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gloria, i sin hacerles ver las ventajas que les resultan de correjir sus vicios? Las palabras, se ha dicho mil veces, que son moneda falsa: solo las obras son las que merecen crédito. Sobre todo, Cayo amigo, yo me iba ya pasando mui adelante con esta carta, i en verdad que no acabara tan pronto, si no tuviese que hacer otra cosa que me rinde mas producto. Concluyo, pues, pidiéndote por Dios i por la vírjen, que nos digas algo en algun número del Semanario sobre la santísima virtud de la prudencia, que prudentemente nos ha de llevar a los infiernos. Esos varones prudentes, ya sabes tu, que son unos apostemas engangrenados, que . quieren convertir el patriotismo en inaccion, torpeza, i madurativo. Estos santos prudentísimos varones llaman patriotas locos a los que muestran algun calor en las cosas de la patria, i todo quieren que sea obra de cien años de discusion i de hablar tonterías sin hacer nada. En verdad, que nuestros enemigos no hacen tanto alarde de su prudencia, i les va mejor así. Esos porteños de Buenos Aires, que en efecto son bien imprudentes, porque cascan fuerte i mui seguido, nos estan dando lecciones mui patentes de lo que importa huir de una virtud tan viciosa como la nuestra; pero si esos diablos son tan jacobinos traslado a los enemigos de nuestra causa. En fin, es menester hablar algo de prudencia i de jacobinismo, que son las dos palabras que hoi estan de moda, i que verdaderamente nadie que las dice las entiende. La apatía mas vergonzosa i criminal se llama virtud i prudencia, i la enerjia se llama vicio i jacobinismo. Asi anda el duengue, Cayo amigo, i asi andará siempre, si tu no haces algo por componer estos entuertos.

Pásalo bien, dispensa mis claridades, enséñame a ser un poco oscuro, i manda a tu afectísimo amigo que a pesar de todo lo que ha dicho te ama cordialmente.

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CARTA SEGUNDA DE DIONISIO TERRAZA I REJON A CAYO
HORACIO.

Jueves 25 de Noviembre.

UELvo, Cayo mio, a tomar la pluma para escribirte, porque ciertamente tú eres de aquellos que yo

busco, pacientes i aguantadores. Es cierto que en despique de la defensa que hice en mi anterior por el subdelegado de marras me hiciste tú salir bien lucido en la Procesion de los lesos; pero conozco que aun fué poca venganza para tanta majaderia como usé contigo en aquella carta; i ciertamente aunque me hubieras regalado con otra u otras mas estrofitas, te lo hubiera dispensado sin violencia. Yo soi hombre puesto en razon, no de aquellos mentecatos que despues de haber hecho un millon de males, no quieren que les digan una cosita la mas llevadera. ¿Qué razon habrá para que uno tire tajos i reveces, sea un amolador a diestro i siniestro, haga cuanto disparate imal le ocurra, i que otro pobre no pueda ni siquiera quejarse de su suerte? ¡Oh amigo Cayo! Esto es insufrible en el sistema de igualdad de los republicanos como nosotros. ¿Quién ha establecido esa gran diferencia, que se quiere hacer entre los hombres, para que unos sean siempre personas que hacen i otros nunca pasen de personas que padecen? Pero aun hai mas. ¿Quién ha dicho que la misma persona que padece no puede gozar del nomitativo sin dejar de padecer? Hasta malos gramáticos son los diablos que tal creen, no solo ignoran el arte de la sociedad sino tambien el de Nebrija. Sepan pues estos bolonios, que a la persona que por activa le toca el peor lugar, por pasiva le corresponde el primero. Asi pues ya puedes conocer, que no me doi por ofendido del despique, sino que ántes bien te presento a la vista el derecho que tienes para llevar tu defensa hasta el cabo, Muerde, raja, tira, sacúdete como puedas, que estando yo en aptitud de hacer lo mismo, maldito el cuidado que me dá de cuanto hicieres. Yo soi del partido de la igualdad, como lo he acreditado infinitas veces hablando en medio de las corporaciones del estado, i escribiendo a la faz de todo el mundo; i no dejaré de opinar del mismo modo aunque vea delante de mis ojos todas las bayonetas que hoi hacen extremecer el suelo de la Rusia, o aunque se convirtiera contra mi esa misma igualdad, que con tanto riezgo defiendo. Mas ya que humillo mi soberbia ante tus versos, déjame deleitarme en pago con el objeto querido de mi corazon, Con esa igualdad encantadora, que a . pesar de que no puede ser sufrida por los jénios miserables, es el embelezo de las almas justas, i el sólido principio de los estados republicanos. ¿No es un dolor, querido Cayo, que estemos en Chile queriendo hacer una república, i que no sepamos por donde hemos de empezar? Cada cual cree que en un sistema tal se le proporcionan los medios de dominar a su patria, i de hacer una fortuna monstruosa, pues la igualdad abre a todos el camino para llegar al gobierno. Mal

A

ditos deseos, malditas ideas, i maldita igualdad! Estos republicanos debian ir a establecer su república dentro de los muros del Serrallo, para no incomodar con su vecindad a los que entienden estas cosas de un modo menos arriezgado, i mas conciliable con la tranquilidad. El hombre que rabia por mandar es tan republicano de corazon como el mismo Soliman, déspota del imperio Otomano. Las ideas de dominacion, de engrandecerse a costa de los pueblos, son tan ajenas de un verdadero espíritu republicano, como es ajeno el vicio de la virtud. La igualdad, que es el alma de las repúblicas no se debetomar en un sentido forzado i siniestro, porque de esto se orijinan infinitos males: la igualdad es de naturaleza noble, justa i santa. Diré lo que siento en este particular. En el sistema republicano se consideran a todos los hombres con iguales derechos al amparo de la lei. El rico, el pobre, el poderoso, el desvalido, el de contraria opinion, todos sin distincion deben conocer el imperio de la voluntad jeneral que expresan las leyes, i de la misma suerte habla el castigo con los unos que con los otros. Ni el rico, por serlo, puede oprimir justamente al pobre: ni el poderoso tiene en su mano la ruina del desvalido: la lei mira con iguales ojos a todos los que tiene a su alcance, i al paso que contiene el demasiado poder de una parte, alienta la debilidad i el abatimiento de la otra. Solo el que cumple con las obligaciones que le impone la sociedad, es el que no debe temer influjo, poder, ni relaciones: todos los ciudadanos son sus guardas i sus defensores; pero el que quebranta la lei, por mas rico, por mas poderoso, por mas sábio que sea, sufre el castigo establecido en desagravio de la ofensa que hizo a toda la república: este tal es mirado como un hombre indigno de la sociedad, i todos los ciudadanos son sus enemigos, sus acusadores, porque son los agraviados. He aquí la igualdad republicana: he aquí la fuerte ancora de la esperanza de la patria, en que está asegurada la felicidad individual contra todas las tormentas de esta vida trabajosa. Véase la diferencia que hai de entender la igualdad del modo que debe ser, a tomarla por un lado pernicioso. Ya vemos, que del modo que queda dicho es útil, es provechosa, es necesaria para el buen órden de los pueblos; sin ella es preciso que una parte de la sociedad sea tiranizada por la otra; con ella se establece todo cuanto bien es capaz de proporcionarnos la patria. Del otro modo, esto es, tomando la igualdad por el desórden, es imposible que alguna vez produzca un efecto regular. Si queremos ser todos iguales, para que nadie tenga poder para refrenar nuestros exesos, tan lejos de igualarnos, no haremos mas que aumentar la diferencia entre los buenos i los malos; porque estos cometerán entónces los delitos mas horrendos, que antes no cometian por el temor de la justicia, i de esta suerte la sociedad no seria mas que una madriguera de ladrones, de asesinos i de forzadores. Si queremos ser todos iguales para que los unos nos aprovechemos del trabajo de los otros, i para que el malo goze de la misma consideracion que el bueno, esa será una igualdad que repugna a la razon, a la naturaleza, a la moral, i a los mismos intereses de los pueblos. Si finalmente queremos ser iguales, para arrebatarnos unos a otros la autoridad i el poder, con el cual alcanzamos a dominar a nuestros semejantes, todos los

hombres sensatos del mundo dirán con razon que nues

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