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desear el momento en que debe empezar a disponer de la monarquía a su arbitrio i voluntad. Las quejas de los infelices sacrificados por el padre, no pudiendo llegar a los oídos del hijo, tampoco pueden servirle a éste de consejos para su reinado; por el contrario, los mismos aduladores, que hacian su negocio, fomentando la igno— rancia i los vicios del antecesor , son los mas empeñados en que el sucesor no pueda trastornar sus planes miserables i rateros, i para esto les es preciso apartarle del conocimiento de los negocios del estado. Por todo esto debemos considerar a una monarquía como un bajel entregado a un piloto ignorante, que no puede salvarle en las tormentas, i solo es capaz de conducirle a los escollos i precipitarlo en los peligros. Por otra parte, la ninguna responsabilidad, que tiene este hombre por sus providencias i conducta, le asegura en todos los sucesos, i le da la salvaguardia para cometer impunemente todos los atentados imajinables. La fuerza militar que él manda, i que no reconoce otra autoridad, que la del que la paga, es un valuarte, que defiende la tiranía monárquica. La educacion de los vasallos afeminada e ignorante; las falsas ideas relijiosas, en que se hace apoyar el despotismo: las no menos falsas ideas de lealtad i sumision, con que se envilecen los vasallos, todo contribuye a consolidar la miseria de los pueblos, i la arbitrariedad de los reyes. ¿Cómo podrá un monarca ser un padre de sus vasallos, cuando vemos que todas las cosas conspiran para constituirlo en un verdadero tirano? ¿Queremos hacerlo dependiente de las leyes, cuando su poder es tal, que puede quebrantarlas con impunidad o Miserables teorías, que estan contradichas por la esperiencia de todos los dias, i de todos los pueblos: ellas no sirven para otra cosa, que para deslumbrar a los que no quieren pensar sobre estos negocios importantes. Las leyes de una monarqnía no pueden de ningun modo poner una barrera a la voluntad del rei: estas leyes no son otra cosa, que unos débiles pretextos para cubrir en cierta manera la arbitrariedad del ejecutor. Veamos esta verdad comprobada por los sucesos de todos los reinos en todos los siglos. Si por acaso en algun pueblo se dieron leyes a los monarcas, para que arreglándose a ellas tratasen solo de ejecutarlas, esto no duró, sino hasta que el ejecutor se halló con suficiente poder para destruirlas. Entonces se pretextó la nulidad de las antiguas, para hacer otras nuevas, se puso en obra el nuevo código, i si se quizo que lo sancionase el pueblo, no hubo en ello la menor resistencia, porque todo lo allana la fuerza de las armas. Casi no habrá un pueblo sobre la tierra, que no tenga una experiencia en sí de esta verdad. Los españoles tuvieron en un tiempo el gobierno monárquiro mas moderado que se conocia en Europa. Su rel no era sino el ejecutor de las leyes, que le daban los • pueblos por medio de sus diputados, o representantes. Las Cortes velaban sobre la conducta del rei, i todos los diferentes pueblos que componian la monarquía, gozaban en medio de la mayor tranquilidad de los derechos que cada uno disfrutaba. Nosotros vimos despues esta sábia constitucion convertida en una verdadera tiranía, en un absoluto despotismo. Lamentábamos la desgracia de la conversion del rei en un tirano i un déspota; pero no maldecíamos el instante en que nuestros mayores colocaron el poder ejecutivo en un hombre, que lo dejaba por herencia a sus hijos i a sus nietos, sin conocer que en esto solo estribaba nuestra ruina. Recorramos las pájinas de la historia i hallaremos, que lo mismo que en Es— paña, ha sucedido en todo el mundo; porque esto es conforme con la naturaleza de las cosas, i porque si algo hubiera que extrañar, seria el que sucediese de otra SUerte. Todo hombre es inclinado naturalmente al despotismo; i al paso que este vicio es abominable cuando se ve en otro, es dulce i lisonjero viéndole en si mísmo. Por esto hai leyes en todas las sociedades contra la arbitrariedad i la prepotencia; pero estas leyes no llenan en ninguna parte sus objetos, cuando chocan con una fuerza irresistible. Así pues, el mejor medio de impedir este mal, es el de no consentir, que haya en un pueblo un hombre tan poderoso, que se atreva a atacar los derechos de los otros. La mayor audacia se contiene a la vista del peligro, aunque no haga caso de la razon, ni de la justicia; al paso que solo el poder basta para despreciar todos los obstáculos que le oponga la debilidad. ¿Cómo se pretende, pues, que un rei guarde la menor consideracion a las leyes, que no tienen tanta fuerza como los fusiles? Siempre será en vano cualquiera otra medida que se tome contra el despotismo, que no sea quitar el poder para alcanzarlo. El pueblo que no quiera jemir en la esclavitud, es preciso que sea zeloso por su libertad, i que no confie su suerte en aquel, que tenga poder para hacerle infeliz; en una palabra, es preciso que huya de los reyes como el cordero huye de los lobos. El mayor mal que nos hicieron los reyes a los españo— les, fué el habernos sumerjido en la ignorancia. Aquel tenebroso tribunal de la inquisicion, triste sepúlcro de las letras, i bárbaro verdugo del injenio, que solo es ocupaba en aterrar a los sábios, i en desacreditar las verdades mas claras de la filosofía; que bajo el pretexto de zelo relijioso, solo contribuia a corroborar el despotismo de los reyes, a disfrazar sus usurpaciones i violencias, a envilecer mas i mas a los vasallos; que era compuesto de los miembros mas corrompidos, mas ignorantes, i mas viciosos del estado; i que tenian las mayores facultades imajinables para surtir todo el terror que convenia al tirano, mui pronto convirtió al pueblo español en un pueblo de necios e insensatos. No hubiera sido asi, si nuestros mayores hubieran sido consultados sobre la conveniencia i necesidad de un establecimiento tan tiránico. (*) Iguales o mui parecidos medios han empleado en todas partes estos monstruos poderosos, para quitar a los vasallos hasta el derecho de pensar, que a todos nos concedió la naturaleza.

¿Pudiera acaso proyectarse una forma de gobierno en que los pueblos fueran menos considerados, que lo que son en una monarquía? A mi me parece esto el mayor imposible; pues aunque se quiera decir, que hai otro gobierno mas duro, como por ejemplo, el que llaman despótico por antonomásia, el del Gran Señor, yo no encuentro una diferencia substancial entre este i otro cualquiera de los monarquicos. Si en éste el déspota hace siempre su voluntad, porque no tiene una lei, que le rija; en los otros hacen lo mismo los reyes, quebrantando todas cuantas leyes hayan en su contra. Por lo cual es evidente, que el que llamamos déspota es el que ejerce el despotismo con menos escándalo de la justicia.

(*) No es estraño que los déspotas hayan establecido estos tribunales enemigos de la humanidad i de las ciencias: su interes lo exijia, i con esto ya tenian un motivo, aunque injusto, para hacerlo. Lo que escandaliza a todo buen sentido es ver en Chile todavia en su fuerza i vigor las prohibiciones de la Inquisicion, destruida en España por bárbara i feroz. Será desde luego un signo de mal aguero para los que vean en nuestra revolucion, que nos asombra aun el terror del despotismo, cuando ya nos hemos librado de sus alcances, i mucho mas, qne respetamos los establecimientos de la ignorancia, cuando pretendemos adquirir la sabiduría. Majistrados de la Patria temed la crítica justa de los filósofos, que tal vez dirán: en Chile aun no saben lo que traen entre manos: alli se habla mucho de institutos, de colejios, de cátedras, bibliotecas, elaboratorios, anfiteatros, jardines botánicos, gabinetes de historia , natural, reglamentos sobre todas las cosas; pero aun no piensan en cortar el primer" inconveniente que se opone a la ilustracion universal: la tenebrosa inquisicion influye todavia sobre los

talentos de Chile.
El. .../1utor.

En conclusion, ya hemos visto, que por todos respectos la monarquía es una forma de gobieruo, bajo la cual no pueden vivir los hombres felices. En los artículos siguientes trataremos de los demas sistemas gubernativos, cuyos principios nos convenceran mejor, de que cualquiera república ofrece mas ventajas que la mas moderada monarquía, bajo el reinado del mas sábio i virtuoso de los reyes.

(Del mismo.) —-093 - 3490

SOBRE LOS COBIERNOS REPUBLICANOS.

Sábado 25 de Setiembre.

s hai en el órden civil una voz mas dulce, ni mas Nl sonora, que la de república. Esta voz nos enseña una idea de justicia, de equidad, i de conveniencia que nos hace amable el significado. Nos figuramos un estado rejido sábiamente por la voluntad jeneral, en donde las leyes mas justas protejen los derechos del hombre, sin atender a sus riquezas, ni a sus relaciones; en donde los

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