Imágenes de páginas
PDF
EPUB

medio para el encomendero, uno para el doctrinero, medio para el correjidor i dos reales para el protector.

Los indios no podian ser dedicados al laboreo de las minas; pero sí a la agricultura i a la crianza de ganado, que eran las principales fuentes de riqueza para Chile.

Como debian pagar el tributo en dinero, i no en servicio personal, se ordenaba que sus patrones, siempre que los ocupasen, les diesen un jornal, que debia ser de real i medio para los indios de Coquimbo, Santiago, Chillan i Concepcion con mas la comida; i de real i cuartillo para los de Chiloé sin comida, en atencion a la mayor pobreza i escasez de esta provincia.

Respecto de los indíjenas que vivian fuera de los predios de sus encomenderos en poblaciones o reducciones propias, se establecia el turno de la mita.

Solo la tercera parte de los indios que componian una encomienda debia salir en un año a los trabajos rurales; i los dos tercios restantes debian descansar todo aquel tiempo, sin que nadie pudiese obligarlos a alquilarse contra su voluntad.

Durante el año de turno, los indios a quienes tocaba la mita debian trabajar en las matanzas, siembras, cosechas, vendimias, etc. nueve meses completos, o mas bien, doscientos siete dias, pues cada mes se computaba únicamente por veinte i tres dias, deduciéndose los de fiesta. Los otros tres meses se les dejaban libres, sea para volver a su residencia, sea simplemente para el descanso, sea para ocuparse en trabajos propios.

La ejecucion de estas disposiciones ofrecia dificultades que se trató de salvar.

Como el indio no tenia absolutamente nada para pagar el tributo que se le imponia, el rei ordenó que se compensase dicho tributo con la parte correspondiente del jornal; i como la recaudacion habria sido mui dificultosa para el encomendero, mandó que el tercio de mita pagase, no solo por sí, sino tambien por los otros dos tercios que permanecian en sus residencias.

De lo espuesto, resultaba que en las cuatro ciudades en cuyas jurisdicciones los indios tributaban ocho pesos i medio, pagaba cada uno por sí i por otros dos veinticinco pesos i medio, o lo que es lo mismo, doscientos cuatro reales, que pagaba en ciento treinta i seis dias con el jornal de real i medio; i en Chiloé, donde contribuian siete pesos dos reales, pagaba cada indio de mita por sí i por otros dos,, veinte i un pesos seis reales, o lo que es lo mismo, ciento sesenta i cuatro reales, que pagaba con un jornal de real i cuartillo en ciento treinta i nueve dias, quedando un saldo de tres cuartillos a favor de cada indio.

Esto no era todo todavía.

De los pocos dias de paga efectiva que restaban, hecha la deduccion del tributo, se descontaban otros quince dias en que cada indio estaba obligado a servir sin paga para indemnizar al amo de la obligacion que se le imponia de curarle en sus enfermedades.

Del cálculo precedente aparece que los mitayos de Coquimbo, Santiago, Chillan i Concepcion servian sin paga ciento cincuenta i un dias, i los de Chiloé ciento cincuenta i cuatro; i que los encomenderos en realidad solo tenian que gratificar su trabajo a los primeros en cincuenta i seis dias,. i a los segundos en cincuenta i tres.

Los inquilinos, o indios residentes- en las mismas estancias de sus patrones, estaban obligados a servir ciento sesenta dias cada año en las diversas labores del fundo.

En recompensa el dueño les suministraba un pedazo de tierra para que el inquilino levantase su rancho, i pudiese sembrar un almud de maíz, dos de cebada, dos de trigo i otras legumbres; i a prestarle los bueyes e instrumentos necesarios para el cultivo.

De estos ciento sesenta dias, solo veinte i nueve eran retribuidos a real el dia, debiendo servir gratuitamente en los restantes para compensar el tributo.

Sin dificultad se percibe que aquella era una reforma de nombre, i no de hecho. Se reglamentaba, se suavizaba hasta cierto punto el servicio personal, pero se estaba mui léjos de abolir lo. Las cosas quedaban mas o ménos en el mismo estado que ántes.

En repetidas ocasiones, los reyes de España habian declarado que los indíjenas de América eran hombres libres iguales a sus otros vasallos. Pero miéntras tanto, la aplaudida ordenanza de 17 de julio de 1622 no retrocedia ante dividir a la nacion chilena en dos clases, de las cuales la una debia pagar a la otra un oneroso tributo de dinero i de sudor.

¿Qué se pretendia alcanzar legalizando semejante desigualdad social?

La fundacion de una especie de feudalismo correjido i enmendado en provecho de la dominacion del monarca sobre las rejiones ultramarinas.

La obligacion impuesta a los indíjenas de pagar un tributo a los encomenderos, i la compensacion que se hacía a renglon seguido de ese tributo con el jornal, dejaban subsistente el servicio personal, salvo una diferencia insignificante. Sustancialmente entre lo uno i lo otro, no habia mas que una modificacion de poca monta, que no justificaba el ruido que se hacía con la reforma.

Esta, por otra parte, se quedó en el papel sin pasar a los hechos.

Los hacendados, señores de encomienda, eran omnipotentes en sus grandes predios, donde mandaban con igual imperio sobre hombres i animales. Disponian del azote, del encierro i del cepo para hacerse respetar i obedecer. Miraban como seres inferiores a sus inquilinos i peones, i sabian hacerlos trabajar, i sabian encontrar razon para no pagarles la pequeña cuota fijada por la lei. Demasiado hacian dándoles un plato de frejoles o un pedazo de charqui por toda comida, i algunos centavos por todo jornal.

Contaban para obrar así con la impunidad. ¿Quién habria reclamado? ¿Quién los habria castigado? Nadie habia de hacer un viaje de unos cuántos dias i de unas cuántas leguas para cobrar unos pocos reales. Eran sumamente raros los gobernantes que no tenian reparo en malquistarse con un encumbrado potentado por favorecer a un miserable indio, bueno solo para obedecer i servir.

II.

Si tal era el tratamiento que el bondadoso monarca en su sabiduría i misericordia mandaba aplicar a los indíjenas pacíficos que vivian al norte del Biobio, ya se colejirá sin dificultad cuál sería el que se daria a los indios revoltosos de Arauco.

Hemos dejado a estos últimos cuando el sistema de la guerra defensiva i de la sumision por el fínico medio de la persuasion habia perdido el prestijio; cuando el principal promotor de aquel sistema, el padre Luis de Valdivia, habia regresado a la corte.

Las hostilidades por una i otra parte se rompieron con el mismo encarnizamiento, con la misma furia de los peores tiempos de la guerra.

El espectáculo del cruel tratamiento que los españoles daban a los indios del norte estimulaba a los araucanos para defender su independencia, i acrecentaba su irritacion contra los conquistadores.

Lo que ellos mismos tenian que soportar miéntras no estaban alzados los animaba a no omitir sacrificios de ningun jénero para sostener su heroica resistencia.

El 15 de mayo de 1629, los araucanos ganaron a los españoles la batalla de las Cangrejéras.

Entre los prisioneros que hicieron los vencedores, se contó a don Francisco Nuñez de Pineda i Bascuñan, el cual cayó en manos de un cacique llamamado Maulican.

Bascuñan, que fué tratado perfectamente, como amigo mas bien que como cautivo, tuvo la buena suerte de ser, a los pocos meses, devuelto a la libertad mediante un rescate.

En los últimos años de su vida, redactó con el título de Cautiverio Feliz una larga relacion de todo lo que habia visto i oído durante su permanencia entre los araucanos.

Estracto de esa obra el siguiente diálogo entre el prisionero Bascuñan, i el anciano cacique Quilalebo, que puede proporcionar una idea de los efectos producidos por el cruel tratamiento dado por los españoles a los indíjenas sometidos.

"Bascuñan.—El otro dia nos disteis a entender que desde que vuestra tierra quedó sin españoles i alterada, no habiais comunicado a ningun español

« AnteriorContinuar »