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I todo se les exijia con el mayor rigor i a fuerza de golpes.

Las tareas mencionadas no eran las peores.

Lo terrible fué la esplotacion de los lavaderos de oro.

Se sabe que el suelo de Chile es casi todo aurífero; mas la cantidad del precioso metal que contiene es tan reducida, que no da para pagar los gastos i los jornales.

Sin embargo, los conquistadores sacaron injentes sumas.

¿Cómo?

De un modo mui sencillo.

No pagaban un centavo a los indios a quienes hacian trabajar hasta morir.

"Cada peso, decia Pedro de Valdivia, hablando de las fatigas i penalidades de la conquista de Chile, nos cuesta cien gotas de sangre i doscientas de sudor." Pero el ilustre conquistador se olvidó de calcular cuántas gotas de sangre i cuántas de sudor costaba a los indíjenas. Lo que hai de cierto es que los indios dejaban en el trabajo, no solo el sudor i la sangre, sino tambien la vida.

TJno de los cronistas primitivos, el capitan don Pedro Mariño de Lovera, hace decir, entre otras cosas, a Valdivia al recibir la sumision del cacique Michimalonco:

—"No penseis que hemos venido acá por vuestro oro; nuestro emperador, un mui gran señor, tiene tan cuantioso tesoro, que no cabe en esta plaza (la de Santiago). Hemos venido para instruiros en el conocimiento del Dios verdadero, i libertaros del demonio, a quien adorais. Pero por lo mismo, nos habeis de servir i dar de comer, i lo que mas os pidiéremos de lo que hai en vuestras tierras, sin detrimento de vuestra salud i sustento, ni disminucion alguna; i nos habeis de dar jente bastante que saque oro de vuestras minas, como lo sacábades para tributar al rei del Perú".

I en efecto, echaron a la esplotacion de los lavaderos cuadrillas, no solo de hombres, sino tambien de mujeres, sin atender a que la edad fuese mucha o poca; i los hacian trabajar a todos sin compasion, "a puros azotes".

Yo testifico, dice un autor contemporáneo, haber visto a estas infelices de quince a veinte años lavar el oro revueltas con los hombres, i metidas en el agua todo el dia, i durante el invierno helándose de frio, i llorando, i aun muchas con dolores i enfermedades que tenian, i aun cuando no entraban con ellas, las sacaban ordinariamente de allí.

El gobernador Valdivia no quiso al principio permitir el trabajo de las mujeres en los lavaderos; pero luego lo toleró, i dicho trabajo llegó a hacerse jeneral.

Rodrigo de Quiroga, por ejemplo, tenia empleados en la minas de Malgamalga seiscientos indios de su repartimiento, hombres i mujeres, todos mozos de quince a veinte i cinco años, los cuales se ocupaban en lavar oro ocho meses del año, escapándose de hacerlo tambien en los cuatro restantes, por no haber agua en el verano.

Quiroga llegó a ser de este modo tan rico, que se aseguró una renta anual de treinta mil pesos, que en los últimos años de su vida invertia en limosnas.

Entre otras obras pias suyas, se cuenta la distribucion que hacía a los pobres de ocho a doce mil hanegas de pan.

I obró bien buscando en la práctica de la caridad un descargo a su conciencia, pues su encomienda, como todas las demas, habia sido una sentina de vicios i un cementerio de indíjenas.

El réjimen establecido en la encomienda de Quiroga, como en todas las otras, dice un cronista, redundaba "en notabilísimo detrimento de los cuerpos i almas de los desventurados naturales, porque hombres i mujeres de tal edad, que toda es fuego, todos revueltos en el agua hasta la rodilla, bien se puede presumir que ni toda era agua limpia, ni el fuego dejaba de encenderse en ella, ni el lavar oro era el lavar las almas, ni finalmente era oro todo lo que relucia".

El mismo autor añade que era mui poco el cuidado que los conquistadores tenian para instruir a los indios en la lei de Jesucristo i en las buenas costumbres, a pesar de ser aquel el título que hacian valer para la conquista; i que ántes por el contrario, en lugar de esto, sobresalian en darles malos ejemplos, "i en enseñarles maneras de pecar que ellos no sabian, como era jurar, i hacer injusticias, i negaciones, i sacar las mujeres del poder de sus maridos, i ser ministros de maldades, sirviéndose los españoles de los yanaconas para sus manejos deshonestos, ultra de otras muchas cosas, que se verán i juzgarán el dia del juicio universal".

Lo estraño es, concluye diciendo el cronista citando, "que no llueva fuego del cielo sobre nosotros."

I no vaya a pensarse que el caudal de Rodrigo de Quiroga fuese una escepcion.

Nó; habia varios a quienes sus encomiendas les producian mas o ménos lo mismo.

Estas riquezas estupendas estraídas de las pobrísimas tierras auríferas de Chile son la prueba mas convincente que pudiera aducirse del rigor inhumano i feroz con que se obligaba a los infelices indios a que, a costa de un trabajo excesivo, a costa de la vida, sacaran hasta la mas pequeña pepa de oro que se ocultaba entre los granos de polvo.

Segun un cronista, a Rodrigo de Quiroga le produjo la encomienda de su mujer, doña Ines de Suárez, mas de cuatrocientos mil pesos en treinta i dos años de matrimonio.

I para que se comprenda mejor la espantosa significacion del hecho, adviértase que los naturales trabajaban con instrumentos, no de hierro, sino de cobre.

III.

Estos crudelísimos tratamientos disminuyeron sobre manera en pocos años la poblacion indíjena.

Todos los testimonios primitivos están conformes acerca de este punto.

Voi a citar algunos, declarando que en mi concepto sus guarismos deben tomarse, no de ninguna manera como exactos, sino como figuras de espresion.

Segun Mariño de Lovera, los valles de Copiapó, Guaseo i Limarí tenian una poblacion de mas de veinte mil indíjenas, que en medio siglo habian sido reducidos a ménos de dos mil.

En 1594 no quedaban en la Serena mas que cuatrocientos naturales, siendo necesario traer para el servicio indios de las otras provincias, "forzados casi en servidumbre de esclavos."

"Hallaron los primeros conquistadores esta tierra, agrega, hablando de la Serena don Miguel de Oleverría, a quien pertenece el dato precedente, mui poblada de indios; i con el largo tiempo, i mucho trabajo que les han dado los españoles, se han consumido i acabado, i venido en esta disminucion."

En la misma fecha, Santiago, segun Oleverría, no contaba mas que cuatro mil indios de sesenta mil que tenia cuando se fundó. "Han venido en tanta disminucion, dice, por ser los indios mas trabajados que hai en aquel reino, i los que mas han acudido con sus personas i haciendas al sustento de la guerra i cargas della."

El hecho en lo sustancial se encuentra confir'mado por Mariño de Lovera, quien asegura que se habian "disminuido tanto los indios de Santiago, que apénas llegaban los de ese valle a siete mil en el año en que estaba de 1595 con haber hallado en él los españoles el año cuarenta i uno pasados de cincuenta mil."

Las apuradas tarcas impuestas por los amos i el látigo a que recurrian para hacerlas desempeñar habian causado idénticos estragos en los naturales de todo el país.

"Los indios que ahora sirven en la ciudad de la Serena, Santiago, Concepcion i las demas, añade todavía el contemporáneo Oleverría, han venido en tanta disminucion, que no se saca casi oro en todo el reino, i apénas son bastantes a sustentar i cultivar las haciendas i ganados de sus encomenderos."

Mariño de Lovera corrobora todavía esta observacion de Oleverría, mencionando ejemplos prácticos. "Cuando Alderete murió, dice, dejó dos encomiendas de indios en este reino, la una en la ciudad de Santiago, i la otra en la ciudad Imperial, las cuales heredó doña Esperanza de Rueda, su mujer; i le valian ambas veinte mil pesos de renta cada año; pero han venido en tanta dismi

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