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Pero la duda del rumbo de las aves, no inquietaba mucho rato a Marta, i volvia a mostrarse alegre, agradecida de sus compañeros que le habian enseñado esos juegos junto al mar, i los queria yá, los empezaba a amar con el corazon que alentaba sus seis años. Aquel cariño creció, i al verano siguiente, era ella entónces la que proponia los paseos i las huidas a la playa. Al estremecer la primera brisa tibia el toldo que ya se habia desplegado en los balcones del chalet, al encontrar los muchachos en el huerto la primera hoja tostada por el sol de estio i oculta en la enredadera la copa de un suspiro azul, pensaban: —Ya no tardarán en llegar. —Misiá Marta vendrá mas grande... Les inquietaba esa espera, i cuanto regocijo tenian aquellas llegadas en que siempre la niña les reservaba sorpresas. Se iba haciendo mujer, con aquellas maneras, esa gravedad que afectaba a veces, esas gracias espontáneas que Juan i Polo no esplicaban i que eran sencillamente las primeras coqueterias cuya estraña seduccion los desconcertaba. —Mira. qué grande venia el año pasado. —Me dió vergüenza jugar con ella, como otras veces. I cuántas cosas sabe... ¿Te acuerdas de lo que dijo de las gaviotas?... I del mar tambien... No me acuerdo como fué... —¿Vendrá este año? Ambos se preguntaron al mismo tiempo. Despues de mirarse como sorprendidos, callaban, espiándose. Cierta solapada rivalidad habia nacido entre ellos. Ya sus paseos por la playa no tenian la franqueza espontánea de ántes. Sus conversaciones, sus charlas, eran entónces escaramuzas en que los muchachos pretendian descubrirse mútuamente, yendo a caer sus recuerdos en aquella Marta que aparecia en sus playas hácia Enero, como gaviota viajera. El último verano que estuvo de paseo, la encontraron mui cambiada. Qué distintas fueron entónces aquellas correrias por la costa. Cuando alguno de ellos se quedaba a solas con Marta, callaba, con un silencio obstinado, mirándola, queriendo decirle algo que no podia formular. I ámbos en las noches se separaban en acecho de una misma cosa, escondidos bajo los árboles del parque del chalet, mirando el claro reflejo de la luna de la alcoba de ella, en lo alto del torreon i se retiraban con sijilo, llevando todavia en sus ojos la dulce claridad aquella. De vuelta de sus escondites, se encontraban a veces, sorprendiéndose. -—¿De dónde vienes?—Preguntaba uno de ellos agresivo. —¿I tú?.. No se respondian, i marchaban silenciosos, separados, aprovechando un descuido para mirar por última vez el erguido torreon que ya dormia en la sombra. Así pasaban muchas noches, inquietos, avergonzados, uno del otro; pero tenian la gran dicha de contemplaraquella luz que oscilaba allá arriba, arrojando a la muralla una sombra fina i adorada, única recompensa de sus amores de niño, cruelmente silenciosos. Despues de aquellas acechanzas, solian hablar de Rafael, el primo de Marta; i el cariño quebrantado por la rivalidad, volvia a renacer entre ellos. Se aliaban ante el enemigo comun que les quitaba a la compañera de la infancia en largos paseos que ellos no veian, que no conocian, pero que adivinaban las consecuencias que podrian tener. —¿Te fijaste en Rafael, Polo? —Sí. Yo creia que tú no lo habias visto. Qué cerca anda siempre de misía Marta... Despues de un silencio prolongado alguno de ellos decia: —Es mui tarde yá, Juan, i mañana hai que madrugar. Buenas noches. —Buenas noches. Sus pasos se perdian hácia el fondo de la casa. Crujia una puerta, luego otra, i ya cuando todo parecia estar en paz, era una sombra la que cruzaba de nuevo el patio para mirar por última vez la silueta del torreon dormido... Una mañana, entre la primera niebla de otoño, marchaban los dos llevando el equipaje de Marta. Cuanto silencio i tristeza en ese camino recorrido del chalet a la estacion, pisando la arena húmeda que crujia a sus pasos. De tiempo en tiempo, se desprendia de la copa de un álamo una hoja amarilla i mojada. El anden solitario. Algunos viajeros arrebujados en sus abrigos. La via perdiéndose en un recodo, borrada por la niebla. Despues de un largo silencio, alguno de ellos decia: —Parece invierno, Polo. —Sí, parece invierno. Callaban, como poseidos de la misma pena oculta. De improviso un pitazo, un penacho de humo en la via i luego aquel silencioso subir de los equipajes al wagon. I de todos aquellos dias de sol inolvidables, no quedaba otra imájen para ellos que un velillo azul de viajera visto al traves del ventanillo del tren en marcha......

Aquellas últimas vacaciones habian pasado en un perpétuo martirio para los muchachos. El mútuo espionaje habia recrudecido. Marta ya no paseaba como ántes. Solo a la hora de la tarde iba al paseo de la playa. Polo se habia hecho pescador como su padre. Al llegar las oraciones preparaba el aparejo de la chalupa, mirando allá, en el cerro, el castillejo blanco que, cuando la lancha se hacia al mar desplegando su vela, desaparecia velado por el crepúsculo. Al otro dia, de mañana, de vuelta de la pesca, encontraba a la señorita que lo saludaba: -—¿Como te ha ido, Polo? Que contento sentíase al verse interrogado. —Así, así, misiá Marta. Hai que trabajar... —Me gusta eso: que te hagas hombre, que ayudes a tu padre. Acompañaba estas felicitaciones con una sonrisa que al pequeño pescador le sabia a delicia. Juan oia aquello con ira, con profunda envidia, i sentia deseos de ir a escondidas a despedazar las redes que el otro tendia a secar. El, sin embargo, podia verla durante toda la tarde, acompañándola a cortar flores en los jardines, i ahí, miéntras duraba la recoleccion, entre las rosas, aprovechaba para hablar mal de Polo, disimuladamente. —Cree que todo se lo merece, porque se pasa las noches durmiendo en el mar. No lo conoce Ud., misiá Marta... Le entregaba una brazada, e insistia en la haraganeria de su compañero.

—¿Pero no eran tan amigos Uds? Quedaba silencioso, hasta que la niña le indicaba de nuevo un ramo de flores de granado, que ella preferia,—¿lo ves allá arriba? Habia que alcanzarlo. Ya cuando Juan sudoroso por la faena difícil ponia en las manos de ella el manojo deseado, ante las palabras: —Tú eres mui galante conmigo; sentia deseos de ir a retar a Polo, de decirle que la señorita lo preferia a él, nada mas que a él. Aquella tarde se encontraron en la playa. Despues de las primeras frases interrumpidas por largos silencios, Juan preguntó bruscamente: —¿No vas hoi a la pesca con tu padre? —Nó. La sequedad de la respuesta enardeció al otro. —¿Qué esperas?—continuó, mirando la barquilla que cerca se balanceaba como esperando a álguien. Polo no pudo soportar mas i lo dijo todo. —¿Quieres saberlo?... Espero a misiá Marta que viene a pasear en mi chalupa. ¿Lo oyes...? Se irguió un poco dejando en la arena como la huella de una zarpa al arrastrar la mano. Se clavaron la mirada. Todo estaba tranquilo. El mar se arrastraba perezoso en las arenas. Continuó Polo: —Lo sé todo. Tú me pones mal con la señorita porque me tienes envidia... Sí, cuando vas al huerto, le dices que yo soi un sinvergüenza. Al oir esta palabra Juan se levantó. Con el movimiento brusco dejó ver bajo su blusa un ramo de flores de granado... Pareció que el color rojo de aquellas corolas habia encendido la sangre a Polo. —Tú le traias eso, ¿no es cierto?... Estaban los dos muchachos de pié, i por primera

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