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pero por si lo hubiese, que haga las siguientes reflexiones. La opresion de las colonias, como dice un escritor, es la primera medida de seguridad, que deben tomar las naciones conquistadoras; porque asi como para ser co. lonias es necesario que los paises se mantengan sujetos, asi tambien para sujetar es necesario oprimir. Por este principio debe la metrópoli empeñarse mas en la opresion de las colonias, cuando estas hayan acreditado su deseo de sacudir el yugo que les oprime. La España ha visto que la libertad ha desplegado sus alas en América; que todo cuanto hacen hoi los americanos es dirijido a su independencia; i que si no muestran sus ideas con toda claridad, solo es, i solo puede ser, por el temor de las consecuencias, que nos pronostican la debilidad que adquirimos en la esclavitud. ¿No es mui regular, que si volvemos a admitir el gobierno español, se nos procure poner en situacion de que no podamos otro dia tener ni los alientos que hemos tenido ahora? Debemos confesar, que si no lo hiciese asi, cometeria el mayor absurdo contra sus intereses; pero estariamos entonces mui léjos de hacer semejante confesion, porque ya se guardaria de darnos el motivo. Es visto, pues, que nada perdemos con declarar la independencia, porque los males que nos pudiera traer esta, no pueden ser otros, que una opresion mayor que la pasada, i la misma que debemos esperar racionalmente por consecuencia de lo que ya tenemos hecho. Mui distante de producirnos males la variacion de nuestra presente conducta, solo debemos creer, que nos proporcionará el único bieñ que podemos recibir. Solo la independencia es capaz de ponernos a cubierto de las

dobles cadenas que nos amenazan, i solo podemos empezar a contar los dias de nuestra felicidad desde aquel en que rompamos los funestos lazos que nos atan al despotismo español. Ya hemos visto que todo el tiempo que permanezcamos en nuestro actual estado, es una pérdida irreparable que sufre nuestra libertad, i que por un solo momento que desperdiciemos, nos haremos responsables a nuestros descendientes por la ruina quizá de nuestro sistema. Manos a la obra, que la suerte solo proteje las acciones en que van de acuerdo la enerjia, la justicia, el valor, i la prudencia.

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3 los hombres fuésemos inclinados a pensar sobre todas las cosas, el error anduviera mui distante de nuestras ideas; pero como por desgracia, nada nos ocupa menos, que el deseo de ilustrar nuestra razon, admitimos como verdades inconcusas los absurdos mas groseros i mas perjudiciales. La idea que adquirimos de la monarquía los que hemos sido educados bajo su influencia, es una de las mas absurdas que pudieron penetrar los entendimientos esclavizados. Se nos quizo persuadir cuanto convenia al despotismo, i nosotros, sin pensar en lo que se nos decia, tardamos menos en admitirlo, que lo que tardó la malicia en proponerlo. Es verdad que todo ha contribuido a que olvidásemos el uso de nuestras facultades intelectuales, pues la ignorancia i la opresion a que se nos redujo, no debian tener otra consecuencia que un embrutecimiento absoluto; pero por fortuna ya podemos discurrir libremente sobre todas nuestras cosas, i mirarlas sin aquel temor servil, que antes embargaba nuestros sentidos. Si: podemos ya los americanos gozar de la libertad intelectual, que nos habian robado los tiranos: somos ya hombres los que ayer éramos automatas. Aprovechémosnos, pues, de las primeras luces de nuestra aurora para cotejar de mas cerca la densidad i el espanto de las tinieblas que empiezan a disiparse, i entre las cuales hemos perdido la mejor parte de nuestra vida. Debemos establecer un gobierno, que cimentado sobre las bases de las conveniencias particular i universal, nos ponga a cubierto de los males, que traen a los pueblos la anarquía, i el despotismo; pero ántes de pensar en una cosa tan difícil de acertar, es preciso que conozcamos todos los gobiernos; que sepamos su oríjen, su naturaleza, i sus virtudes, sus males, i sus bienes. Comenzemos por aquel de que tenemos mas experiencia i mas preocupaciones. El gobierno, dice Paine, es un mal necesario para los pueblos. Es cierto que es un mal; porque un número mui corto de hombres toman sobre sí el enorme peso de los negocios públicos, que exije unas fuerzas incalculables; porque es preciso exponer la salud de millones de hombres al arbitrio de unos cuantos, que pueden cometer mil errores por falta de tino o de talento; porque finalmente no es fácil encontrar a cada paso con Solónes, con Aristides, ni con Washigntones, que tengan tanta virtud i tanto ódio al despotismo, que lo abominen en si mismo. Es un mal necesario; porque sin él era imposible conservar en la sociedad el órden, la justicia, ni la paz; porque sin él el mas fuerte oprimiria al mas débil; i porque no reconociendo todos los hombres un poder superior al poder individual, cada cual obraria segun el estímulo de sus pasiones, i cometeria los exesos mas execrables, cuanto ellos fuesen mas impunes. De esta suerte los pueblos se hallan amenazados por una parte del despotismo, i por otra de la anarquía, ambos males de igual poder para producir la infelicidad de los hombres. Del medio de la anarquía suelen salir los tiranos, asi como tambien cansados ya los esclavos de sufrir los males del despotismo, a veces caen en la primera situa— cion. La mayor parte de los reyes salieron del seno de la anarquía, que devoraba los pueblos: otros se hicieron tales abusando de la confianza i de la inocencia de sus conciudadanos; i otros tambien fueron constituidos en esta dignidad por la barbarie que reinaba ántes que ellos en algunas poblaciones. Por regla jeneral se puede sentar, que el orijen de las monarquías, es el desórden que han padecido los pueblos. Parece, a lo menos, el mayor imposible, que cuando los hombres vayan en pos de su felicidad, elijan de buena fé uno, que los gobierne sin responsabilidad, i los conduzca a su ruina con las mismas fuerzas que ellos le dispensan. Un rei no es otra cosa que un hombre rodeado por todas partes de fuerza i de poder, que desprecia a todos sus semejantes, abatidos delante de su trono; que puede quitar la vida, la honra, i la hacienda a sus vasallos con el mismo derecho, i con la misma responsabilidad, que un lobo destruye los rebaños. Un rei con el imperio de las armas no piensa sino en violencias; en quebrantar las leyes del Estado, en que domina, i en hacerse cada dia mas despótico. Para esto aleja de sí a los ciudadanos virtuosos, i llama a su corte a aquellos miserables, que para labrar su fortuna, no reparan en destruir las de muchos beneméritos. Es, en fin, un rei el mayor enemigo que puede echarse encima la sociedad, porque como él conoce, que para dominar a su arbitrio largo tiempo, es necesario separar a los vasallos de todo cuanto tenga relacion con el gobierno, emplea todo su poder en afeminar a los pueblos, hacerlos viciosos, i que tomen aversion a los negocios públicos. Entonces es cuando se hacen los reyes descendientes de la divinidad, i estableciendo los ritos con que deben ser adorados como unos semi-dioses, persuaden ser enviados por el Ser Eterno a rejir a los mortales; mas nadie osa entonces preguntarles con Rosseau: ¿dónde están las patentes que acreditan esa procedencia maravillosa? Dicen algunos, que las monarquías son instituidas por Dios, i para esto se valen de una aplicacion violenta de los textos de la sagrada escritura. El autor del Sentido Comun rebate poderosamente este error con una conviccion, que me ha parecido digna de imitarse. Los judios, dice, pasaron cerca de tres mil años sin tener un rei en su nacion. Su gobierno era una especie de república, que gobernaba un juez acompañado de los ancianos de las Tribus. Solo el Dios de los ejércitos era llamado rei en aquel pueblo teocrático, i era un pecado dar este título a algun hombre. El pueblo de Israel despues de haber vencido a los Madianitas bajo el mando de Jedeón, le ofrecio a este hacerlo su príncipe, dejando en su familia el reino hereditario, mas este jeneral, te. miendo la ira del Señor, le contestó: No seré vuestro príncipe, ni tampoco lo será mi hijo, sino que será el Señor

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