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el pasaje que acaba de leerse, advertia al duque de la Alcudia que el 11 de diciembre de 1794, habian entrado en el puerto de Coquimbo dos fragatas inglesas que habian pagado los víveres que pidieron "dinero contante acuñado en Lima el mismo año."

O'Higgins era un hombre que merecia ser virrei del monarca español, i éste hizo mui bien en elevarle a tan escumbrado puesto.

IX.

El presidente irlandes de Chile habia tomado, como se ha visto, todas las medidas imajinables para que no entrasen estranjeros por el lado del Pacífico. Pues otras parecidas habia tambien adoptado para que no entrasen por el lado de los Andes. Voi a copiar una de las circulares que se dirijian a los empleados que custodiaban los boquetes de la cordillera.

"Reservada.—Tengo motivos mui fundados para sospechar la introduccion por ese tránsito de jentes peligrosas; i es preciso por lo mismo que esté TJd. eon el mayor cuidado acerca de ello. Para que esta dilijencia tenga el efecto que deseo, es consiguiente que examinando Ud. con sagacidad, escrupulosidad i reserva el dialecto de todo sujeto que se le presente para pasar por ese puerto a esta capital, u otro destino del reino, su patria, la autenticidad de la licencia i permiso que traiga, sus baúles, maleton, i cuánta ropa i papeles en ellos se encuentren, me dé aviso cada ocho clias de todo pasajero que por él transite, intimando a todos de mi orden la necesidad precisa de presentárseme a su llegada con apercibimiento de que en caso de faltar a esta disposicion, se le pondrá por este solo hecho en arresto. Comunicolo a Ud. para su puntual i exacto cumplimiento, i me dará luego aviso de su recibo. Dios guarde a Ud. muchos años.—Santiago, 9 de abril de 1795.—Ambrosio O'IIiggins Vallenar.—Al Guardia Mayor del ca^ mino principal de la cordillera."

Los bandos de O'lliggins habian infundido tanto terror en los habitantes, que cuando se divisaba en la costa algun estranjero, aunque viniese de paz i sin armas, todos huian despavoridos, como si vieran al diablo, o al espectro de la muerte..

X.

En la víspera do la revolucion de la independencia, el 28 de noviembre de 1809, el presidente don Antonio García Carrasco ordenó que se espulsara de Chile a todos los estranjeros que careciesen de permiso para residir en el país.

Solo podian permanecer, aun cuando no tuvieran licencia, segun Carrasco» l9 los que estaban casados i con hijos; 2r los solteros de buena conducta que fueran católicos, i que tuvieran veinte años de residencia; 39 los que ejercieran algun oficio mecánico de conocida utilidad; i 4? los que por la vejez o las enfermedades estuvieran imposibilitados de partir, a todos los cuales se les concedia un plazo para que impetraran carta de naturaleza conforme a la lei, debiendo prestar juramento solemne de guardar fidelidad al rei de España.

Los demas debian salir sin remision, cosa que mas tarde o mas temprano habrian tenido que hacer muchos de los esceptuados, porque era evidente que carecian de algunos de los numerosos requisitos prefijados por la lei para obtener aquella gracia.

De Un censo que se levantó en tiempo de Carrasco resultaba que entonces habia en Chile setenta i nueve estranjeros, los cuales no vivian reunidos en un solo punto, sino esparcidos a grandes distancias. Entre éstos, solo cuatro no eran católicos, pero uno de ellos estaba dispuesto a convertirse.

XI.

Este sistema "de restricciones i de prohibiciones estupendas para mantener completamente aislado del resto del mundo un continente tan vasto i lejano como la América dió oríjen a falsificaciones que fueron el escarnio de las disparatadas pretensiones de la metrópoli.

Durante toda la guerra de sucesion, al principio del siglo XVIII, un español llamado don Fernando de Gruzman, que tenia la habilidad de imitar' con la mayor perfeccion la firma del rei i de los ministros, ganó su vida en Lóndres, espidiendo' falsos permisos a naves extranjeras para que lie1-' vasen mercaderías a los dominios hispano-americanos.

Tales permisos fueron obedecidos sin dificultad por los gobernantes coloniales que no descubrieron el engaño.

Esto duró cuatro años, hasta que el duque de Osuna, embajador español en la corte de Lóndres, a cuyas manos fué a parar por casualidad uno de aquellos documentos apócrifos, lo remitió a Felipe V.

Era una cédula enteramente igual a todas las de su clase, en la cual se habia supuesto la firma del rei i la de su ministro don Juan de Elizondo, i ademas la certificacion i firma del embajador franees en Madrid, el marques de Bonac; i por la que se concedia licencia a un buque ingles, cuyo nombre i el de su capitan estaban en blanco, habiéndose tambien dejado hueco para espresar el porte, "a fin de que pudiese ir libremente de Inglaterra a cualquier punto de las Indias con todo jénero de mercaderías i tejidos, pagando los derechos establecidos segun su calidad, i sacando en retorno frutos i jéneros de ellas de los que tuviese por mas convenientes."

El rei, al poner el hecho en noticia de sus gobernantes coloniales, les recomendaba, como debe presumirse, que no volvieran a dejarse sorprender por semejantes fraudes (1).

XII.

El sistema tan tenazmente seguido por la metrópoli de rechazar a los estranjeros de sus dominios coloniales produjo para éstos las mas funestas consecuencias. La España no tenia ni poblacion ni industria que darles, i sin embargo rechazaba a los estranjeros, que eran los únicos que podian traerlas.

Un alto funcionario en el reinado de Fernando VI, don Bernardo Ward, reconocia que uno de los principales males que aquejaban al nuevo continente era la falta de habitantes. ¿Quereis saber cuál era el medio que proponia para subsanar el inconveniente? Vais a verlo.

"Hai en España ciertas clases de j entes, dice, que sería ventaja para el reino limpiar el estado de ellas; hablo de los jitanos, que no tienen morada fija, ni industria alguna; de los facinerosos que

(1) Real Cédula espedida en Madrid a 28 de octubre de 1713.

se envían de por vida a los presidios; i de las mujeres públicas incorrejibles que introducen la corrupcion." Pues bien, el señor Ward proponia que se limpiase la Península de estas inmundicias, i se las arrojase en la América, como si esta fuera un basural.

Por lo que toca a la cuestion de saber sí convenia o nóla admision de estranjeros católicos en las colonias, "como el asunto es tan arduo i dudoso, dice, solo me adelantaré a esponer los principales argumentos que- se pueden alegar a favor i contra esta idea;" lo que indica, sea dicho en su honor, que Ward no abrigaba opiniones mui ortodojas sobre el particular, cuando encontraba la cuestion dudosa, i no la resolvía terminantemente en contra, como lo hacia la inmensa mayoría de los españoles; i no podia ser de otro modo, porque Ward era irlandes, sin que esto impidiera que fuese un leal servidor de la España (1).

La metrópoli no atendía en esta materia a la razon.

Con tal de que los estranjeros no-sacaran riquezas de la América, se conformaba con no sacarlas ella tampoco, i con mantener pobres i desiertas estas vastas comarcas, que estaban llamadas a tan altos destinos.

Ademas, el gobierno peninsular estuvo siempre persuadido de que la introduccion de estranjeros sería la ruina de] sistema colonial.

I francamente en esto quizá no andaba descaminada.

Un réjimen tan absurdo como aquel no podia soportar la comparacion con los mas razonables establecidos en otros países, que los estranjeros no

(1J Ward, Proyecto Económico, parte %\ cajíjailo lft.

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