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ciencia de los gobiernos, sin la cual es imposible dirijir con acierto los graves negocios de los pueblos. La política no es, como algunos piensan, el arte de engañar a los hombres con máximas oscuras i sútiles. Si tal fuese, los políticos no serian otra cosa que unos hombres despreciables, del gremio de los pícaros, a quienes toda la sociedad deberia declarar una guerra implaeable. Por el contrario, la política es la ciencia nobilísima, que enseña a conocer los verdaderos intereses de los pueblos: ella fija los principios de conveniencia, de seguridad i de prudencia, con que deben manejarse los negocios del estado, ella dá las luces necesarias para sacar buen partido hasta de los mismos inconvenientes que chocan con el objeto de sus planes: finalmente ella dispone de tal suerte los resortes complicados de un estado, que puedan manejarse con la misma facilidad que una máquina la mas sencilla. Estos principios, aunque a primera vista parezcan reservados a los talentos mas sublimes, i aunque se haya querido hacerlos mui oscuros, no lo son, sino para aquellos hombres que se han conformado con una vida ignorante i desidiosa. Ellos pueden proponerse con tanta claridad, que no haya un racional que deje de conocerlos: mas como, por desgracia del jénero humano, el egoismo se introdujo hasta en las materias literarias, los hombres ilustrados han querido hacer oscuro i misterioso aquello mismo que todos traemOS entre manOS. El célebre Colbert causó males incalculables a la Francia, por haber creido que su política era desconocida de todos los mortales. Él tendia lazos en que cayesen los ministros extranjeros: pretendia sorberse en Francia las riquezas de toda la Europa, i aun de todo el mundo;

pero no bastó todo el misterio, de que quizo revestir sus proyectos, para impedir que la Inglaterra recibiese todo el fruto de los afanes que el tenia por la Francia. De la misma suerte que se engañó este célebre político, se engañaron tambien todos aquellos que quisieron manejar los negocios de sus estados por las reglas de la rateria, de la mezquindad, i del engaño. Esta verdad se haria demostrable a todos mis lectores, si mi paciencia i la extension de este escrito, me diesen lugar para escribir la historia de los errores políticos mas frecuentes en los gabinetes de Europa. Baste por ahora decir, que todas aquellas naciones que en un tiempo fueron ricas i poderosas, i hoi se ven confundidas entre el número de las miserables, solo perdieron su importancia, porque sus errores políticos las desviaban de su verdadero interes a proporcion que hacian mas empeño por alcanzarlo. Todos estos errores son los hijos lejítimos del misterio i de la oscuridad, que se han robado el nombre de la política. Huya, pues, la América de este escollo, en que tantos paises perecieron: abomine de ese aparato terrible de la mala fé, disfrazada con el nombre de la ciencia mas noble i mas útil para los pueblos. Conozca, que cuando todos los hombres van de comun acuerdo a buscar su provecho, no puede haber mayor engaño, que pensar en engañarlos; lo cual, aunque de pronto se consiga, no puede durar mucho, porque naturalmente la verdad ha de disipar las sombras del error. Tienda la vista sobre lo futuro, i no se ciña miserablemente al instante que tiene a los ojos, el que pasado, le presenta un nuevo aspecto, que le sorprenderá, sino lo tiene prevenido. Obre con resolucion, i tema mas la apatía, que le hace perder los momentos mas preciosos, que las consecuencias de sus deliberaciones, que puede arreglar al modelo mismo de la prudencia.

Cualquiera hombre que piense, conocerá que las Américas bajo el dominio español jamas pueden gozar de la libertad civil, ni menos adelantarán un paso en su felicidad. Para convencerse de esta verdad, no es necesario encanecer sobre los libros, ni apurar el entendimiento con cálculos prolijos: basta conocer cual es, i cual ha sido hasta hoi, la conducta que observan las metrópolis con sus colonias. Considerados los colonos como unos hombres sujetos por la fuerza, se les hace servir al engrandecimiento de la nacion que les domina, i se les separan contínuamente todas aquellas cosas, que algun dia pudieran darles una consideracion funesta a sus dominadores. Los ejipcios, los griegos, i los romanos en los tiempos mas remotos; los franceses, los ingleses, los holandeses, los portugueses, i todos los que en sus diversas épocas se han señalado en la historia por su poder i sus conquistas, todos han seguido una misma conducta de opresion i de rapiña sobre sus miserables colonias. Los españoles no podian ser mas jenerosos que los otros opresores del jénero humano, porque para serlo, era necesario, que no hubiesen emprendido sus conquistas, o las hubiesen abandonado cuando conociesen su injusticia. Asi es que no puede darse un absurdo mas clásico, que el de pretender, que la España conquistadora conceda a sus colonias de América unos derechos, que no pueden serle favorables; pues cuando una impotencia absoluta le hiciese por un momcnto alijerarnos el yugo, esto no duraria mas, que lo que ella tardase en recobrar su poder. ¿Quién será aquel hombre, que desconozca estas verdades? Aunque haga todo el esfuerzo posible para engañarse, primero se convencerá de su mala fé, o de su necedad, que de la existencia de los principios, en que pretende fundar su engaño. La España no puede suplir la falta que tiene de artes, de industria, i de comercio, sino por medio del monopólio que hace en las Américas. Esto está bien demostrado en las representaciones del Consulado de Cádiz a las Córtes, en que se hace ver, que la concesion del comercio libre a las Américas seria la ruina de la Península. No necesitabamos que aquel Consulado fuese tan franco, o tan

descarado, para conocer que los españoles estan persua

didos de que su felicidad solo puede salir de la esclavitud de los americanos; ni era necesario que las Cortes hubiesen atendido a las verdades de los monopolistas, para conocer que las palabras de igualdad i libertad no eran otra cosa, que carnadas con que se nos cubría el anzuelo. Estos hechos solo sirven para desengañar a los que no hacen caso sino de ejemplares de bulto; pues para los pensadores eran unas consecuencias que ya tenian mui previstas. La misma mezquindad con que se han portado con nosotros los españoles, cuando sus apuros los tenian al borde de su ruina, es la última muestra, que tienen los mas rudos americanos de lo que deben esperar de la metrópoli. Por donde quiera que se mire nuestra situacion, no presenta mas remedio que la absoluta independencia, procurada por los medios que nos dicte la razon i la política. Estos medios son los que por ahora exijen nuestra consideracion i nuestro exámen. La debilidad no puede conducirnos al término que necesitamos, porque se compone mal con la grandeza de nuestra empresa. El temor i la irresolucion son tan contrarios como la debilidad; para alcanzar un fin todo su

blime i todo heróico. La simulacion, i el artificio son lo mismo que la cobardia i el engaño. Nada hai pues que conduzca a nuestro objeto, sino la franqueza, la enerjía, la constancia i el valor. Con la franqueza haremos ver a nuestros enemigos i a todos los demas hombres, que el conocimiento de nuestros derechos nos mueve a buscar la felicidad, sin ocurrir al auxilio de las trazas miserables de la impotencia, tan conocidas en el mundo, cuanto no pueden ser disimuladas. La enerjía nos conducirá por en medio de los mismos peligros, con la seguridad que inspira el desprecio de los obstáculos, i la decision a vencer, o morir. La constancia sabrá hacer que pasemos por sobre los reveces de la suerte, i las continjencias de la guerra inevitable, haciéndonos superiores a todas las desgracias, i dignos de alcanzar el fin que solicitamos. El valor nos hará conocer, que nada aventuramos con la independencia, porque bastante mérito hemos dado ya para ser reputados por rebeldes; i poniendo toda nuestra seguridad en la suerte de las armas, llevaremos la victoria dependiente de nuestras hazañas. Todas estas cosas nos harán aprovechar los momentos, tomar todas las medidas de defensa, i encender de una vez el entusiasmo militar, que es el que solo nos puede salvar de los peligros. Léjos de nosotros esta miserable conducta que observamos, i que nos lleva a pasos largos a la ruina del sistema que solo puede consolidarse con la guerra. ¿Esperamos acaso a que la España nos vuelva a dominar, creyendo, que por lo que hemos hecho, seremostratados con mas consideracion que anteriormente? ¿Tememos que la declaracion de la independencia ponga de peor estado nuestros negocios políticos? No creo que haya un hombre de bien, que piense en tales desatinos,

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