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que en seguida resistia los empleados que enviaba la Rejencia, sin tener que contestar a las reconvenciones del marquez de Casa Irujo, para que fuesen admitidos como nombrados por una autoridad reconocida por superior. Este mismo obstáculo salió al encuentro contra los que se empeñaban en el castigo de los que criticaban la conducta del gobierno chileno, i principios que proclamaba. En una palabra, obrar como independiente el que confiesa no serlo, e intentar que no se le mire como insurjente, era una idea monstruosa i contradictoria. Así es, que de hecho se han ido produciendo declaraciones anulatorias de esos actos opuestos: i aunque la conservacion del nombre de Fernando i su proclamacion de rei de Chile se hallan en el último reglamento constitucional, sus banderas i escudos de armas se han abatido a las de la patria, victoriosas del último furor de los ajentes del antiguo despotismo: imientras en unos papeles comparecemos con el carácter de vasallos, en otros somos tan soberanos como debemos serlo por las reglas eternas de la naturaleza i de la política, i por el órden mismo de los acontecimientos de España i América. ¿Qué remedio, pues, para desnudarnos este vestido andrajoso i remendado de liberalidad i cobardía, de valor i degradacion, de luz i de tinieblas, i en fin, de mil retazos de colores opuestos? Es mui fácil reformarlo todo. ¿Qué fuerza tiene la cláusula de reconocimiento de la Rejencia? La misma que cualquiera accion de un procurador sin poderes. El cabildo de Chile no los habia recibido del pueblo para semejante acto: él no era su representante: ni cuando se le respetase bajo de ese aspecto, podia ejercer voz alguna a presencia del representado, de consiguiente aquel reconocimiento fué tan nulo de derecho, como despues se le ha mirado de hecho. ¿I qué obstáculo se presenta para indemnisar con fundamentos tan sólidos nuestra conducta tachada justamente con la nota de inconsecuencias documentales? Manifiéstese la nulidad de los documentos, i esta injenuidad noble i debida a la circunspeccion i buena fé, nos libertará del rubor i remordimientos que trae consigo la falacia, el artificio, o el crímen; pues de tal se calificará a la disancia ese silencio hipócrita, a cuya sombra están en contradiccion las palabras con las operaciones. Esta debe ser la obra del honor: toca al gobierno ponerla en ejecucion: i basta una plana de papel para una circular. (") Pero ¿cómo inserta tambien en ella el artículo 3.o del Reglamento Constitucional de Chile, Su Rey es Fernando VII. ? ¡Ah pueblos de América! Si los hombres de luces que dirijieron vuestros primeros movimientos hubiesen hablado en el principio con aquel lenguaje victorioso de la verdad, los enemigos que despues nos han hecho la guerra bajo de ese nombre quimérico con que una errada política pensó evitarla; o no se habrian atrevido a levantar el grito de rebelion con que aturden a nuestros propios hermanos, o solo hubieran esforzado la elocuencia i la política para buscar nuestra amistad, i aprovechar en ella los recursos que en el dia empleamos en defendernos sin dejar de sacrificar la sangre de mil víctimas que nos acompañarian en cantar himnos pacíficos a la libertad. Pero cuando los peninsulares se disponian a oir con gusto i conformidad el idioma de los derechos que la naturaleza, la fllosofía, la Política; i las mismas le(*) Esta misma táctica se notó en la revolucion de todos los pueblos americanos, i corresponde a Chile el honor de haber sido el primero en adoptar una yes españolas daban a los pueblos de América por el cautiverio del rei: cuando en todos sus papeles al principio de la revolucion procuraban lisonjearnos, anticipándose a este anuncio tan feliz para nosotros, como delicado para la antigua preponderancia europea, llegó a sus oídos el éco lánguido, trémulo, i quebrado entre la independencia apetecida i la servidumbre que no nos atrevimos a renunciar. Llegaron bellas apolojías de los motivos que justificaban el establecimiento de nuestros nuevos gobiernos; pero siendo igualmente poderosos para fundar nuestra absoluta emancipacion, se hacian recaer con la mas violenta inconsecuencia de principios sobre la obediencia de un rei sin reino. Los españoles entonces se erijieron en sacerdotes de los manes que ídolatrábamos, e intentaron soberbios que recibiésemos en nombre de Fernando los oráculos de perpetua esclavitud que quisiesen enviarnos en el mismo nombre vano del cautivo de Napoleon. Ellos conocian como nosotros la impotencia i nulidad de este monarca de memoria; pero era mayor nuestra debilidad; i cuando Chile estaba en la época de hacer su suerte, la dejó pendiente del soberano arbitrio de la sombra, que vuelve a jurar por rei en el célebre Estatuto. ¿Cuál es el valor de este código? El que no ha em. barazado de derogarlo siempre que se ha creido conveniente. Ya se ve, el reglamento fué provisorio: se ignora la sancion de los pueblos que el mismo exije: el sistema de la capital es individuo con los demas del estado: la sus— cripcion de un momento a nadie impone obligaciones que eternamente liguen la yoluntad inalienable: el artículo 8.o faculta al Senado i Gobierno para alterar el Regla

conducta franca i liberal. La comprobacion de lo que decimos se encuentra en este mismo escrito, i otros que dejamos citados.—El Editor.

mento: por último, ninguna regla constitucional abraza condiciones degradantes al honor del estado, ni casos imposibles, i tal es el reinado de un hombre civilmente muerto, i que acaso ni aun físicamente existia, cuando se escribió su nombre, o cuando el gobierno encabezaba con él los pasaportes. De repente ha desaparecido, i con razon: pero habiéndolo por olvidado, es de necesidad que tambien se olvide ese estatuto que no nos ha salvado de las furias que el Fernando de Lima descar— ga sobre el Fernando de Chile. Que farsa tan indeCente ! Son incalculables los daños que ella ha inferido a la causa de la patria. Pusimos en manos de nuestros rivales el cuchillo para asesinarnos como a insurjentes. Mil eclesiásticos abanderizados tratan este negocio en el confesonario impenetrable como punto de relijion: califican de alzados a los patriotas: la incertidumbre extiende su imperio: el espíritu público decae, i la palabra inútil de un rei ineacistente, (dictada por el bajo miedo, i aceptada por la condescendencia irreflexiva, ) coloca al estado en situacion de que le insulten hasta los mismos frailes de Chillan. Fuera embustes: sino queremos alucinar a los de casa, tampoco estamos en aptitud de engañar a los estraños; sin declarar solemnemente nuestra independencia, infinitas veces hemos dicho, que ella es el único término de nuestra revolucion. Esto basta para que el mundo entero suelte la carcajada, cuantas ocasiones lea en el Estatuto el nombre de Fernando. ¿A que, pues, conservarlo, si solo conduce a aumentar nuestros males, hacer criminosas nuestras obras, implicar nuestras providencias, servir de apoyo a los debiles, fortificar la opinion de los enemigos, i dar un colorido de justicia a sus hostilidades? Los romanos quitaron del consulado a Lucio Colatino, porque se apellidaba Tarquino, i acababan de expulsar a los déspotas de ese nombre. El de Fernando para la América es mas ominoso i sangriento. Ella aspira a su independencia, con la cual es inconsiliable aquel fantasma. Empéñese en disponer el camino, imitando las medidas de los pueblos sábios i virtuosos, que insensiblemente lo hallará todo dispuesto cuando sea el tiempo de tremolar el estandarte de la absoluta libertad: este tiempo será cuando nada reste que hacer para sostenerla con dignidad i permanencia. Yo no cesaré de clamar, hasta que la independencia desde el sublime trono de la sabiduria enseñe a mis suspiros que ya se acabó la necesidad de preguntar con Claudiano:

¿ Quem, praecor, inter nos habitura silentia finem ? Zavez/%ooa a 96.4 naán, ( )

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hemos visto en los anteriores escritos la contradiccion de los principios con el sistema de nuestros gobiernos, la justicia de nuestra causa, i la necesidad de declararnos independientes. Ahora resta, que examinemos detenidamente los males o los bienes, que nos puede traer una mudanza de conducta. Para esto debemos consultar los principios de la política, que es la

(*) Anagrama del Sr. D. Bernardo Vera i Pintado—El Editor.

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