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la impía, la cismática, habia reconocido a la faz de las naciones, en un edicto de 1595, que el mui invicto i relijioso Felipe II poseia mas riquezas, mas coronas, mas reinos, mas pueblos de los que jamas habia poseído ningun príncipe cristiano.

La monarquía española, era, pues, un pedestal demasiado colosal para que el monarca absoluto que habia asentado sobre él su trono no fuese mucho mas que un simple mortal.

I en efecto, era considerado el lugar-teniente de la Divinidad en este mundo.

Los autores españoles proclamaban con todas sus letras i en todos los tonos, en latin i en castellano, en prosa i en verso, que Dios (a quien todo pertenece, i por quien los reyes reinan) se habia reservado para sí el gobierno del cielo, i confiado a Felipe II, como a vicario suyo, el gobierno temporal de todo el orbe.

. Era esta una justa recompensa debida a tantos i eminentes servicios.

Nunca desde la creacion, bajo los auspicios de ningun otro soberano, se habian descubierto, esplorado i entregado a la civilizacion tantas rej iones ignoradas de los hombres, ni se habia abierto mas ancha puerta para emprender nuevos descubrimientos i nuevas esploraciones.

Por sus desvelos i piedad jamas .desmentida, habia traído en un solo siglo al regazo de la verdadera iglesia de Cristo mas naciones que las que se habian convertido en casi todos los siglos anteriores juntos.

De este modo, cuando en Europa el imperio de la fe se disminuia bajo los golpes de la herejía luterana, el monarca que merecia el título de católico ensanchaba hasta las estremidades de la tierra el imperio de la Santa Sede, i le compensaba con exceso, a lo ménos en cuanto al número, las pérdidas que ella habia esperimentado.

No era estraño que en ambos mundos, en Europa i en América, los súbditos españoles entonasen un coro unísono i retumbante de hiperbólicas alabanzas en honor de un soberano tan predilecto de Dios, i en honor de sus ascendientes que habían preparado tantas grandezas, i de sus descendientes que habian de continuarlas. ¡Gloria a Dios en las alturas, i en la tierra al Rei de las Españas i de las Indiasl Este era el estracto del himno universal espresado en las estrofas del poeta, en las narraciones del historiador, en los comentarios del jurisconsulto, en las sumas del teólogo,

III.

juzgo oportuno mencionar especialmente, entre cien otras, una obra voluminosa, donde los aficionados a las curiosidades históricas de este jénero pueden encontrar redactadas en elegante latin, clasificadas i detalladas un gran número de lindezas por el estilo.

Esa obra es la titulada: Be Indiarum Jure, dve De Justa Indiarum Occidentalium Inquisitione, Ac quisitione et Retentione por el doctor en ambos derechos don Juan Solórzano Pereira.

I cito este libro con preferencia a otros, no sin motivo.

Solórzano Pereira. su autor, fué un distinguido catedrático de la universidad de Salamanca, insigne humanista, i lejista mui esperto en las letras sagradas i profanas; que sabía de memoria los poetas clásicos, los historiadores nacionales, los espositores de las leyes i los padres de la iglesia. Residió no ménos de diez i ocho años en Lima, de cuya audiencia fué oidor, i volvió a España para ser, primero fiscal, i despues miembro del consejo de Indias. Terminó sus dias respetado i consultado de todos, venerándose en él al sabio eminente que con la pluma habia dado fin a la empresa de someter el nuevo mundo a los reyes de España, que los descubridores i conquistadores habian comenzado con las armas (1).

La famosa obra Be Indiarum Jure, cuyo primer tomo apareció el año de 1629, i el segundo, el de 1672, fué respecto de la dominacion española en América, lo que los Comentario» de Blackstone son todavia respecto de la constitucion inglesa: un libro clásico, que todos los que tomaban una parte cualquiera en la direccion de los asuntos coloniales, sea en la Península, sea en el nuevo continente, tenian a la mano, i consultaban, si deseaban acertar i comprender bien la lei.

Solórzano Pereira dijo, pues, la última i magistral palabra en la materia; i no es menester hojear mucho, aquel singular tratado del error i debilidad humana para notar que esa palabra era la idolatría mas sumisa i rendida a la persona del monarca.

El erudito espositor del derecho indiano habia demostrado por medio de disertaciones jurídicoteolójicas, cuyos razonamientos aparecian comprobados i amenizados con citas históricas i literarias, esa misma semi-divinidad del rei que Arjensola habia ensalzado en sonoros versos, i que Lope de Vega i Rojas habian representado en dramas conmovedores.

(1) Nicolas Antonio, Biblwiheca Hispana.—Loon Pinelo, Biblioteca Oriental i Occidental.

IV.

El monarca habia llegado a ser un verdadero ídolo que desde su trono rejia dos mundos.

I por cierto que los fundamentos en que se apoyaban los subditos españoles en uno i otro hemisferio para persuadirse de que Su rei i señor era un ser privilejiado que habia recibido un mandato especial de Dios para gobernarlos merecen llamar la atencion.

Los eruditos, ansiosos de enaltecer de todos modos la majestad real, habian escrito prolijas i sutiles disertaciones para demostrar que Isaías i otros profetas habian anunciado de antemano por inspiracion divina el descubrimiento, ocupacion i conversion al catolicismo de la América por doña Isabel i don Fernando i sus sucesores; i lo que todavía es mas particular, que ciertos vaticinios de la sibila de Cumas versificados por Virjilio en la cuarta de sus églogas predecian igual cosa.

Sin duda ninguna, que si Cristóbal Colon no hubiera tenido otros datos para concebir su atrevido proyecto, que las frases citadas de los profetas i del poeta latino, no habria intentado llevarlo a cabo.

Pero eso no impedia que ellas fueran consideradas un argumento decisivo e incontrovertible por personas que se proponian buscar, no la verdad, sino razones para probar un dogma previamente admitido.

El sabio Solórzano, haciéndose cargo de esta objecion, la resuelve con un candor admirable.

Suele Dios, dice, anunciar con mucha anticipacion lo que ha de acontecer, pero ocultándolo en la oscuridad de las palabras de sus profetas, que solo despues de los sucesos vienen a arrojar urna, luz-im> prevista.

V.

Pero mas claros que las frases tenebrosas i ambiguas de los profetas i de la sibila de Cumas eran los numerosos prodijios que en toda la estension de la América habian predicho la llegada de los españoles i todo lo que a ella siguió.

En efecto, los historiadores primitivos consignan las tradiciones de los indijenas segun las cuales habian ocurrido sucesos portentosos' i estraordiharios que vaticinaban su sometimiento a un Dios i a un rei superiores-.

En Europa, el Señor del cielo habia proclamado por la boca de sus profetas i de la sibila que los españoles subyugarian el nuevo mundo, i lo convertirian al catolicismo. En América, el demonio, por boca de los oráculos i de los hechiceros,, habia anunciado igual noticia.

Portentos análogos habian temtto lugar en las Antillas, en Méjico, en el Perú, en todas partes.

Era eso-lo que/ habia impedido a los indijenas resistir con firmeza a los invasores.

Así puede leerse en Herrera, en Torquemada, ent Acosta, en muchos de los otros autores quecons-' tituian la lectura común i frecuente de las personas ilustradas era América.

¿Cómo dudar entonces de que Dios hubiera encargado especialmente la conversion i gobierno del nuevo mundo al rei de las Españas e Indias?

Dios, por el órgano de los profetas i de la sibila, con siglos de anticipacion; i el demonio, por el órgano de los oráculos i hechiceros^ con años i aun solo con meses de anticipacion, habían predicho

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