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deres del pueblo. Él fué obra de cuatro amigos. Nosotros hicimos lo que entonces convenia. (*) El fué subscrito, pero sin libertad. Entonces se expuso al público en el consulado un cartel en que estaba la lista de los nuevos funcionarios, i este cartel fué suscrito por medio de la fuerza. Hablemos con libertad; esto me manda mi carácter, índole i empleo. No hubo eleccion libre, i si no hubo eleccion libre, se suscribió por temor. ¿Hasta cuando sostenemos en los dias, que apellidamos de libertad, unos procedimientos desusados i no conocidos en los mismos pueblos que llamamos esclavos? Convóquese al pueblo, i el gobierno dicte providencias, que son mui fáciles, para que elija sus gobernantes libremente, con buen órden i regularidad. Hágase la eleccion por votos secretos para que sea mas libre. La capital dá el tono a las provincias; ellas aplaudirán esta señal deseada de libertad, se harán cargo de la premura del tiempo i aprobarán una medida indispensable i provisoria hasta el próximo congreso. La presencia del enemigo, la evidencia de los riezgos que por todas partes nos rodean, impondrá silencio a las pasiones, i abrirá los ojos de los electores para que pongan hombres exelentes a la frente de los negocios públicos. Todos saben que la salvacion de la patria depende de las manos a quienes se confie el timon del estado. Traed a la memoria cuanto he dicho en un discurso, que está en los últimos Monitores acerca de la oportunidad de las circunstancias presentes para reunirnos, vivificarnos i organizarnos en un estado regular. La guerra es saludable a las repúblicas. La guerra hace pensar con virtud i cordura a los estados nacientes. Teneis el

(*) El reglamento provisorio fué obra del Sr. Henriquez—El Editor.

ejemplo en la Holanda, i mas cerca en los Estados Unidos que formaron su constitucion estando invadidos de poderosos ejércitos. Reanimad el patriotismo, entusiasmad al pueblo; esto es fácil, en dándole una influencia indirecta en los grandes asuntos por medio de la eleccion libre de sus gobernantes.

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MANIFIESTO QUE HACE A LOS PUEBLOS EL COMANDANTE JENERAL DE ARTILLERIA.

Sábado 23 de Octubre.

s puede presentarse a los hombres de bien un dia de mayor gloria, que aquel en que poniendo de manifiesto el cuadro de sus acciones, van a ser juzgados por un pueblo imparcial, que al paso que ama la virtud, detesta i aborrece la iniquidad. Nada es mas corriente en las revoluciones, que la desunion, porque nunca faltan ánimos prevenidos que solo se conducen por intereses particulares. Esta clase de enemigos, aunque no puede influir con el ejemplo, por que sus máximas son detestables, se aprovecha de ciertas libertades para desplegar sin reboso sentimientos, que alguna vez pusieron a sus compatriotas en el borde del precipicio, sin dejarles otra cosa, que la memoria de no haber conocido en tiempo sus miras ambiciosas. Es cosa bien fácil escribir virtudes, pero no lo es practicarlas, i a los que no reconocen otra lei que la de su propia conveniencia, poco o mada les importa el bien comun, i les seria de gran satisfaccion el logro de sus ideas, aunque fuese a costa del sacrificio de sus mismos conciudadanos. Se hace preciso recorrer aunque lijeramente los sucesos mas memorables del reino desde la instalacion de su primera Junta, para asegurar a la faz de todo el mundo, que en los defensores de la patria nada ha podido el vil interes, con que hoi se pretende mancillar su opinion de un modo degradante i desconocido para hombres que empiezan a conocer los sagrados derechos de su libertad. ¿I qué aprecio podemos esperar de las naciones cultas, i de nuestros propios hermanos, cuando vean ensuciar las prensas con personalidades ridículas, que solo pueden concitar la desunion i decadencia del sistema? ¿No seremos justamente el oprobio, i el blanco de las iras de aquellos, que trabajando sériamente por su libertad, ven en nosotros una frialdad suma, cuando todavia está levantada la segur de la tiranía, para remachar de nuevo los grillos de nuestra opresion? Compatriotas conozcamos el estado actual de nuestra situacion, i él solo podrá decidir la justicia, o injusticia de los procedimientos de vuestros defensores. Desde el momento que el reino de Chile conociendo sus imprescriptibles derechos, procuró derribar el edificio del antiguo despotismo, los Carreras fueron los primeros que tomaron el mayor interes en la revolucion, i cuando el 1.o de Abril de 1811 el partido de los realistas hizo los últimos esfuerzos para restablecer su primitivo gobierno, mi hermano D. Juan José, sarjento mayor del batallon de granaderos, se presentó en la plaza con una corta division, i ella sola fué suficiente, para rechazar al enemigo i salvar la patria en sus primeros conflictos. ()

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(*) Sin perjuicio del mérito contraido en aquella jornada por D. Jnan José Carrera debemos advertir que el mando de la division no lo tuvo él, sino el benemérito comandante de granaderos D. José Santiago Luco.—El Editor.

Nos mantuvimos entonces en los deberes de ciudadanos armados, hasta que por D. Joaquin Larrain, D. Francisco Antonio Perez, D. Manuel Salas, i otros sujetos de representacion se nos expuso el peligro en que se hallaba la patria por las facciones del congreso, asegurándonos, que el pueblo clamaba por un gobierno enérjico que afianzase con sus providencias la seguridad pública: dimos ascenso, i el 4 de Setiembre a las doce del dia tomamos el parque de artillería con 70 granaderos, i en la tarde, reunida la fuerza, marchamos a la plaza para sostener los justos reclamos de los verdaderos patriotas, i cuando esperábamos encontrar un númeroso pueblo, solo divisamos de 50 a 60 hombres, que nos ratificaron del engaño, con que nos habian sorprendido por sus miras particulares. Retroceder en este momento hubiera sido dar toda la preponderancia al partido de los realistas, que siendo considerable, tenia al mismo tiempo parte en la fuerza. Por necesidad tuvimos que seguir el plan convinado con estos hombres, sin manifestar el menor inte— res, dejándoles colocar a su arbitrio en el congreso al presbítero D. Joaquin Larrain, i D. Cárlos Correa; i en el poder ejecutivo a D. Juan Enrique Rosales, D. Juan Mackenna, D. Juan Rosas, i D. Gaspar Marin.

Afianzados con el gobierno, empezaron a desplegar por todas partes la ambicion i el espíritu de partido; i no contentos en presidir los tres cuerpos mas respetables del reino, teniendo a su disposicion mucha parte de la fuerza, trató el congreso de dar preponderancia a la Junta de Concepcion, permitiendo pudiese dar empleos hasta la clase de coroneles, negando esta facultad a la de Santiago, que se reputaba por la suprema de todo el reino. Resentidos justamente muchos patriotas de la capital

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nos expusieron en diversas ocasiones, que la provincia de Concepcion tenia sus diputados en el congreso jene— ral, i que siendo sostenida por la de Santiago, no debia tener mayores privilejios que esta; i por último que nosotros como autores de semejantes males, deberiamos en todos tiempos responder al estado de las desgracias, que sucediesen por esta causa. Este nuevo acontecimiento nos obligó a representar a la superioridad en los términos expuestos; i sin mas causa, trataron de sorprendernos, i para consultar nuestra seguridad personal tuvimos que poner sobre las armas el pabellon de granaderos, i tomar el cuartel de artilleria el 15 de Noviembre de 1811, de donde intimamos a los demas cuerpos de la capital no hiciesen movimiento alguno. Al siguiente dia reunido el pueblo en la plaza, nombró a mi hermano D. José Miguel de vocal del poder ejecutivo; dió el grado de brigadier a D. Juan José, i a mí el de teniente coronel, i comandante de artillería, quedando el congreso i el ejecutivo en el ejercicio de todas sus facultades. Cuando parecia estar todo quieto i tranquilo, entonces trabajaban con mas eficacia para acabar nuestras vidas, i creyeron poderlo ejecutar en la misma sala del congreso, como lo hubieran realizado, a no estar prevenidos por ciertas sospechas, o indicios que precedieron. A pocos dias de este suceso, nos dieron aviso que el 27 de Noviembre en la noche pensaban asesinarnos al regresar de nuestras tertulias. Con esta noticia tomamos prontamente los caballos, dirijiéndonos al punto donde nos esperaban, i en el camino sorprendimos a dos de ellos con las armas en la manos, de allí los pasamos a la cárcel, se les tomaron sus confesiones, i substanciada la causa, resultaron cómplices los que el pueblo no ignora, como

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