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cion a los recursos entablados por sus embajadores, de que no era fácil desentenderse (1).

Los estranjeros que obtenian licencia real, i éstos eran mui pocos, no podian pasar de los puertos de América, donde debian vender precisamente sus mercaderías, sin que los gobernadores pudiesen por ningun pretesto dejarlos internarse en sus provincias (2).

Para que un estranjero pudiera obtener carta de naturaleza que le pusiera en aptitud de ser admitido a tratar en las Indias, era preciso: que hubiera vivido en España o América por espacio de veinte años continuos; 29 que fuese propietario diez años ántes de casa i bienes raíces que representasen un capital propio de cuatro mil ducados; 39 que estuviese casado con nacional o hija de estranjero nacida en España o América; 49 que el consejo de Indias hubiere declarado que podía gozar de este privilejio despues de una prolija informacion, que debia rendirse ante la audiencia, estando todavía el pretendiente sujeto a otros trámites i dilijencias (3).

Lo que se prevenia a los estraños se mandaba con mayor razon a los súbditos. Los americanos de cualquier estado i condicion que fuesen no podian admitir ningun jénero de tratos con estranjeros, pena de la vida i perdimiento de todos sus bienes, aplicados por tercias partes a la cámara real, juez i denunciador, debiendo ser depuestos de sus cargos i oficios los gobernadores, ministros i jefes que resultasen culpados en aquel acto, o pudiéndolo estorbar no lo hubiesen hecho (4).

(1) Real Cédula de 22 de abril de 1796.

(2) Recopilacion de Indias, libro 9, título 27, leyes 4 i 5.

(3) Recopilacion de Indias, libro 9, títuio 27, leyes 31, 32, 33 i 34.

(4) Recopilacion de Indias, libro 9, título 27, lei 7.

Todas estas leyes espantosamente restrictivas habian sido inspiradas por la necesidad de mantener las posesiones americanas, aisladas del resto del mundo, a fin de conservar intacta la pureza de las opiniones i sentimientos monárquicos que con tanto esmero se habian cultivado en sus habitantes.

Ademas, habian contribuido a hacerlas dictar, ciertas teorías económicas i políticas a que los estadistas españoles atendian sobre manera.

La equivocada doctrina de que una colonia es solo un campo de esplotacion para la metrópoli, i de que este objeto se malogra si se toleran en ella la industria i el comercio de los estranjeros, habia influido mucho para que se tomasen esas medidas esclusivistas i absurdas. Por eso, aun cuando se concedia a los estranjeros permiso para venir a América, i tratar en ella, se esceptuaban siempre ciertos ramos, como el rescate de oro, plata, cochinilla, ete., i cuando no tenian semejante permiso, se decomisaban todas las mercaderías que les pertenecian, aun cuando las enviasen por terceras personas (1).

Fuera de esto, la España no queria que se introdujeran en América estranjeros que pudiesen dar sobre su suelo, clima i producciones noticias propias para despertar en las naciones europeas el deseo de fundar nuevas colonias.

Habia vastas rej iones que no estaban siquiera esploradas; i miéntras tanto la bula de propiedad de Alejandro VI, era un título mui poco sólido, i mui poco respetado, sobre todo por los protestantes. Cuando el embajador de Felipe II en la corte de Londres reclamó contra la espedicion de Drake a las costas de Chile i del Perú, la rei

(1) Recopilacion de Indias, libro 9, título 27, leyes 3 i 6.

na Isabel respondió: "que la mar del Sur, como el resto del océano, era un dominio de todos; que la donacion hecha por el obispo de Roma de un país que no le pertenecia era una quimera; que los españoles no tenian mas derechos que los otros al territorio que habian usurpado a los antiguos poseedores; que nadie podia llamarse propietario de una comarca, por haber construido algunas cabañas, o haber dado el nombre de un santo a un cabo o un rio."

En las inmensas soledades del nuevo mundo, habia espacio suficiente para millares de pueblos que podian crecer i multiplicarse como quisieran. Así los gobernantes españoles temian que sin saber cómo, ni cuándo se levantasen en ellas imperios florecientes, que serian vecinos mui incómodos para sus atrasados establecimientos.

Durante muchos años, se creyó en Chile que individuos cuya procedencia se ignoraba habian fundado una ciudad en un paraje cuya posicion jeográfica no se sabía bien; i se aprestaron diversas espediciones para descubrir una poblacion que no existia mas que en la imajinacion de algunos ilusos i en la aprension de las autoridades.

Pero la desconfianza que la introduccion de estranjeros causaba a la corte española se referia, no solo a las vastas soledades de América, sino tambien, i mui especialmente, a las partes pobladas. Temia que sirvieran de espías a las naciones enemigas para suministrarles datos sobre el estado de las colonias en las frecuentes guerras que se veia obligada a sustentar.

I efectivamente, el caso era posible; i sucedió mas de una vez.

En marzo de 1767, se despacharon cartas a todos los gobernadores i corrcjidorcs de Chile para que con la mayor cautela buscasen, i con la mejor custodia remitiesen a la metrópoli a un frances cuya filiacion se les enviaba: edad, cerca de cuarenta i dos años; talla, cinco pies i dos a tres pulgadas; temj>eramento, seco; la forma del rostro, mas .bien larga que redonda; un poco señalado de viruelas; los ojos, pardos; la nariz, aguileña i achatada; cabellos, pardos atados por detras con una roseta; su vestido ordinario, color escarlata o pardo con una chupa de seda azul adornada con un gran galon de oro.

Todos buscaron al tal individuo, pero nadie pudo encontrarle; todos se preguntaban qué crímen habia cometido, pero nadie lo sabía, escepto el presidente, que tenia buen cuidado de no decirlo, habiendo recibido orden de guardar el mayor silencio.

Sin embargo, el historiador, que andando los años, puede leer los papeles ocultos en una gabeta, i quizá descubre los secretos mas recónditos, puede en el dia revelar el secreto de estado que en aquel entonces no se logró traslucir.

El frances a quien se perseguia con tanto encarnizamiento se llamaba Mr. Poticr, habia nacido en Marsella, i habia vivido largo tiempo en las Antillas Francesas. En una época pasada, habia suministrado al ministerio británico los avisos i las intelijencias necesarias para la toma de la Martinica; por lo cual los españoles le habian procesado i condenado a ser ahorcado; pero como no se habia podido ejecutar la sentencia en su persona, se la habia ejecutado solo en su efijie.

En diciembre de 1763, este frances se hallaba en Londres, donde, segun una comunicacion del ajente de España en aquella ciudad, habia tenido una larga conversacion cen lord Albemarle, quien habia resuelto enviarle en una nave inglesa a visitar las costas de la América para levantar planos, con encargo de que desembarcara tambien para contraer intelijencias que mas tarde se harian fructificar (1).

Temiéndose que Mr. Potier estuviera en Chile, levantando planos, i tendiendo redes, se habia enviado contra él la misteriosa requisitoria que habia por algunos dias interrumpido la quietud i monotonía de la existencia colonial.

A los motivos señalados de desconfianza contra los estranjeros, se agregaba el temor de que pudieran venir a contaminar en materias de fe "a los indios i jente ignorante," esto es, a todos los ha* hitantes de la América (2).

Los estranjeros en jeneral eran, pues, para el gobierno español, o contrabandistas, o enemigos, o herejes; i por este triple titulo, i por otros, peligrosos perturbadores de la sociedad i corruptores dq la moral. Así no se cansaba de mandar a los virreyes, audiencias i gobernadores, i de encargar a los arzobispos i obispos que purgasen la tierra de aquellos facinerosos haciéndolos embarcar a costa de ellos mismos en la primera ocasion.

Ni siquiera el hábito o la sotana libertaban a los estranjeros de la sospecha i de la persecucion. El 11 de junio de 1768, el presidente de Chile don Antonio Gruill i Gonzaga recibió una real cédula fechada en San Lorenzo a 17 de octubre de 1767, por la cual Cárlos III le comunicaba que en adelante no se concederia permiso a los relijiosos estranjeros, regulares o seculares de cualquier insti

(1) Eeal Cédula dada en Madrid a 21 de enero do 1760; i Comunicacion de Londres, fecha 20 de diciembre de 1765.

(2) Recopilacion de Indias, libro 9, título 27, lei 9.

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