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El obispo San Miguel anunció a los imperialenses la verdad, porque aquella imájen fué su sal

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Los indios habian dado repetidos i vigorosos asaltos a la ciudad, i habian puesto fuego a los edificios, el cual los españoles habian apagado con suma dificultad.

Ademas, de antemano les habian cortado el agua, desviando el curso de un rio de donde la sacaban.

Los españoles agotaron para estinguir el incendio toda la provision que a prevencion habian acopiado.

Como los araucanos lo supiesen, cercaron desde lejos la ciudad, i aguardaron confiados que la terrible sed produjera su efecto.

Los sitiados esperimentaron pronto todas las angustias de tan desesperante situacion.

En sus congojas, imploraron el favor de Nuestra Señora de las Nieves, cuya bendita imájen saa caron en solemne procesion por las calles i plazas.

Todo el vecindario acompañaba las andas, compunjido i lloroso.

Mientras tanto, el cielo aparecia limpio i sereno.

Pero antes de que la procesion volviera à entrar en la iglesia, se levantó de repente en el horizonte, una nube, que fué cubriendo rápidamente el firmamento, i que descargó una copiosa i larga lluvia.

El agua principio a caer tan a torrentes, i tan de improviso, que los vecinos para que la santa imájen no se mojase, tuvieron que cubrirla con sus capas.

Esta lluvia fué tan benéfica para los cristianos, como perjudicial para los indíjenas, cuyas turbas

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desbarató obligándolos a ir a buscar a lo lejos un refujio contra el furor de los elementos.

Sin embargo, el enemigo no tardó en: tornar a sus puestos, i en restablecer el estrecho sitio de la ciudad.

Habiendo los espaitoles vuelto a soportar las congojas de la sed, imploraron por segunda vez el socorro de Nuestra Señora de las Nieves, i por segunda vez se renovó el prodijio que queda mencionado.

Todavía faltó el agua en una tercera ocasion.

Los imperialenses pasaron tres dias completos: sin tener que beber..

"En este riguroso aprieto, cuenta el padre Ovalle, no tuvieron otro remedio que volver los ojos a la que tiene siempre los suyos sobre los aflijidos que invocan su favor; corrieron todos a su santa imájen; i la lengua seca, hablando mas i. persuadiendo mejor con su manifiesta necesidad, que con. sus palabras (porque apenas podian rodearla dentro de la boca para articularlas) se arrojaron a sus. piés, sacáronla en procesion, i cantándola sus letanías en voz alta, si bien ronca i seca, i mas como, de quien está espirando, que de quien pide, i procura el remedio de su vida, acompañando su canto, en vez de instrumentos músicos, los clamores i llantos de las mujeres i niños, que, como ménos sufridos hacian mas lástima, i manifestaban. mas vivo su trabajo i aprieto, llegaron con la san. ta imájen a un pozo (que solo tenia la figura de: haberlo sido), seco i cubierto de tierra, i pusieronla sobre el brocal pidiéndola misericordia..

"Clamaban todos; i con sus ojos hechos fuentes de lágrimas, enternecieron a la que lo es de piedad i amor a convertir aquel duro suelo en otros tantos manantiales, cuantos fueron los casos de agua

que in: la lengua secaanifiesta necesiddearla den

dulce, fresca i cristalina, que comenzaron a brotar a vista de aquel pueblo. ¿Quién dirá las ansias con que se arrojaron todos a estas fuentes a recrearse i mitigar su sed? Unos besaban el suelo sobre que esta santa imájen estaba puesta; otros corrian atropellándose unos sobre otros; i mezclando la bebida con lágrimas que vertian de devocion, aclamaban a esta benignísima señora, dándole infinitas gracias por tan liberal beneficio. Ultimamente cantándola himnos i alabanzas, la volvieron a su altar, a donde acudian todos mas confiados que nunca por el remedio de sus necesidades i trabajos,"

Como sucede en los casos de esta especie, si los sitiados sufrieron la sed, soportaron tambien el hambre.

El sitio tenia intermitencias, aflojándose, o suspendiéndose por dias; pero aun en estos casos, los indios, sin alejarse mucho, proseguian en los lugares circunvecinos sus correrías hostiles, lo que fué causa de que las provisiones comenzaran a escasear, i al fin se concluyeran del todo.

Pero la que les dió agua, les dió tambien pan,

“El gobernador de la ciudad, dice el jesuita Oliváres, destacó cincuenta hombres al mando de Francisco Galdámes para que buscase alguna provision en las casas i repuesto de los indios; mas poco trecho habian andado cuando cayeron sobre ellos los enemigos en número tan superior, que lo mismo fué atacar a los españoles, que herir a casi todos i dejarlos en total inaccion, como inundados de olas de combatientes. En este punto, Galdámes, que era hombre piadoso i de mucha fe, mandó a sus soldados que se encomendasen a María Santísima de las Nieves con segura esperanza que los habia de sacar de aquel aprieto: así lo hicieron los soldados, i comenzaron a torcer para la ciu

dad. Mas sucedió, caso maravilloso, que los indios que estaban unidos se dividieron en dos trozos, dejando el paso franco a los españoles; i lo que es mas, sin hostilizarlos, ni aun con la grita, como venerando a un númen superior, i embargados de fuerza oculta. Maravilla igual a la de separarse las aguas del mar Rojo. Fue uno de los de esta faccion, Diego Venégas, i por eso, ocular testigo del prodijio, que lo declaró con juramento años despues en la Concepcion, en circunstancia que administraba la hermandad de esta milagrosa imájen, Juan Palomino, i a pedimento suyo.”

Como por el motivo espuesto, Galdames hubiera traído mui pocos víveres, segun unos; o no hubiera traído ningunos, segun otros, Nuestra Señora de las Nieves hizo caer en la ciudad bandadas de aves mansas, que se dejaban tomar a mano, i que proporcionaron a los habitantes un sabroso alimento.

Los sucesos raros i portentosos no se limitaron a los mencionados, por muchos i admirables que éstos fuesen.

Acaba de leerse que el cronista Olivares alude a una informacion en que intervino el capitan Diego Venegas. El padre Ovalle ha conservado las siguientes palabras testuales de este testigo:

“Otros muchos milagros obró Nuestro Señor, patentes i claros, en la ciudad de la Imperial, por medio de esta gran señora nuestra, los cuales estaban tomados por fe i testimonio, i guardados en su archivo; pero como se sacaron dél, cuando se perdió, i se llevaron de una parte a otra, se perdieron juntamente los papeles auténticos, i memorias de tan grandes maravillas, porque el furor de los indios no nos dió lugar a librarlos. En particular, esperimentamos estos favores, cuando venía gran junta de indios a llevarse determinadamente la ciudad, porque luego íbamos todos al remedio, que era valernos del amparo de nuestra soberana protectora. Aconteció muchas veces, hallándonos en grande aprieto, mostrarse visiblemente a los indios, i mandarles que no hiciesen mal a la ciudad, i que se volviesen a sus tierras; i ellos, sin poder hacer otra cosa, obedecer a su mandato, i levantar el cerco, i vol. verse a sus casas como corderos, los que habian salido de ellas como lobos hambrientos. Así lo refirieron los mesmos indios muchas veces, diciendo que una señora, acompañada de un español viejo, que andaba en un caballo blanco (que a lo que siempre se colijió era el señor Santiago, patron de la cabeza de aquel reino, i de todo él) los hacía volver huyendo a su tierra.”

A pesar de una proteccion tan declarada de la reina del cielo, los indios no cesaban de tener mui amagada a la ciudad, sea vagando en cuerpos numerosos por sus alrededores, sea poniéndola en estrecho cerco.

Los acongojados imperialenses resolvieron construir como pudiesen una pequeña embarcacion para enviar a pedir ausilio a Valdivia, que era la poblacion mas próxima.

Pero habiéndose puesto a la obra, i habiendo sa

cado tablas hasta de las puertas i mesas, notaron con sin frete profundo pesar que carecian de uno de los materia

les mas precisos: la brea o alquitran para la carena.

A álguien se le ocurrió entonces que podia ser reemplazado por la pez de los cueros de vino.

Sin pérdida de tiempo se pusieron a reunir cuantos habia en la ciudad.

Estaban reservados seis cueros de vino para las necesidades del culto.

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