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III.

Consideraciones jenerales sobre la influencia der

sistema colonial en Chile.

Para hacer algunas investigaciones filosóficas acerca de la influencia social que ha ejercido en nues-tro pueblo el sistema que acabo de diseñar, tenemos que principiar por reconocer (un fenómeno histórico peculiar de la América, el cual no se descubre tan a las claras en los paises colonizados por las naciones: antiguas i modernas, aunque parezca propio de la condicion de todos ellos. La historia de la lejislacion universal nos muestra patentemente que las leyes adoptadas por las sociedades humanas han sido siempre inspiradas por sus respectivas costumbres, o diré mejor, han sido una espresion, una fórmula verdadera de los hábitos i sentimientos de los pueblos; porque cuando éstos han llegado a punto de necesitar reglas formales para su réjimen, ya tenian costumbres i prácticas, i no han hecho mas que formularlas, con mas o menos modificaciones, con mas o menos acierto, para gobernarse i reglamentar su vida social. Mas no ha sucedido de la misma manera en la América toda : aquí la lei ha precedido a la costumbre : el pueblo no estaba formado aun, i ya existian leyes que organizaban su administracion i definian sus relaciones, no

guardando por cierto conformidad a las circunstancias i accidentes que habian de desarrollarse con él, porque eran imprevistos; sino consultando en todo los intereses, las opiniones, las preocupaciones i aun los gustos de los hombres encargados de echar los fundamentos de la nueva sociedad.

Al raciocinar sobre este punto importante, por mas que desée circunscribirme a nuestra patria, no me será posible dejar de referirme a toda la América española, porque en la época del coloniaje, cuya historia examino, éramos un mismo pueblo todos los americanos, un pueblo homojéneo, que partia de un mismo orijen i se encaminaba a un mismo fin : la denominacion de estranjero no era entonces una voz de nuestro lenguaje de hermanos. Así me será pues permitido sentar como base del razonamiento, que, tanto en Chile como en las demas colonias hispano-americanas no ha precedido a la formacion de la sociedad la organizacion de la familia, sino el interes de los conquistadores, consultado por leyes circunstanciales bajo todas las formas posibles. Bajo el auspicio de estas leyes nació la sociedad americana i de ellas recie bió su fisonomía social i su educacion.

Las costumbres de un pueblo son su vida misma, su ser intelectual i moral, son sus hábitos, usos, gustos e inclinaciones: nacen con el hombre i se desarrollan espontáneamente con él, pero se modifican al mismo tiempo por mil circunstancias estrañas, ni mas ni menos que una planta cuyo Jérmen prende en el seno de la tierra i se desenvuelve bajo el influjo del clima i del cultivo. Una de esas circunstancias es la lei, i sin duda es tambien la que mas poderosamente

influye en la direccion de las costumbres de un pueblo: su carácter augusto i sacrosanto, la omnipotencia de la autoridad que la promulga i su estabilidad, aumentan su prestijio, i fortifican su influencia en la vida social, de tal modo que a sus dictados imperiosos se amoldan las inclinaciones i toman la direccion que ella les imprime, modificándose a veces o bien estinguiéndose del todo cuando el lejislador las ha tildado con el signo de la ignominia. ¡Tanta es la enerjía con que las leyes obran sobre la moralidad de las sociedades humanas!

Pero si tratamos de investigar el influjo que en nuestra nacionalidad tuvo el sistema colonial, es indispensable que nos fijemos siquiera de paso en un antecedente de gran importancia, tal es la situacion política i moral de la España en la época en que principió la conquista de Chile i, por consiguiente, la existencia de esta sociedad que hoi vemos adulta.

La Europa acababa de conmoverse en sus cimientos i de variar sus faces política i relijiosa, porque la reforma obrada por la revolucion alemana en 1517 se habia encarnado en el corazon de los pueblos; i, propagándose con la furia de una tempestad, habia destruido Ta omnipotencia temporal de la Santa Sede i amenazaba desquiciar los tronos de Inglaterra, Francia i España, a cuyo amparo se acojian las doctrinas añejas, para empezar la reaccion destinada a defender el poder absoluto de los reyes.

La España que hasta poco antes habia sido un asilo de ciertas instituciones liberales, fué en aquel tiempo el escollo formidable en que fracasaron los esfuerzos de la reforma relijiosa. Me abstengo de apreciar las ventajas espirituales que este accidente histórico produjo para la Península, porque no es de mi propósito hablar sobre relijion, sino solamente de la influencia política que pudo haber ejercido en la sociedad aquel movimiento de irritacion i de conflagracion jeneral. No penetraron, pues, en la patria de nuestros padres los beneficios de la revolucion, sino que por el contrario los rechazó con energía, defendiendo la integridad de la monstruosa dictadura del trono i de la iglesia, que desde entonces principió a preparar la ruina en que aquella nazion desgraciada se ha visto sumida posteriormente. Su rei en aquella época era el poderoso Cárlos V, emperador de Alemania, guerrero infatigable, monarca ambicioso i sin duda el mas hábil político de su tiempo. Este príncipe, que se sobreponia al papa, al mismo tiempo que combatia la reforma, habia destruido en España las libertades i fueros de los pueblos, centralizando en sus manos todos los poderes: por una parte deslumbraba a sus súbditos con el brillo de sus triunfos militares i por otra se aprovechaba de su ardiente celo relijioso para convertirlo en una ciega i estúpida intolerancia. Bajo su amparo se habia estendido hasta no tener límites el poder de la Inquisicion, porque así le convenia para alejar de sus dominios toda doctrina, todo sentimiento que opusiese resistencia a su plan ambicioso de dominarlo todo. Este tribunal monstruoso que a nadie respondia de sus operaciones, que todo lo sometia a su juicio, que protejia con el misterio a los acusadores, que atormentaba a sus víctimas i al fin las consumia en una hoguera, habia ya principiado en esta época su funesta carrera de devastacion. Persiguiéndolo todo i hollando con su planta ponzoñosa lo que se oponia a sus dictados, aletargaba las facultades activas de la España, apagaba su espíritu i no dejaba a sus hijos mas que la ignorancia i el fanatismo para apoyar en ellos su trono i el de los reyes, sus favorecedores. “La guerra continua con los moros, dice un sesudo escritor, refiriéndose a este mismo período de · la historia, naturalmente habia preparado a los españoles para el mas feroz fanatismo. Las ideas de honor i nobleza se habian unido íntimamente a las de fé i relijion. Desdoro e infamia eran inseparables de cualquiera creencia que no fuese la de los españoles. Los moros por su enemistad nacional, i los judios por la envidia que causaban sus riquezas i el odio que sus usuras producian, eran mirados como enemigos declarados del cielo i baldon de la humanidad. Bien pronto se valieron los primeros inquisidores de esta ocasion para confundir con moros i judios a todos cuantos se atrevian a dudar cualquier punto de sus doctrinas i sistemas; i la Herética pravedad se vió con igual poder de contaminar la sangre, que el descender de cualquiera de las dos razas malditas. Infeliz, desde entonces, el español que quisiera usar de su propia razon: aun mas infeliz el que se atreviese a manifestar la ignorancia i estolidez de los que tomaban por su cuenta el pensar por todos los demas!" (1)

Segun esto es fácil concebir que el español no servia entonces mas que a su monarca i a Dios, a la manera que la Inquisicion los servia: la causa de la civilizacion

(1) WHITE, Variedades, tom. I núm. 2?

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