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CAPITULO IV.

EL GOBIEENO POLITICO DE LA COLONIA.

Vijilancia mutua que las autoridades coloniales debían ejercer unas sobre otras, e incomunicacion en que debían mantenerse con los subordinados.— Arbitrio practicado por los oidores para burlar la prohibición de negociar, i providencias del rei para hacer cumplir las leyes relativas a la materia.—El casamiento de la hija del oidor Solórzano con don Pedro de Lisperguer.—Otro caso ruidoso acaecido en Chile a consecuencia de la prohibicion impuesta a los altos funcionarios coloniales de contraer matrimonio en el distrito de su jurisdiccion.—Disolucion de costumbres a que por esta causa solían entregarse.

I.

Hemos visto que el estraordinario sentimiento de profunda veneracion a la majestad real, propio de la nacion española, se habia acrecentado a consecuencia del maravilloso suceso del descubrimiento de América, i se habia consolidado mui particularmente en los habitantes de este nuevo mundo.

Los monarcas peninsulares i los estadistas que los dirijian, o aconsejaban, supieron con rara habilidad, aprovechándose de las lecciones que les iba suministrando el curso de los negocios, orgaganizar los establecimientos ultramarinos de tal suerte que todo en ellos contribuyese a fortificar la creencia relijiosa en el poder divino del rei, i a alejar hasta la sombra de una oposicion.

El prestijio inmenso de Colon, de Vasco Nuñez de Balboa, de Hernan Cortes, de los Pizarros, de los otros ilustres descubridores i conquistadores habia en el primer tiempo causado al gobierno español inquietudes i desconfianzas.

Dedicó, pues, un particular esmero a impedir que volvieran a figurar en el teatro de América hombres de tan temible influencia.

Nada mas bien concebido para este objeto que el réjimen colonial tal como quedó arreglado al fin de algunos años, i tal como fué perfeccionándose sucesivamente.

Tomando en consideracion los accidentes jeográficos o las exijencias de la poblacion, se dividió la América en vastos territorios cuya direccion superior se encomendó a un alto funcionario que en unas partes se denominaba virrei, i en otras, presidente-gobernador, segun el grado de supremacía i de autoridad que le habia sido concedido.

Este funcionario era casi siempre un peninsular, mui rara vez un americano, pero casi nunca un natural del reino o provincia que se le encargaba de gobernar.

Segun la observacion de uno de los historiadores nacionales contemporáneos de la independencia, entre los ciento sesenta virreyes que hubo en América, solo cuatro fueron americanos; i entre mas de seiscientos presidentes, solo catorce (1).

Entre los gobernadores de Chile, desde don Pedro de Valdivia hasta don Francisco Grarcía Carrasco, solo se encuentra el nombre de un chileno,

(I) Guzman, M Chileno Instruido en la Historia Topográfica, Civil 4 Política de su país, leccion 69.

que gobernó el país, por ministerio de la lei, interinamente, i por mui pocos meses.

Los virreyes i los presidentes eran mantenidos en sus funciones por un mui corto número de años.

La autoridad de que estaban investidos se hallaba lejos de ser absoluta i omnipotente.

Muchos importantes ramos de la administracion habian sido encomendados a tribunales o corporaciones con cuyo acuerdo los virreyes i presidentes-gobernadores tenian que proceder, o que en ciertos asuntos obraban con entera independencia.

Estas corporaciones, que podian comunicarse directamente con el gobierno peninsular, debian ejercer la mas constante i solícita vijilancia sobre la conducta del virrei o presidente-gobernador, e informar acerca de ella.

Las principales de estas autoridades eran la audiencia, el tribunal de cuentas, los oficiales reales, el cabildo.

El tribunal de cuentas i los oficiales reales desempeñaban cargos mui importantes, pero especialísimos. Los oficiales reales administraban la hacienda del soberano; cobraban los impuestos, hacian los pagos i remitian el sobrante a España. El tribunal de cuentas las tomaba a todos los que manejaban caudales públicos.

La audiencia representaba al monarca i a la lei; hacía justicia; i era para todo, el consejo consultivo del virrei o presidente-gobernador.

El cabildo, representante del respectivo pueblo o vecindario, atendia a los intereses locales de la ciudad donde existia.

Todos los individuos de estas corporaciones eran nombrados por el gobierno peninsular.

En los primeros tiempos, los rejidores de los cabildos fueron electivos; pero despues las varas da rejidorV o fueron concedidas por merced del rei, o vendidas al mejor postor. O» Los alcaldes, que tenian, entre otras, la importante atribucion de administrar justicia en primera instancia, i que formaban tambien parte de los cabildos, eran elejidos por los individuos de estas corporaciones.

El gobierno español, al nombrar los oidores, seguia respecto de su nacionalidad el mismo sistema que para la designacion de los virreyes i presidentes-gobernadores. Hasta don Mariano Torrente reconoce que la regla jeneral era que los oidores fuesen naturales de España, aunque hubo escepciones en favor de los criollos (1).

Los rejidores o miembros de los cabildos, en sus respectivas ciudades, no podian por sí o por interpósita persona, tratar o contratar en mercaderías u otras cosas, ni tener tiendas,, ni tabernas de vino, ni mantenimientos por menor, aunque fuesen de los frutos de sus cosechas, debiendo si querian dedicarse a tales negocios renunciar primero su cargo de cabildantes (2).

Los contadores no podian tratar o contratar, ni casarse con hijas o parientas de oficiales reales, ni éstos con las hijas o parientas de aquellos. Tampoco podian casarse en vida de sus padres, los hijos o hijas de los unos con los de los otros. Los infractores eran castigados con la pérdida de sus empleos i otras penas (3).

Los tratos i contratos de toda especie estaban prohibidos todavía mas severamente a los oficiales

(1) Torrente, Historia de la .Revolucion Hispano-Americana, diacurío preliminar, parte primera.

(2) Recopilacion de Indias, libro 4, título 9, lei 12.

(3) Recopilacion de Indias, libro 8, título 1, lei 51; i título 2, lei 8.

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