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que descansasen un poco, mandándoles matar unas ocho ó diez reses de la tropa que estaba encerrada en el corral, porque de los pastores no pareció ninguno, y que diesen tambien de comer y de beber á los caballos. Digéronnos los Genoas, como parte de los enemigos, parece habian cogido hacia nuestro real, con que fué preciso volver atras para atender á su resguardo, y así marchamos luego despues de haber comido la gente. Llegamos á Gena, al anochecer, donde hallamos ya á toda nuestra gente y á la de las dos tropas que se habian juntado: el tercio del Portugues no fué á la otra rancheria de la laguna de la Centella, porque la espia que despachó el dia antes el maestre de campo, volvió diciendo no estaban ya los infieles en dicho parage.

Esa tarde, viniendo caminando se descubrieron unos ginetes; fueron algunos Guenoas á reconocerlos, eran tres infieles de los enemigos que se pusieron en huida, pero alcanzáronlos, y de los tres los dos se escaparon, el uno herido de un flechazo; el tercero lo cogieron, y, maniatado, le preguntaron que era lo que buscaba. Dijo, que habian venido á hurtar caballos de la tropa de los españoles, y que por haber hallado allí los soldados se volvian. Preguntaronle mas, quien les habia avisado que íbamos nosotros; respondió que a media noche llegó un español barbon, amulatado, y les avisó: habiendo declarado esto le mataron.

Era este indio su predicante y adivino. Concuerda esto con lo que despues nos digeron unos indios Chanás que se hallaron en dicha tolderia cuando nosotros fuimos á avanzarlos. &.

El dia de nuestro Santo Apóstol San Francisco Javier, llamó el maestre de campo á los españoles, y nos envió tambien á llamar á nosotros, y preguntó donde podiamos ir á dar algunos dias de descanso á los caballos, y juntamente esperar á los Guenoas que dijeron querian ir á mudar caballos, que tambien los tenian rendidos, y traerian mas gente, y así, que les digésemos donde nos hallarian, &. Todos fueron de parecer nos retirásemos de la costa del Uruguay al paso que llaman de Vera, donde habia buenos pastos, segun nos informaron los españoles de las tropas, que distará diez ó doce leguas de Gena, donde nos hallabamos. Deste parecer fueron todos, menos uno que dijo volviesemos á Calá donde estaba la tolderia desamparada y proseguir la marcha por la costa del Gualeguay ; pero, todos, hasta los indios se opusieron a este parecer, por no haber agua sino en dicho rio, ni pastos sino en el monte, que es mui grande, ni vimos una vaca en todas aquellas pampas. Ejecutóse el primer parecer en que convinieron todos, como dige, y habiendo hecho pié en dicho paso de Vera, cuatro ó cinco dias, esperando, visto que no venian los Guenoas, ni habia esperanza que volviesen, por lo que digeron los Guenoas cristianos que vivieron en los de San Borja, que omito por no importar ni hacer al caso. Al quinto ó sexto dia se movió el real para el rio que llaman los indios Yaguari-guazúi que es el mismo que dige arriba llaman los españoles Gualeguay, chu, donde llegamos el dia diez y ocho de diciembre.

Aqui nos alcanzó don Estevan Marcos de Mendoza vecino de Santa Feé, que venia despachado por el cabildo de dicha ciudad de Santa Feé con un auto del teniente de dicha ciudad don Martin de Barrua contra el maestre de campo Francisco Garcia de Piedrabuena, en que le mandaba, pena de seis mil pesos, no prosiguiese la guerra ; y habiendo respondido el maestre de campo, no conocia por su superior en esta causa á dicho teniente, por estar inhibido de las justicias mayores y menores, cabildos, &, por el Señor gobernador don Baltasar Garcia Ros, por auto que intimó en Santa Feé en debida forma á dicho

señor teniente, y ovedecido por su merced. Con esto se volvió dicho juez comisionario con toda su comitiva.

Al otro dia pasamos el rio con pelotas, por no poderse vadear ; esa tarde vos llovió, aunque no mucho, y no caminamos; el dia siguiente llegamos al parage donde estuvo el pueblo de los Channs, y ahora suele estar habitado de los Machados, que es la parcialidad mas numerosa de los Charrúas, y no hallamos á nadie. El dia veinte y tres nos llovió y no pudimos caminar. El veinticuatro descabezamos otro rio que llaman Aycan, y dormimos de la otra banda. El dia veinticinco, despues de haber celebrado las misas de la Natividad del Señor Dios recien nacido, proseguimos caminando, y á poço trecho nos salieron al encuentro los enemigos en número de doscientos quince, segun los que allí se mostraron en forma de guerra, conforme á su usanza. Prevínose tambien nuestra gente. El maestre de campo llamó á los cabos principales de los infieles. A los Machados, por ser gente pacífica, les dijo se retirasen, y á todos generalmente les requirió de parte y en nombre de S. M. se entregasen y rindiesen las armas, que no se les haria daño' ni hostilidad alguna, y en conformidad de lo que en su despacho le man laba el señor gobernador irian con él á Buenos Ayres, y que los que no estuvieren culpados, probando su inocencia, serian sueltos, &. Este requerimiento les hizo por dos ó tres veces, mandando tambien que se les leyese el despacho de S. S. por hallarse entre ellos uno mui ladino, que hablaba el castellano tan bien como nosotros, porque diciéndole al maestre de campo, uno de los nuestros, que se cansaba en vano, porque el indio no entendia palabra, de lo que se le decia, respondió él con mucbo orgullo, que sí lo entendia todo mui bien. Pidiéronle los caciques al maestre de campo les diese un poco de yerba

y un pedazo de tabaco; repartioseles entre todos como dos ó tres libras, y otros dos ó tres manojos de tabaco. Ultimamente digeron que se les diese esa noche de tiempo, para que se hablasen, y que por la mañana volverian con la respuesta y última resolucion. En esto quedaron, y le dieron la mano al maestre de campo. Con esto se retiraron, y nosotros, por ser ya tarde y tener allí comodidad de agua y pasto, formamos nuestro real.

Esa noche anduvieron con gran voceria al rededor del real, pero á lo lejos, como tres cuadras, sin acercarse. Los españoles y todos los indios pasaron la noche con las armas en las manos hasta que cesó la griteria y bulla. La respuesta que dieron por la mañana fué presentarse en forma de guerra, y á un indio de San Carlos que se adelantó un poco fuera del real, le avanzaron, pero él los recibió con valor, y al que venía por delante le atravesó con la lanza, de parte á parte, inetiéndosela por los pechos.

El infiel con el dolor y ansias de la muerte, agarró con ambas manos el asta de la lanza, tan fuerterneute que no se la pudo arrancar, y de esa suerte cayó muerto por las ancas del caballo : sacó entonces un famoso alfange que traia, y á otro infiel que se le acercó le dió una valiente cuchillada en la cabeza, derribándole el pellejo sobre la oreja pero no se vió si fué con casco ó solo el pellejo.

A esta sazon le cercaron otros, pretendiendo desarmarle, como lo hicieron, quitándole el alfange, jaquima y freno. A este tiempo vino otro por un lado, y diciendo: este es que mató á Carabí, agora lo pagará, y le dió una lanzada debajo del brazo izquierdo, por donde respiraba, y otro un flechazo debajo del lagrimal del ojo derecho, y le hubieran acabado sino hubiera habido gente en su socorro; el caballo que se vió suelto dió á huir á todo galope bacia donde estaban sus compañeros, y sacó á su amo de entre sus enemigos. Con esto se declaró la guerra ; anduvieron ellos haciendo algunos escaramuzas, pero á lo lejos, sin atreverse á llegar á tiro de escopeta por miedo de las balas; no obstante salieron heridos dos ó tres de ellos, y de los nuestros solo el dicho carlista, que vive aunque no ha acabado de sanar.

Retiráronse, y nosotros fuimos siempre en su seguimiento, y á la tarde volvieron á mostrarse echando por delante una tropilla de toros para que nuestra gente se descompusiese, y ellos poderse desquitar; pero entendioseles su treta, y el maestre de campo mandó encaminarse el tercio á paso largo, para que los unos escoltasen á los que mataban los toros y los otros hiciesen frente al enemigo que se venia acercaudo, y trabando otra escaramuza lograron los nuestros algunos tiros buenos. Con esto viendo ellos que siempre llevaban la peor parte sin hacernos daño alguno, trataron de retirarse. Preguntó el maestre de campo al indio Ignacio, prisonero, que nos guiaba, si habia por alli cerca agua ; dijo que solo la habia en un arroyo que estaba distante tres leguas. Con esto determinamos alojar en el parage donde nos ballábamos, por haber agua y buen pasto para las cabalgaduras, que apenas habian comido en aquellos dos dias.

Proseguimos la marcha el dia siguiente, consagrado al glorioso evangelista San Juan, siguiendo al enemigo por su mismo rastro, el cual pretendió divertirnos dividiéndose en dos trozos, pero no logró su intento, porque advirtiendo el engaño, cogimos el rastro mayor atravesando unos esteros casi impenetrables, con agua á los pechos de los caballos, hasta salir á unas hermosas pampas con mucho pasto. Dos dias caminamos, sin sosegar nosotros ni dejarles sosegar á ellos, siempre sobre su rastro. Al tercer dia llegamos á un rio ancho y profundo, que pasamos

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