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II

Don Manuel de Salas vio la luz en Santiago de Chile el 19 de junio de 1754 (no en 1753, como por equivocación o por errata se afirma en una biografía de nuestro protagonista publicada en 1873 por don Luís Salas Lazo).

Fueron sus padres don José Perfecto de Salas i los Ríos i doña María Josefa Corvalán i Chirinos.

Ambos pertenecían, según una relación de méritos estendida en Madrid el 26 de agosto de 1780 (a familias distinguidas, tenidas i respetadas por nobles, cuyos ascendientes habían obtenido hono. ríficos empleos).

Don José Perfecto de Salas era a la sazón fiscal de la real audiencia de Chile, puesto que ocupaba desde el 4 de diciembre de 1747.

El niño nació débil i enfermizo.

Durante mucho tiempo, se temió que la cuna le sirviera de ataúd.

En cierto momento, se creyó que estaba agonizando, i se le bautizó apresuradamente en artículo de muerte.

Aquel párvulo enclenque, raquítico, que parecía próximo a espirar, vivió ochenta i siete aňos para lustre suyo i bien de Chile.

Hé aquí su partida de bautismo, tal cual aparece en la parroquia del Sagrario de la catedral de Chile:

«En 5 de febrero de 1755 años, yo el reverendo padre maestro Santiago Viscarra de la Compañía de Jesús, con licencia del cura semanero, puse óleo i crisma a Manuel Silverio Antonio de siete meses i diez i seis días de edad, hijo lejítimo del señor doctor José Perfecto de Salas, fiscal de esta real audiencia, i de la señora doña María Josefa Corvalán i Chirinos. Padrinos, el doctor Clemente Cor. valán i Chirinos, clérigo presbítero, comisario de Cruzada i del santo oficio en la ciudad de Mendo za i doña Nicolasa Corvalán i Chirinos. Bautizóle en caso de necesidad el licenciado don Juan Manuel Grez, clérigo presbítero. Testigos, Marcos Cifuentes e Ignacio Sumaeta. I lo firmo, Juan Foucart. Hai rúbrica).

La ciudad en que el niño vino al mundo, manaba pobreza i reclusión por todos sus poros.

El doctor Gall pretendía conocer las inclinaciones de un hombre por las protuberancias de su cerebro.

Lavater juzgaba que el senublante de un indivi. duo dejaba traslucir las ideas i sentimientos que en éste predominaban.

Un método análogo puede aplicarse a una ciudad.

Santiago mostraba en aquel entonces una fisonomía peculiar, que estaba revelando las preocupaciones i los posibles de sus habitantes.

Era una ciudad estensa, pero raquítica i achaparrada.

Estaba llena de templos i monasterios.

Las casas carecían de arquitectura; sus ventanas estaban defendidas por rejas de hierro, i sus puer, tas se hallaban guarnecidas por gruesos clavos.

A la simple vista, la ciudad manifestaba que se había construído por un pueblo devoto en medio de la guerra.

Parecía un claustro viejo con ribetes de cuartel o prisión.

Por el solo aspecto de aquella aldea grande, se colejía que los moradores no tenían arte, industria, riqueza, instrucción ni alegría.

No había paseos dignos de este nombre.

¡I, sin embargo, Santiago se titulaba capital del reino de Chile!

¡I, sin embargo, en las piezas oficiales solía llamársele corte!

Con el tiempo, el niño Salas debía trabajar mucho, muchísimo, en el aseo i cultura de su ciudad natal.

El 26 de setiembre de 1761, el presidente de Chile don Manuel de Amat i Junient se embarcó en Valparaíso con rumbo al Callao en el navío de guerra San José El Peruano, que tenía la particu. laridad de haber sido construído en Guayaquil.

Amat i Junient había sido nombrado virrei del Perú por Carlos III, e iba a tomar posesión de su elevado empleo.

El poderoso magnate llevó a don José Perfecto de Salas en calidad de asesor; i éste partió en el mismo buque acompañado de su familia,

Don José Perfecto solo se decidió a aceptar el nuevo cargo con la precisa condición de retener la propiedad de la fiscalía en Chile.

Conocía la instabilidad de los afectos humanos.

Recelaba que algún día pudiera perder la confianza del virrei, i deseaba conservar un puesto se

guro.

Era un hombre previsor: sus ojos tenían el alcance de anteojos de larga vista.

Gracias a la traslación mencionada, don Manuel de Salas, que a la fecha contaba poco mas de siete años, se educó en Lima, i no en Santiago, donde solo habría podido adquirir escasísima instrucción.

La universidad de San Marcos, establecida en la capital del virreinato, era a la América del Sur lo que la de Salamanca era a España.

El primer poeta chileno, Pedro de Oña, la llama, en una composición métrica, fuente cristalina i pura destinada a fecundar el valle antártico, cuyas

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