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No siempre, sin embargo, le favoreció la fortuna.

En 1668 habia rematado en pública subasta la provision de víveres de la plaza de Valdivia. Con motivo de este negocio, Torres hubo de atravesar horas de gravísimo conflicto, pues en la ciudad de Lima le retuvieron gruesa cantidad de dinero.

Años mas tarde i para satisfacer sus compromisos, juzgó Pedro de Torres que el procedimiento mas práctico i fácil era pagarse él mismo con los fondos de la Santa Cruzada. Tanto éstos como la cantidad que le adeudaba el virrei del Perú pertenecian a las arcas reales.

La conducta del tesorero en este caso se halló mui léjos, como se ve, de los principios de rectitud que deben servir de norma a todo empleado público.

Así lo juzgó el tribunal de la Cruzada, pues le condenó a restituir en el acto el dinero indebidamente sustraido, i le hizo arrestar en la sala del cabildo hasta que cumpliera lo mandado (1).

No fué ésta, por desgracia, la última sentencia condenatoria que recayó sobre actos públicos o privados del tesorero Torres; pero ella por sí sola basta para que los individuos imparciales se formen una idea aproximada de los quilates a que alcanzaba la conciencia del funcionario aludido (2).

(1) Estas noticias se hallan en la causa criminal que, por orden del rei, se siguió contra Torres con ocasion de la herencia de los comerciantes portugueses Francisco López i Francisco de Pasos. Véase el número 566, páj. 190, del catálogojdel Archivo de la real audiencia de Santiago, tomo primero. Santiago, 189S.

(2) En un codicilo otorgado por el tesorero, en Santiago, a 1S de diciembre de 1721, i abierto ante Juan de Morales en 24 de agosto de 1722, el cual puede consultarse en nuestra Biblioteca Nacional, se lee la

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En varios documentos se da a Pedro de Torres el título de capitan; pero éste fué para él un grado simplemente honorífico, pues nunca sirvió en la guerra de Arauco. Los criollos ricos compraban a menudo esta clase de galardones (i).

Ante la historia, Pedro de Torres aparece con el traje de tesorero de la Santa Cruzada, i a los ojos de los que investigan su vida íntima él descubre un alma codiciosa de mercader, nó los arranques jenerosos de conquistador.

II

El amor dividió la existencia de Pedro de Torres en dos partes, como sucede a la mayoría de los humanos: una guardó conformidad con las leyes sociales; i Q)(£ ¿JxO Á¿h>. otra se apartó de ^ ellas i las desobedeció.

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cláusula que sigue: «Item. Declaro que se ha seguido pleito de los oficiales reales don Andres de Silva i don José Negron, en la real audiencia, de 3,432 pesos, de que me dió certificacion don José Negron de haberlos enterado en la reul caja; i, por haber parecido un papelito entre sus papeles en la cuenta de los enteros que hizo, en que le di cien fanegas de harina i un poco de cuerda, por este papelito pidió su albacea que jurase i declarase en qué habia pagado los 3,432 pesos. Declaré en lo que se los habia pagado, sin entender que tienen órden los oficiales reales de recibir en plata lo que toca al rei, i fui condenado en que los volviese a enterar, de que pedí apelacion para España...»

Al buen entendedor, pocas palabras. Pedro de Torres ¡no se equivocó ciertamente cuando pagó en especies la cantidad que debia en moneda legal.

(1) En solicitud dirijida al presidente Henriquez, con fecha 4 de oc

En su testamento reconoce dos hijos ilejítimos, enjendrados en la época de su juventud: un hombre, Diego de Torres, i una mujer, María de Torres.

El tesorero se apresura a agregar que ámbos han sido concebidos por mujeres solteras i de calidad, a las cuales no nombra por respeto a la situacion que ocupan.

En innumerables testamentos de los siglos XVII i XVIII otorgados en Chile, se leen reconocimientos de hijos naturales habidos en indias o negras esclavas; pero, o bien Pedro de Torres no incurrió en tales debilidades, o bien no quiso confesarlas en sus últimos años.

El caso es que Torres aparece en el solemne documento varias veces citado como un padre ejemplar.

A su hija natural María, la alimentó hasta que llegó la hora de dotarla para que profesara en el monasterio de las clarisas de Santiago. Ningun padre de familia chileno, por virtuoso que fuera, habria podido manifestar a su hija mayor cariño hace dos siglos.

Esta desgraciada mujer, que habia entrado a la vida por oscura puerta, murió en una celda de su convento en el año de 1714, sin gozar de los placeres ni sufrir de las amarguras del mundo.

El hijo, llamado Diego, segun ántes se ha dicho, fué tambien alimentado por su padre natural, quien cuidó ademas de iniciarle en los negocios i aun de habilitarle, a fin de que adquiriera fortuna.

tubre de 1677, para que se sirviera encomendarle cinco muchachos indijenas criados en su casa, el capitan Pedro de Torres hacia valer el hecho de haber reclutado una compañía de infantes para la guerra de Arauco i haber continuado sosteniéndola a su costa.

En este año Torres era rejidor del cabildo de Santiago. (Protocolo del escribano Jerónimo de Ugas, 1676 a 1679, pajina 102 vuelta.)

En 24 de noviembre de 1683, Pedro de Torres celebró con él un contrato ante el escribano José de Morales, por el cual el tesorero confiaba a su hijo una tropa de muías i tres mil quintales de sebo, i el hijo se obligaba a llevar estas mercaderías para venderlas en el Perú. Las ganancias debian distribuirse por mitad.

Diego de Torres volvió a Chile en 1696, i, segun declaracion de su padre, las cuentas que presentó fueron aceptadas sin reparo, con el propósito de parte del tesorero de que aquél se beneficiara con un buen provecho.

En su testamento, Pedro de Torres aparta a este hijo con la suma de doscientos pesos en dinero, i con el derecho de habitar una casa de su padre por toda la vida.

Por lo que antecede, deducirá el lector que la vida de Diego de Torres fué incomparablemente mas afortunada i dichosa que la de su hermana María.

Pasada la edad de los ardores juveniles, el tesorero de la Santa Cruzada casó con una viuda que tenia familia, pero que era dueña, al mismo tiempo, de un buen caudal.

Doña Isabel de Olivares, que así se llamaba la novia, habia sido casada en primeras nupcias con el capitan Benito de la Cruz, del cual conservaba dos hijos a la fecha de su segundo matrimonio, don José i don Benito.

Pedro de Torres otorgó escritura de recibo de la dote de su mujer ante el escribano Jerónimo de Ugas con fecha 22 de mayo de 1675. Esta dote, despues de aumentos i reducciones posteriores, sumó la cantidad de 21,870 pesos i 3 reales. El capitan Benito de la Cruz habia mejorado a su mujer en el remanente del quinto de sus bienes.

Hecha la particion de los bienes que habian quedado por fallecimiento del antedicho capitan de la Cruz, Pedro de Torres fué nombrado curador de los dos hijos menores.

Cuando éstos llegaron a su mayor edad, el tesorero Torres les rindió cuenta de sus haberes i les entregó lo que les pertenecía.

No hubo pleito ni discusion alguna.

Desgraciadamente, la justicia ordinaria hubo de intervenir a la muerte de doña Isabel de Olivares, cuando se pretendió hacer la particion de sus bienes.

Los hijos del primer matrimonio se consideraron perjudicados por las cuentas del tesorero Torres, i éste tuvo que transijir con ellos.

El convenio consistió en que Torres debia ceder a sus entenados la estancia de la Dehesa, con todo lo edificado i plantado, aperos i animales, i la suma de 2,400 pesos, ademas de lo que les habia sido adjudicado por las cuentas de particion.

La estancia de la Dehesa de San José de la Sierra habia sido adquirida por el tesorero Torres durante el matrimonio (1).

Pedro de Torres tuvo en doña Isabel de Olivares dos hijos, un varon, llamado tambien Pedro, que murió a los dieciocho meses de nacido, i una mujer, bautizada como su hermana ilejítima con el nombre de María. Sobre ésta concentró el tesorero de la Santa Cruzada todo el amor paternal, i para ella pretendió todas las riquezas i glorias mundanas.

(t) Escritura de compraventa otorgada ante el escribano Juan de Agurto, en 21 de octubre de 1675.

El vendedor fué don Ambrosio de Zavala, hijo del que era correjidor de Santiago en 1647, don Asensio de Zavala.

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