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que la navegacion i la pesca de los ingleses en el Pacifico o los mares del Sur no sirviesen de pretesto para un comercio ilícito con las provincias hispano-americanas.

Los ingleses no podian navegar, ni pescar a distancia de diez leguas marítimas de las costas ya ocupadas por los españoles.

La España se veia, pues, forzada a renunciar a su idea tan predilecta de que el Pacífico era un lago, español.

VIL

Gobernaba entonces las provincias de Chile, don Ambrosio O'Higgins de Vallenar, el padre del ilustre jeneral que, corriendo el tiempo, habia de firmar la declaracion de la independencia de Chile.

Si habia un hombre llamado por sus antecedentes a manifestar simpatías a los estranjeros, era don Ambrosio O'Higgins.

Habia nacido, no en España, sino en Irlanda.

Venido primero al Perú, i despues a Chile, habia llevado por muchos años una existencia angustiosa, que talvez habria podido calificarse de miserable.

Habia recibido como un beneficio que colmaba sus votos el nombramiento de sobrestante de obras públicas, que habia debido al presidente Guill i Gronzaga.

En aquella época azarosa de su vida, habia tenido un amigo, un protector.

Ese habia sido todavía un estranjero, un italiano, don Paulino Travi, que se enriqueció en una fábrica de velas i de jabon.

Don Ambrosio O'Higgins pudo esperimentar en cabeza de su favorecedor la estrictez incalificable de la metrópoli contra todos aquellos por cuyas venas no corria la sangre española.

Don Paulino Travi habia llegado a ser un individuo tan considerado, que despues de haber servido de máyordomo al presidente Guill i Conzaga, éste, al morir, le nombró uno de sus albaceas testamentarios.

El italiano, que residia en Chile solo en clase de tolerado, se vió por esta circunstancia forzado a demandar a la corte el permiso de vivir en este país.

La audiencia i todas las autoridades apoyaron la solicitud.

Sin embargo, el rei, inflexible en el sostenimiento del mas restrictivo de los sistemas, ordenó por cédula dada en Aranjuez a 23 de mayo de 1770, que se le espulsara del país, concediéndole el plazo de un año para liquidar la testamentaría.

Sin embargo de todo esto, don Ambrosio O'Higgins, cuando ascendiendo de grado en grado, llegó a ocupar el primer puesto de Chile, se mostró mas español que los mismos españoles, a pesar de su calidad de irlandes, a pesar de que el ejemplo de su amigo el italiano Travi pareceria haberle debido inclinar a la induljencia respecto de los que no tenian otra falta, que la de no haber nacido en alguno de los dominios de España.

Aquel personaje que ocupaba uno de los mas encumbrados puestos en la jerarquía administrativa era por su condicion de estranjero una escepcion estraordinaria en el sistema colonial, pero una escepcion mui justificada por el celo desmedido e incansable que O'Higgins desplegaba para hacer practicar con el mayor rigor todas las prohibiciones i restricciones establecidas por la metrópoli.

Era particularmente notable la excesiva desconfianza que el irlandes presidente-gobernador de Chile mostraba a todos los que no eran lejítimos i añejos españoles.

En comprobacion, voi a citar algunos hechos mui característicos.

En junio de 1788, el gobernador de Juan Fernández permitió a una fragata norte-americana ejecutar cierta reparacion urjente.

¡I como se lo concedió!

El mismo O'Higgins va a decírnoslo:

"Bajo el cañon de la batería Santa Bárbara, donde desembarcó el capitan de la fragata con cuatro hombres, despues de reconocida toda la embarcacion, i haberse asegurado (el gobernador de Juan Fernández) que no conducia mas que mantenimientos i equipaje, sin efecto alguno de negociacion, estipulando permanecer solo seis dias con la mas exacta disciplina, conforme a las precauciones que dice el referido gobernador tomó para observar sus operaciones, i que no pudiesen inspeccionar el estado i situacion de aquella plaza."

¿Puede imajinarse algo mas inocente?

Pues bien, aquello fué considerado por don Ambrosio O'Higgins de Vallenar causa suficiente para destituir al gobernador de Juan Fernández (1).

A peticion del de Francia, el rei de España ordenó en 1791 a los gobernantes de los dominios americanos que prestaran toda clase de ausilios a dos navios que debian salir en busca de Mr. de la Peyrouse, cuyo paradero se ignoraba (2).

Habiendo anclado uno de estos navios en el puerto de Valparaíso, algunos de sus jefes solicitaron desembarcar.

(1) O'Higgins, Oficios al ministro don Antonio Valdes, fechas 3 de agosto i 9 de octubre de 1788.

(2) Real Orden espedida en San Lorenzo a 3 de octubre de 1791.

El tremendo O'Higgins se negó desde luego a una solicitud tan natural, como inofensiva.

La razon que le sirvió de fundamento para tamaña descortesía es digna de conocerse. "Tuve presente para prohibir absolutamente saltar a tierra a dichos navegantes, escribia O'Higgins al conde de Campo Alanje con fecha 10 de marzo de 1792, precaver por este medio que sus conversaciones con las j entes del país propagasen aquí ideas sobre el estado de la Franeia i causas de su actual revolucion, si es que ya no se adelantaban hasta introducir algunos papeles i relaciones perjudiciales de este perjudicial i peligroso suceso, cuya noticia quieren la razon i la prudencia se aleje en lo posible del conocimiento del público" (1).

Al fin, el adusto irlandes se dejó ablandar por las instancias de los franceses, cuya curiosidad debía haberse avivado con tan porfiada resistencia, concediendo por mucho favor al capitan i oficiales principales del navio el que sin desembarcar los equipajes, segun estaba mandado por el monarca, pudiesen bajar a tierra, "acompañados de una persona de toda confianza para que su entrada i comunicacion fuese solo en casas i con jentes señaladas" (2).

Se ve que el presidente O'Higgins se mostraba mas severo que el mismo monarca español, lo que por cierto habria parecido bien difícil.

El pacto de San Lorenzo no podia agradar a un guardian tan rigoroso del aislamiento colonial. "Este convenio, decia al ministro don Antonio

(1) O'Higgins, Oficio al conde de Campo Alanje, fecha en Santiago a 10 de marzo de 1792.

(2) O'Higgins, Oficio al gobernador de Valparaíso, fecha 11 de marzo de 1792.

Valdes en carta privada de 19 de setiembre de 1792, por todos lados nos incomoda, i nos dará en adelante mucho que hacer; pero siempre considero que en la situacion crítica en que se hallaban por ahí las cosas, no habia, ya se ve, otro partido que tomar."

VIII.

Dados estos antecedentes, no puede asombrar a nadie que O'Higgins dictase a sus subalternos las instrucciones mas severas i minuciosas para evitar en lo posible las funestas consecuencias que preveia de la convencion de San Lorenzo; pero al mismo tiempo creo que puede interesar a muchos el conocer testualmente algunas de esas instrucciones, en las cuales se revela el espíritu infundido por la metrópoli a sus ajentes.

El gobernador de Chile temia mui particularmente la arribada de los buques balleneros a los puertos, so pretesto de falta de víveres o de agua.

En un caso semejante, podia suceder una de dos cosas mui perjudiciales.

Si se negaba el ausilio, el gobierno ingles quizá pretenderia que se habia violado el tratado de 1670, por el cual el español estaba obligado a socorrer las naves británicas, siempre que por temporal u otra causa inevitable tuviesen que buscar amparo en sus puertos, i aquello podria ser motivo, decia O'Higgins, "de quejas i reclamaciones de nuestra inhumanidad, perturbándose la paz que Su Majestad deseaba se conservase con la Inglaterra."

Si se concedia el ausilio, ningun buque ballenero traeria víveres de Europa, porque le sería mas fácil tomarlos en la América, todos los pedirian,

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