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privado, el respeto relijioso a la majestad real, e impedir que se levantara cualquiera otra influencia peligrosa.

Son mui conocidas las varias disposiciones por las cuales los virreyes, presidentes i oidores debian velar por la defensa del patronato, i sobre la conducta de los prelados, demas dignatarios e individuos de la iglesia.

Quizá no lo son tanto aquellas por las cuales los obispos debian ejercer una inspeccion igualmente ajustada sobre los funcionarios civiles; pero las habia, i puede verse un comprobante de ello en la siguiente cédula fecha en Madrid a 16 de febrero de 1644, i dirijida al obispo de Santiago:

"Os encargué por cédula de primero de enero pasado deste año, ordenásedes que en toda vuestra diócesis se hiciesen continuas oraciones, i procurásedes la enmienda, de costumbres, i se corrijiesen vicios; i aunque fio de vuestro cuidado el celo de su ejecucion, todavía con ocasion de crecer tanto los riesgos i las continjencias, segun los avisos que se tienen; i temiendo no tengamos a Dios enojado, me ha parecido volveros a rogar i encargar dispongais i encamineis se aviven las rogativas, i trate con mayor calor la enmienda de los vicios, eviten pecados, i de la administracion de la recta justicia. I porque hace mucha fuerza en los súbditos el ejemplo de la buena vida i costumbres de los ministros superiores, i ver el castigo en los que le merecen por lo que faltan a estas virtudes, demas de reiterar las órdenes dadas en esta razon, os encargo, con mayor aprieto, cuideis mucho de todo lo referido."

Los superiores del orden civil i eclesiástico cumplian este real encargo de la vijilancia mutua con tanto mas empeño i asiduidad, cuanto que solian no andar mui avenidos, porque eran mui celosos de sus atribuciones; i como estas no se hallaban perfectamente definidas, habia lugar para frecuentes conflictos; i porque ademas, .como buenos españoles, daban una suma importancia a todas las cuestiones de etiquetas i precedencias, i tenían por ellas repetidos disgustos.

Don Francisco López de Zúñiga, marques de Baldes, i presidente de Chile, escribió desde Concepcion en 30 de mayo de 1646 al obispo de Santiago don frai Gaspar de Villarroel una carta de felicitacion por la composicion de la obra que he tenido ocasion de citar varias veces.

Esa carta comenzaba así:

"He visto algunos mui doctos papeles de los seseñores oidores en que con muchas letras alaban los libros de V. S., i a mí, como soi soldado, no me toca el aprobarlos; pero aunque no he estudiado, tengo de alabar el título dellos, que me dicen es: Gobierno Eclesiástico Pacífico i Union de los dos Cuchillos, Pontificio i Bejio; i lo que yo alabo es que V. S. haya hallado traza para pintar el estilo con que gobierna, i que como buen pastor ha ejercitado ocho años enteros lo que ahora escribe en estos dos libros, pues en todas las Indias nunca hemos visto prelado tan pacífico, i es cosa mui para admirar que tenga tanta aficion a los ministros del rei, i esto en tierra donde los obispos han tenido tantos encuentros. I no contentándose con lo que les ama i con lo que les honra, escribe libros para que los amen i los honren los demas prelados. Veo que se abrasan en otros gobiernos los majistrados i los obispos; i en este de V. S. ofreciéndose cada dia tantas ocasiones, porque es forzoso que cada uno tire por su jurisdiccion, no ha escomulgado, no solo oidor, pero ni alguacil."

El marques sigue en la carta mencionada esponiendo por lo largo los méritos i servicios del señor Villarroel, i luego concluye de esta manera:

"Viendo yo en V. S. todas estas prendas, i que yo i los señores oidores no nos hemos descuidado de escribir al supremo consejo, i teniendo esperienciadela grande justificacion con que aquellos señores premian las virtudes, he discurrido qué será la causa de que en tantos años no le hayan dado a V. S. una grande iglesia. I oyendo un sermon salí de esta duda. Porque oí decir que un ánjel, que era el custodio de los persas, habia resistido mucho con sus ruegos al ánjel custodio de los judíos para que no sacase Dios a su pueblo de captividad por lo mucho que medraban con aquella buena compañía los infieles que él guardaba. I ansí entiendo que las oraciones de los pobres que V. S. sustenta le desvían del corazon a Su Majestad el darle a V. S. una grande promocion. Yo confieso a V. S. que tambien se lo he suplicado a Nuestro Señor, i hecho que se lo supliquen muchos siervos suyos, porque, como supe, cuando entré en este gobierno, los grandes encuentros que ha habido en años pasados entre gobernadores i obispos, deseé mucho que V. S. no saliese deste reino; pero hoi que Su Majestad (Dios le guarde) me envía sucesor, siento mucho que V. S. se quede en él,* porque veo cuán contrario es este temple a su salud. I aunque (como lo he hecho) propondré ahora a Su Majestad la persona de V. S., como en las cartas de negocios no podemos hablar largo en cada uno, he querido decir en esta carta lo que siento para que V. S. la ponga en su libro; i podrá V. S. no estrañar en un soldado la falta de los latines que tienen las de los señores oidores."

Efectivamente, como lo pregonaba el marques de Báides, el obispo Villarroel fué un modelo de mansedumbre i de conciliacion que hacia contraste con otros prelados belicosos que hubo, tanto en Chile, como en los demas reinos de América. Los testimonios de los contemporáneos, i las acciones de su vida entera, asi lo testifican.

"No es tan bueno para obispo, especialmente en las Indias, escribe en su obra este bondadoso prelado, un anacoreta, grande ayunador, mui dado a la oracion mental, con mas celo que libros, con mas disciplina que letras; a título de reformador, opuesto al patronazgo real; que sin saber los límites de la jurisdiccion eclesiástica, quiere ser mártir por la libertad e inmunidad de la iglesia, pareciéndole que es un sagrado pundonor oponerse a los ministros de el rei; como un hombre docto, versado en los dos derechos, pacifico, que pone el honor en ser buen vasallo del rei, que tiene bastante prudencia para convenir los sacros cánones con las órdenes de su principe, que le arrastran las cortesías con las reales audiencias, i que al consejo no envíen los tribunales quejas, sino alabanzas."

Cuando el candoroso obispo ha llegado a este punto del paralelo, se siente obligado a declarar que "la modestia le va embargando la pluma, porque habia visto en lo dicho mui al vivo su retrato."

Pues bien, este tipo acabado de los obispos pacificos tuvo tambien sus dificultades con los majistrados.

Sigamos oyéndole a él mismo.

"Aunque la real audiencia que en esta ciudad (Santiago de Chile) reside, dice, tiene por oidores, ánjeles, entre ánjeles puede haber diferentes pretensiones

Sin embargo, pues, de la anjelidad de los oidores, hemos tenido grandes dificultades; pero conteniéndonos unos i otros dentro de ciertos limites, hemos acallado con cordura, sin quiebra del derecho, nuestras jurisdicciones; i como es tan poderoso ol brazo del rei, he tenido yo mucho que sufrir" (1).

Si el señor Villarroel con su Índole tan mansa tuvo disputas, ya se presumirá como las tendrian aquellos de sus antecesores i sucesores que no se hallaban dotados de tan amable prenda.

Es de advertirse que las tales acaloradas controversias versaban ¡comunmente sobre los asuntos mas fútiles i aun ridículos.

No quiero mencionar, por ser demasiado conocida, la ruidosa cuestion referente a la precedencia para recibir el agua bendita, levantada el año de 1612, por cuyo motivo el obispo don frai Juan Pérez de Espinosa puso la ciudad de Santiago en entredicho, i obligó a los miembros de la audiencia a que se le humillasen.

Aquella habia sido la última de una serie de frivolas competencias del mismo jénero.

A pesar de su espléndido triunfo, el obispo Espinosa, que no podia soportar a los oidores, determinó irse a España en secreto i sin licencia, probablemente para quejarse al monarca.

Poco ántes de realizar su propósito, tocóle examinar para órdenes a un relijioso, el cual manifestó poseer mui escasísimos conocimientos.

—¿Cómo siendo Ud. un hombre ya entrado en años, le preguntó el obispo, que parece no sobresalia por la induljencia, ha estudiado tan poco?

—Ilustrísimo señor, le contestó el examinando,

(1) Villarroel, Gobierno Eclesiástico Pacífico, parte 2, cuestion 11, artículo 2.

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