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yes españolas daban a los pueblos de América por el cautiverio del rei: cuando en todos sus papeles al principio de la revolucion procuraban lisonjearnos, anticipándose a este anuncio tan feliz para nosotros, como delicado para la antigua preponderancia europea, llegó a sus oídos el éco lánguido, trémulo, i quebrado entre la independencia apetecida i la servidumbre que no nos atrevimos a renunciar. Llegaron bellas apolojías de los motivos que justificaban el establecimiento de nuestros nuevos gobiernos; pero siendo igualmente poderosos para fundar nuestra absoluta emancipacion, se hacian recaer con la mas violenta inconsecuencia de principios sobre la obediencia de un rei sin reino. Los españoles entonces se erijieron en sacerdotes de los manes que idolatrábamos, e intentaron soberbios que recibiésemos en nombre de Fernando los oráculos de perpetua esclavitud que quisiesen enviarnos en el mismo nombre vano del cautivo de Napoleon. Ellos conocian como nosotros la impotencia i nulidad de este monarca de memoria; pero era mayor nuestra debilidad; i cuando Chile estaba en la época de hacer su suerte, la dejó pendiente del soberano arbitrio de la sombra, que vuelve a jurar por rei en el célebre Estatuto.

¿Cuál es el valor de este código? El que no ha em barazado de derogarlo siempre que se ha creido conveniente. Ya se ve, el reglamento fué provisorio: se ignora la sancion de los pueblos que el mismo exije: el sistema de la capital es individuo con los demas del estado: la suscripcion de un momento a nadie impone obligaciones que eternamente liguen la voluntad inalienable: el artículo 8.° faculta al Senado i Gobierno para alterar el Reglamento: por último, ninguna regla constitucional abraza

condiciones degradantes al honor del estado, ni casos imposibles, i tal es el reinado de un hombre civilmente muerto, i que acaso ni aun físicamente existia, cuando se escribió su nombre, o cuando el gobierno encabezaba con él los pasaportes. De repente ha desaparecido, i con razon : pero habiéndolo por olvidado, es de necesidad que tambien se olvide ese estatuto que no nos ha salvado de las furias que el Fernando de Lima descarga sobre el Fernando de Chile. Que farza tan inde. cente!

Son incalculables los daños que ella ha inferido a la causa de la patria. Pusimos en manos de nuestros rivales el cuchillo para asesinarnos como a insurjentes. Mil eclesiásticos abanderizados tratan este negocio en el confesonario impenetrable como punto de relijion : califican de alzados a los patriotas: la incertidumbre extiende su imperio : el espíritu público decae, i la palabra inútil de un rei inexistente , (dictada por el bajo miedo, i aceptada por la condescendencia irreflexiva,) coloca al estado en situacion de que le insulten hasta los mismos frailes de Chillan. Fuera embustes : sino queremos alucinar a los de casa, tampoco estamos en aptitud de engañar a los estraños; sin declarar solemnemente nuestra independencia, infinitas veces hemos dicho, que ella es el único término de nuestra revolucion. Esto basta para que el mundo entero suelte la carcajada, cuantas ocasiones lea en el Estatuto el nombre de Fernando. ¿ A que, pues, conservarlo, si solo conduce a aumentar nuestros males, hacer criminosas nuestras obras, implicar nuestras providencias, servir de apoyo a los debiles, fortificar la opinion de los enemigos, i dar un colorido de justicia a sus hostilidades? Los romanos quitaron del consulado a Lucio Colatino, porque se apellidaba Tarquino, i acababan de expulsar a los déspotas de ese nombre. El de Fernando para la América es mas ominoso i sangriento. Ella aspira a su independencia, con la cual es inconsiliable aquel fantasma. Empeñese en disponer el camino, imitando las medidas de los pueblos sábios i virtuosos, que insensiblemente lo hallará todo dispuesto cuando sea el tiempo de tremolar el estandarte de la absoluta libertad : este tiempo será cuando nada reste que hacer para sostenerla con dignidad i permanencia. Yo no cesaré de clamar, hasta que la independencia desde el sublime trono de la sabiduria enseñe a mis suspiros que ya se acabó la necesidad de preguntar con Claudiano:

¿ Quem, præcor , inter nos habitura silentia finem? "

David Parra i Bedernoton. (*)

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SOBRE LAS CONSECUENCIAS QUE DEBE TRAERNOS LA INDE

PENDENCIA

Sábado 4 de Setiembre.

W A hemos visto en los anteriores escritos la contra

diccion de los principios con el sistema de nuestros gobiernos, la justicia de nuestra causa, i la necesidad de declararnos independientes. Ahora resta, que examinemos detenidamente los males o los bienes, que nos puede traer una mudanza de conducta. Para esto debemos consultar los principios de la política, que es la

(*) Anagrama del Sr. D. Bernardo Vera i Pintado.—El Editor.

ciencia de los gobiernos, sin la cual es imposible dirijir con acierto los graves negocios de los pueblos.

La política no es, como algunos piensan, el arte de . engañar a los hombres con máximas oscuras i sútiles. Si tal fuese, los políticos no serian otra cosa que unos hombres despreciables, del gremio de los pícaros, a quienes toda la sociedad deberia declarar una guerra implacable. Por el contrario, la política es la ciencia nobilísima, que enseña a conocer los verdaderos intereses de los pueblos: ella fija los principios de conveniencia, de seguridad i de prudencia, con que deben manejarse los negocios del estado, ella dá las luces necesarias para sacar buen partido hasta de los mismos inconvenientes que chocan con el objeto de sus planes: finalmente ella dispone de tal suerte los resortes complicados de un estado, que puedan manejarse con la misma facilidad que una máquina la mas sencilla. Estos principios, aunque a primera vista parezcan reservados a los talentos mas sublimes, i aunque se haya querido hacerlos mui oscuros, no lo son, sino para aquellos hombres que se han conformado con una vida ignorante i desidiosa. Ellos pueden proponerse con tanta claridad, que no haya un racional que deje de conocerlos: mas como, por desgracia del jénero humano, el egoismo se introdujo hasta en las materias literarias, los hombres ilustrados han querido hacer oscuro i misterioso aquello mismo que todos traemos entre manos.

El célebre Colbert causó males incalculables a la Francia, por haber creido que su política era desconocida de todos los mortales. Él tendia lazos en que cayesen los ministros extranjeros: pretendia sorberse en Francia las riquezas de toda la Europa, i aun de todo el mundo;

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pero no bastó todo el misterio, de que quizo revestir sus proyectos, para impedir que la Inglaterra recibiese todo el fruto de los afanes que el tenia por la Francia. De la misma suerte que se engañó este célebre político, se engañaron tambien todos aquellos que quisieron manejar los negocios de sus estados por las reglas de la rateria, de la mezquindad, i del engaño. Esta verdad se haria demostrable a todos mis lectores, si mi paciencia i la extension de este escrito, me diesen lugar para escribir la historia de los errores políticos mas frecuentes en los gabinetes de Europa. Baste por ahora decir, que todas aquellas naciones que en un tiempo fueron ricas i poderosas, i hoi se ven confundidas entre el número de las miserables, solo perdieron su importancia, porque sus errores políticos las desviaban de su verdadero interes a proporcion que hacian mas empeño por alcanzarlo. Todos estos errores son los hijos lejítimos del misterio i de la oscuridad, que se han robado el nombre de la política. Huya, pues, la América de este escollo, en que tantos paises perecieron : abomine de ese aparato terrible de la mala fé, disfrazada con el nombre de la ciencia mas noble i mas útil para los pueblos. Conozca, que cuando todos los hombres van de comun acuerdo a buscar su provecho, no puede haber mayor engaño, que pensar en engañarlos; lo cual, aunque de pronto se consiga, no puede durar mucho, porque naturalmente la verdad ha de disipar las sombras del error. Tienda la vista sobre lo futuro, i no se ciña miserablemente al instante que tiene a los ojos, el que pasado, le presenta un nuevo aspecto, que le sorprenderá, sino lo tiene prevenido. Obre con resolucion, i tema mas la apatía, que le hace perder los momentos mas preciosos, que las consecuencias de sus delibera

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