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ejércitos se suceden a los ejércitos, la sangre que se prodiga fecunda el valor i multiplica los combatientes; ya no hai medio ilícito de ataque, se fomenta el espionaje, no se desprecia estratajema por reprobada que parezca, se emplea la astucia i la traicion; la lealtad i la jenerosidad huyen de esta lucha sin ejemplo; los prisioneros se esclavizan o se inmolan en espiacion del crimen de sus hermanos, los jenerales mismos se hacen morir en un patíbulo, en medio de la algazara sarcástica de los vencedores. · Cortez consuma en pocos años la conquista de Méjico, Pizarro asesina alevosamente al Inca del Perú i se hace dueño de sus vastos dominios, sin verter mas sangre que la de los inocentes vasallos de aquel monarca; pero Valdivia es en Chile la víctima desventurada de la rabia de los araucanos, i los coquistadores que le suceden, apesar de su admirable denuedo i de sus heroicos esfuerzos, no pueden domar al pueblo infatigable que los rechaza, i sucumben tambien bajo la maza poderosa del salvaje. Firme la España en su propósito, reemplaza a los guerreros i los anima a que sostengan sin recompensa i sin esperanzas siquiera una guerra prolongada, la mas cruel i obstinada de que pueden presentar ejemplo los anales del Nuevo Mundo. Mas la devastacion los fatiga, la resistencia los exaspera, i al fin consienten en reconocer la superioridad de los araucanos sobre los demas pueblos de la América; prefieren establecerse en la porcion de terreno que aquellos les dejan libre i se dedican a la consolidacion de sus colonias, pero sin arrimar las armas, porque necesitan estar combatiendo i siempre dispuestos a defender la posesion de este pais, que les cuesta mas sangre i mas dinero que el resto de sus conquistas en el Nuevo Mundo. (1)

Hacia el año de 1622 propone Felipe III la paz en una carta dirijida al Congreso de los nobles de Arauco. Esta era la primera vez que el orgulloso monarca del mas estenso i potente imperio de la tierra, se humillaba hasta dirijirse personalmente a un pueblo de la desventurada América, reconociendo esplícitamente su soberanía e independencia e invitándolo a celebrar un tratado, en que se sellara para siempre la amistad de los dos estados i se pusiera término a una guerra desoladora, cuyo estrépito asombraba a la Europa entera. I no era ésta una inconsecuencia en el sistema de conquista adoptado por la España, sino un reconocimiento solemne del estéril resultado de su empeño i un homenaje debido a la nacion que habia tenido la superioridad de mantener su independencia, defendiéndola en batallas ordenadas i rechazando con lealtad i valor al conquistador, tal como lo hace un pueblo organizado que sabe apreciar su dignidad. El rei católico queria la paz, proponiendo que el Bio-bio sirviera de barrera al uno i al otro estado, de modo que a ninguno le fuese lícito traspasarlo con ejércitos; que ambos se entregaran recíprocamente los desertores i que los misioneros españoles tuvieran la libertad de predicar el evanjelio a los infieles. Pero la paz no se realizó, sin embargó de haber sido propuesta sobre tan moderadas condiciones i haber sido aceptada por los araucanos, porque muchos de los jefes del ejército conquistador

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tenian todavia interes en la continuacion de las hostilidades, i abrigando la esperanza de medrar, se aprovecharon para paliar sus perniciosos intentos de las dificultades que presentó la estradicion que el Toqui araucano exijia, como condicion previa, de varias de sus mujeres que se habian refujiado en la colonia española. (1) La guerra se encendió nuevamente con redoblado furor i continuó con los mismos desastres i depredaciones que hasta entonces.

Mas este accidente no alteró en nada la necesidad que la España tenia de procurarse un avenimiento para conservar sus posesiones. El cansancio i aun los temores empezaban a reemplazar el denuedo tenaz desplegado en los primeros años de la conquista, i los colonos deseaban la paz porque no podian soportar la inseguridad i la perpetua alarma en que vivian a causa de las hostilidades. Enprendiéronse nuevas negociaciones, con mejor éxito, i despues de algunos contratiempos, se ajustó en 1641 un pacto de amistad, que llenaba las aspiraciones, i el cual fue celebrado con solemnidades que testimoniaban el regocijo causado por un acontecimiento de tan señalada importancia.

Empero los araucanos no desmayaron jamas de su furor, sino por momentos; la guerra interrumpia siempre las treguas que los españoles obtenian de tan tenaces enemigos, i la colonia no se libertaba sino por intervalos mas o menos prolongados de los desastres i de la destruccion. Los tratados de paz que se ajustaban, no sin gran dilijencia de parte de los

(1) MOLINA, Historia de Chile.

colonos, eran solo verdaderas suspensiones de armas, que ostensiblemente no tenian otro objeto que el de recobrarse ambos belijerantes de sus pérdidas, para volverse atacarse con redoblado encono. De esta manera la guerra era perpétua i siempre demasiado costosa, por cuanto no se respetaba principio alguno ni se adoptaban medios que templaran sus rigores. La España mantenia un ejército avanzado a la frontera i aprovechaba las oportunidades de atacar; i los araucanos permanecian sobre las armas i practicaban frecuentes incursiones al pais de las colonias, arrasándolo sin piedad i cometiendo todo jénero de depredaciones. Los esfuerzos que alguna vez se hicieron para regularizar la guerra fueron vanos, i ántes bien continuaron en progreso la traicion i el vandalaje, i subió de grado el odio de ambas naciones.

Por este lijero bosquejo en que he tratado de caracterizar la conquista vereis, señores, que las colonias españolas en Chile se establecieron i se desarrollaron en medio de la alarma i de los contratiempos que ocasionaba una guerra tan obstinada, cruel i dificul. tosa. La guerra meció la cuna de las primeras jeneraciones de nuestra sociedad i protejió su precaria existencia; la guerra fué el único desvelo de este pueblo desde sus primeros momentos de vida, o diré mejor, fué la espresion única i verdadera de su modo de ser. El perpétuo peligro de que se hallaba amenazado fué endureciendo paulatinamente su carácter, haciéndolo triste i sombrio i hasta cierto punto enervando su natural actividad; porque teniendo siempre al frente un enemigo poderoso, que acechaba el momento oportuno de aniquilarlo, i que no le dejaba seguridad ni quietud para organizarse, solo cuidó de defender su existencia a fuerza de sangre i de contrastes. A cada paso tenia que lamentar una desgracia o celebrar un triunfo, que nuevos acontecimientos venian a convertir en ilusorio i estéril. Las batallas eran el único arbitrio de defensa a que podia apelar; los incendios, la desolacion de los campos i ciudades i la pérdida de un ejército eran los únicos sucesos que lo ajitaban i que venian con frecuencia a patentizarle su desventura i a sofocar en su mente toda ilusion risueña, toda esperanza de un porvenir mas feliz. Las comodidades de la vida doméstica, los beneficios de la industria, los goces de la sociedad le eran desconocidos, o.por lo menos eran bienes de un órden secundario, en cuya posesion no pensaba, porque no tenia tranquilidad. De modo, pues, que este pueblo a que hoi pertenecemos, antes de ser industrioso fué guerrero, i antes de saborear placer alguno de los que constituyen la dicha del hombre social, soportó las angustias de una guerra eterna i funesta. La ciega sumision del soldado i la dura esclavitud de un humillante yasallaje, la desesperacion de las derrotas sangrientas i el terror de un poder doméstico que sojuzgaba hasta las conciencias, apagaron i casi estinguieron en su alma los jérmenes de todo sentimiento social i de toda aspiracion brillante: era un pueblo dormido que solo despertaba para batallar, un pueblo que no estaba organizado mas que para la guerra.

Los españoles se habian visto precisados a separarse de su sistema, porque sus fuerzas solas no eran suficientes para resistir a la omnipotencia de los arau

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