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cautivos, que entonces lo eran del enemigo, todos los cuales i los demas, así cautivos, como naturales de aquella tierra, añaden que fué en tanta cantidad la piedra que arrojó el volcan, i tan encendida, i tanta la multitud de ceniza ardiendo que cayó en el rio de Alipen, que ardian las aguas de manera que cocieron cuánto pescado habia en él; i corriendo su raudal hasta juntarse con el rio de Tolten, que es mui grande, le calentaron, i hicieron hervir sus corrientes, causando los mismos efectos desde que se juntaron los dos rios hasta la mar; de suerte que por tiempo de cuatro meses, ni se pudieron beber sus aguas, ni probar el pescado, que muerto dió en sus playas, i marjenó sus riberas, por el mal olor i sabor que el azufre les daba; i lo que no menos espanta, con la abundancia de ceniza i piedras que el volcan arrojaba, rebalsaron estos rios, i rebozaron sus corrientes tanto, que llegaron sus aguas espesas como argamasa, a innundarles sus campos, hasta entrarseles por las puertas de sus casas, con tenerlas situadas en lomas, laderas i sitios eminentes.

“Prosiguió el fuego del volcan con tal teson i violencia, que partió por medio el cerro, por donde abrió boca cuando reventó, dejándole dividido en dos pedazos, el uno que cayó a la parte del oriente, i el otro a la del occidente; i la laguna de la Villarrica creció hasta derramarse por los campos, inundando las tierras i pueblos de los indios, que huyendo de la furia con que se les entraban por sus casas, no paraban hasta ganar las cumbres de los montes, donde aun se hallaban mal seguros de tanto peligros. Ni aumentó poco su pavor i miedo la espantosa vista de un árbol que vieron correr sobre las aguas tan sesgo i derecho, que no lo estuviera mas asido de sus raíces a la tierra que le produjo. Iba

todo él ardiendo, i en su seguimiento una bestia fiera, llena de hastas retorcidas la cabeza, dando espantosos bramidos i lamentables voces, vision que dió motivo a la contemplacion piadosa a interpretar por ella aquel monstruoso animal que vió San Juan en su Apocalisi, en quien reconocen los escritores sagrados a la jentilidad, idolatría i deshonestidad, que tan arrraigada está entre estos indios. Con que parece podemos esperar en la Divina Misericordia se ha llegado ya el tiempo en que por medio de predicadores apostólicos, por quien clama ya este jentilismo, quiere que sea desterrada a despecho suyo esta bestia, que ha tenido tiranizada a su Dios i a su Rei esta tierra; i dando voces por verse desalojada i lanzada de su antigua posesion, abriendo el abismo su boca, la trague i consuma despedazada entre los dientes de sus furiosas olas i encendidas corrientes.

“Estas son las señales que parece ha dado el cielo (i así lo interpretan los indios refiriéndolas con tan gran pavor, temblor i conmocion de sus ánimos, que mudan semblantes, alteran la voz, i tiemblan de admiracion i espanto) de que quiere Nuestro Señor rindan ya su cuello al suave yugo de su cruz i lei evanjelica por medio de la obediencia i sujecion a nuestro católico rei” (1).

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El precedente bosquejo de la leyenda de la conquista de Chile está apoyado, como puede haberse observado, en la autoridad de cronistas nacionales, militares i eclesiásticos, pertenecientes a diversas épocas, los cuales a su turno se refieren al testimo

(1) Ovalle Historica Relacion del reino de Chile, libro 7, capitulo I.

nio de documentos auténticos i de declaraciones de toda especie de personas.

Era, pues, jeneral i arraigada la opinion de que Dios habia favorecido a los reyes de España con una intervencion directa, i con milagros, para la ocupacion del nuevo mundo.

En toda la América Española sucedia lo mismo que en Chile.

Admitida una creencia semejante, no puede causar ninguna estrañeza el que despues de la majestad divina, se colocara la majestad real.

A la primera, pertenecia el cielo; a la segunda, por delegacion, la tierra.

CAPITULO III.

EL CULTO DE LA MAJESTAD REAL.

El paseo del estandarte-El sello real-Los acontecimientos domésticos de la familia real.-El retrato de Fernando VII en la Serena.

El vasallaje que sus súbditos de las Españas i de las Indias tributaban al monarca era una especie de adoracion.

La idea que tenian de su grandeza no podia ser mayor.

Quiero limitarme a citar algunos ejemplos de ello tomados de los escritores chilenos.

Felipe II es la musa a quien Ercilla invoca en la Araucana.

Pedro de Oña, el primer poeta nacido en suelo chileno, en su poema titulado: Ignacio de Cantabria, se prosterna ante Felipe II, .

A quien por Dios de la prudencia
Prestar adoracion pudiera el mundo,
Si a mas de un Dios prestara reverencia;

llama ánjel rei a Felipe III; i ensalza el grave seso de Felipe IV,

Que diestro' gobernador dos mundos puede.

Dios, segun el jesuita Ovalle, habia creado ex profeso la América para el rei católico, a fin de estender por este medio su monarquía, i añadir a su real corona las almenas de tantos i tan poderosos reinos e imperios, como los que en este nuevo mundo le habia dado (1).

Bascuñan llama en el Cautiverio Feliz a Carlos II "nuevo sol que nos alumbra, recto juez que nos encamina, i padre piadoso que nos alimenta” (2).

El célebre obispo Villarroel, el autor del Gobierno Eclesiástico Pacífico, tiene a grande honra el reconocerse i proclamarse sumiso vasallo del rei, ponderando el afecto i la gratitud que le profesa (3).

Esta creencia en lo que puede llamarse el dogma de la majestad real se traducia naturalmente en un culto tan reverente, como el que se prestaba al mas santo de los objetos de la relijion. .

La lei habia fomentado con especial esmero esta devocion a la dignidad real, creando signos i actos de deferencia que fortificasen en los ánimos de los poderosos i de los humildes, en el pueblo entero, la veneracion al amo i señor.

La mas antigua en Chile de las ceremonias a que aludo fué el paseo del real estandarte, que se

(1) Ovalle, Histórica Relacion del reino de Chile, libro 4, capítulo 4, i libro 8, capítulo 3.

(2) Bascuñan, Cautiverio Feliz, discurso 5 , capítulo 26.

(3) Villarroel, Gobierno Eclesiástico Pacifico, parte 1. ", cuestion 1.3 , artículo 8.

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