto, i acérrimo defensor de su patria, confesó siempre que los gobiernos de España se habian empeñado en irritar a los americanos, i apurarles la paciencia: lo mismo dijo por la Junta Central, que por las Córtes i la Rejencia. Esta confesion, aunque en boca de un español sabio sea un gran documento en favor de la causa americana, no por eso nos era indispensable para asegurarmos de nuestra justicia; pues si un solo hombre justo hubiese sobre la tierra, i ese fuese nuestro mayor enemigo, ese mismo dejaría de ser tal, si no dijese que los americanos habian pecado de sufridos. Por este principio el Sr. Blanco no se atrevió a negar lo que ven hasta los ciegos, i sienten los mismos insensibles; pero quizo atarnos para siempre al carro español, que es peor que el carro de la muerte, persuadiéndonos, que no podiamos romper nuestras cadenas, i que por tanto solo debiamos esperar el consuelo por la piedad de nuestros inhumanos enemigos. Ciertamente nos daba un gran consejo, para que viviesemos eternamente sumerjidos en la esclavitud. ¿I por qué no aconsejaba lo mismo a los españoles sus

paisanos? ¿Por qué no les decia—es cierto que los franceses os destruyen, pero como ellos son mas fuertes que vosotros, solo debeis tratar de consiliacion? ¿Será creible que el Sr. Blanco sea mas amigo de ahorrar la sangre americana que la española? No sé lo que respondería a esta pregunta, pero creo que nada le queda que decir para probar su parcialidad por la España, despues de haber confesado en su número 28 del Español, que ha hecho por su patria mas que lo que el amor a la verdad le permitia. Sobre todo, este enemigo de nuestra causa no pudo sostener por mucho tiempo una defensa, que interiormente le argüia de injusto i de inconsecuente. Cedió como sábio a la fuerza de los argumentos hechos por un americano con tanta claridad i solidez, que viéndose en el compromiso de pasar por un loco, si persistía en su manía, o de confesar su delito a la faz del mundo, elijió el partido de acreditarse buen español a costa de la verdad i de la buena fe debida a los pobres americanos, que dice son los únicos que se muestran inclinados a oirle. Pobres Americanos. Hasta de vuestros amigos debeis desconfiar, si son europeos. No olvideis jamas esta leccion que os dan esos mismos hombres que solo trabajan por voso tros, que solo escriben para que vosotros leais. Es menester que ellos se comprometan tanto como vosotros, para que podais creer sin algun siniestro fin sus palabras i sus acciones. Demasiadas pruebas teneis de que el mayor número de los españoles, por ser fieles a su patria, no temen ser criminales para todo el jénero humano; o mejor diré, ningun derecho respetan para dominar a sus semejantes. D. Alvaro Flores Estrada, procurador jeneral de As

turias, que es el otro escritor contra nuestra revolucion, a pesar de haber apurado todo el artificio de una retórica sagaz, no pudo menos de caer en una contradiccion continuada desde el principio hasta el fin de su libro intitulado Ecámen imparcial de las disenciones de América con la España. Esta causa era de tal naturaleza, que solo podia hacerse favorable para los españoles, sepultándola en un perpetuo silencio; pero querer que la oratoria trastornase los hechos constantes a todo el universo, i anulase las razones mas sólidas i mas obvias para toda clase de jentes, fué confiar mucho del propio talento, o creer que el resto de los hombres perdiese el juicio con la lectura de un libro. He aquí el contenido del exámen imparcial. Este autor confiesa, que tenemos los americanos algunos motivos de queja; pero quiere sostener que estamos bien representados en las Córtes con el número de diputados que se nos ha señalado, i lo pretende fundar en que, no teniendo la América sino tres millones de hombres dignos de ser representados, tampoco debia tener mas representantes de los que correspondian a este número en razon de uno por cada 50,000. Dice, que los indios i los negros se hallan en un estado de incivilizacion, incapaces por ahora de poder hacer buen uso del derecho que se les concediese de ciudadanos. En esta asercion hai dos cosas mui dignas de un exámen imparcial: la primera es el cálculo de los tres millones solos, que asegura como si los hubiese contado: la otra es la incapacidad de los doce millones de hombres, que nos desecha con la misma facilidad que si fuesen sacos de arena. Sepa, pues, el Sr. Flores Estrada, que para convencernos en el cálculo de los tres millones, era necesario que nos dijese de donde habia sacado aquellos datos necesarios para formar su padron jeneral; i sepa tambien que en Asturias, su cara patria, hai muchísimos hombres, que si fuesen capaces de discernir los talentos, cambiarian de buena gana los suyos por los de nuestros indios, sin escojer mucho, i sin riezgo de equivocarse. Si solo a la ilustracion se debieran dar representantes, España seria desde luego el pueblo menos representado del mundo, segun la opinion de todos los sabios de Europa; pero si no se atiende a otra cosa que al conocimiento que tienen los hombres de sus derechos, es preciso convenir, en vista de la revolucion de América, en que los indios saben mui bien lo que les aprovecha i lo que les perjudica. - Otro de los mejores argumentos que se deducen de la obra del Sr. Flores, es el siguiente. La América como cualquier otro pueblo del mundo no. debe dudar que tiene la facultad de hacer en sus negocios políticos las variaciones que le convengan: ella no debe esperar, por lo visto hasta hoi, ventaja alguna de su union con la España: ella debe declararse independiente, si en esto estriva su felicidad; pero como esta opinion no es de todos los americanos, sino de algunos pocos, que piensan hacer su fortuna en medio de las revoluciones; i como seria una ingratitud abandonar a la madre patria en sus mayores apuros, es injusta su pretension en estas circunstancias: los americanos debian esperar a que la España saliese de sus angustias para emprender la obra de su independencia. Si este escritor hubiese creido que los americanos éramos mas bárbaros que los mismos otentotes, era preciso confesar que nos hablaba en el lenguaje mas a propósito a su intento. - Se le puede dispensar al Sr. Procurador de Asturias la siniestra apolojía que hace de los principios de nuestra revolucion: el carácter de español le disculpa de esta imputacion ridícula i miserable, principalmente cuando los hechos acreditan lo contrario. Todo se le puede pasar por celo de su nacion; pero la sandez que nos quiere hacer cometer, esperando a que la España se haga mas poderosa para salirle entónces con la bobería de la independencia, solo estaba buena para los muchachos de Asturias, que son un poco sencillos, o a lo menos, no tan maliciosos como los americanos. El parentezco político, tan sagrado, que cacarea, de la Madre patria con las hijas Américas, es una cosa que podia haber omitido, si queria escribir como un filósofo. Por este parentezco debian los españoles ser esclavos de todas aquellas naciones que dominaron desde el principio del mundo hasta el tiempo de los moros en la Peninsula; i seria cosa mui de verse un concurso de pretendientes tan inmenso, como el que formasen los que viniesen a alegar la maternidad de mejor derecho. La ingratitud que nos achaca, es tambien cosa mui orijinal, como si hubiésemos recibido de la España algunos beneficios, por los cuales estuvieramos obligados a sacrificarnos por su felicidad. El autor del exámen imparcial sabe, que el único vínculo que une entre sí a los pueblos i a las naciones es la conveniencia, que, como él ha dicho, es una lei de la naturaleza superior a cuantas pueden eacistir. Esta lei nos manda abandonar la compañía de un tirano, empeñado en recrecer cada vez mas nuestra servidumbre pesada i afrentosa: esta lei nos manda aprovechar los momentos favorables, en que podemos a menos costa romper nuestras prisiones: esta lei nos enseña a no darle al tirano las armas con que nos oprima: esta lei, finalmente, nos dice

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