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DON DOMINGO AMUNATEGUI SOLAR

Escritor i servidor público, ha consagrado su juventud por entero a las letras i a las funciones del profesorado.

Siendo abogado i un consumado humanista, nu ha ejercido la noble profesion del foro ni se ha especializado en la cátedra universitaria, dedicándose con ahinco a las investigaciones históricas.

Hizo un viaje a Europa a estudiar los sistemas de enseñanza, del cual escribió un libro, Pájinas Sueltas, i una serie de cartas para La Epoca, de Santiago.

Descendiente de una ilustre familia de publicistas, heredó sus inclinaciones literarias, habiendo enaltecido su nombre en sus libros.

La serie de sus obras, El Instituto Nacional, Los Cuerpos Lejislativos, La Enseñanza del Estado, El sistema Lancaster, La Instruccion Secundaria, Don Perfecto Salas, Un soldado de la conquista, Títulos de Cas- , tilla, Don Francisco Solano Astaburuaga i otros, evidencian su espíritu laborioso, que encuentra natural esparcimiento en el estudio i el trabajo del pensamiento.

Con elevada correccion i competencia ha desempeñado los puestos de Decano de la Facultad de Humanidades, Secretario Jeneral de la Universidad, Director del Instituto Pedagójico i Ministro de Justicia e Instruccion Pública, cooperando al progreso intelectual del pais.

Copiamos un capítulo de su libro relativo a don Francisco Solano Astaburuaga.

La Literatura Chilena

La historia literaria de Chile comprende dos períodos perfectamente marcados: el de la Colonia, se estiende desde mediados del siglo XVI hasta principios del XIX; i el de la República, que abarca cien años, mas o menos.

Nuestra literatura colonial nos ofrece un cuadro del mayor interes, pues da a conocer no solo el grado a que llegó en aquella época la cultura de este pais sino tambien su historia civil i militar.

Algunas de las obras escritas entonces se hallan consagradas esclusivamente a los indíjenas que habitaban nuestro suelo cuando fué conquistado por los españoles; i otras tienen por principal objeto la historia de las relijiones establecidas en Chile por los europeos.

Los libros de mayor importancia que se conservan de este período fueron concebidos i ejecutados por autores peninsulares.

En prueba de ello basta recordar La Araucana de don Alonso de Ercilla i Zúñiga i la Historia Je. neral del Reino de Chile por el padre don Diego de Rosales.

Joyas son estas dos que brillan aisladas, la primera en el siglo XVI i la segunda en el siglo XVII.

Aunque nuestro pais estaba mui lėjos de merecer la calificacion de las mas ignorantes entre las colonias españolas, como tantas veces se ha asegurado, la verdad es que la instruccion se hallaba mui poco difundida, aun en las clases superiores de la sociedad.

Así se esplica que mientras nos gobernaron los reyes de España no hubiera propiamente vida intelectual en ninguna de las poblaciones que reunian en torno de sus campanarios cierto número de familias distinguidas: ni en Santiago, ni en Concepcion, ni en la Serena.

No se conocieron en el período colonial las sociedades literarias, i las obras que, a costa de grandes esfuerzos i en el silencio de un gabinete, lograron ser terminadas, o bien han desaparecido, ya que no se sabe donde duermen, o bien solo han podido ser aprovechadas en nuestros dias.

Los autores de libros, criollos o europeos, se apresuraban de ordinario a mandar sus manuscritos a la corte, a fin de obtener licencia del rei para su impresion, i no comunicaban estas obras sino a contados individuos de su familia o de sus relaciones íntimas.

Raros fueron los trabajos de esta clase que alcanzaron la honra de ser publicados entonces en letras de molde, i mas raros todavía los que en hojas manuscritas pudieron ser leidos i aplaudidos, como El Cautiverio Feliz, por algunas docenas de personas intelijentes.

No existió, pues, en nuestra sociedad de los siglos XVI, XVII i XVIII esa influencia fecundante que en los paises mas adelantados ejercen espíritus sobre espiritus, doctrinas sobre doctrinas, ideas sobre ideas i que da orijen a la única comunion intelectual sólida i estable.

En este sentido puede afirmarse que durante la dominacion española nuestro pais tuvo escritores, pero de ningun modo una literatura nacional.

Los alegatos forenses eran de calidad inferior; i las obras teolójicas, como tratados especiales, sermones, pláticas, catecismos, novenas, se hallaron mui léjos de alcanzar ese refinamiento artístico que distinguia a las producciones del mismo jénero en Francia i en España.

Si algunas veces, por lo demas, se oyeron en el púlpito oraciones notables, éstas no han llegado has. ta nosotros.

La aseveracion de que en la capitania jeneral de Chile no existió una literatura propia, es susceptible, sin embargo, de dos restricciones que no carecen de importancia.

Una de ellas se refiere a las poesías populares, ya sean canciones, epigramas o narraciones en verso, las cuales nunca han faltado en Chile, i han ofrecido

tema de inagotable entretenimiento en todos los tiempos i en todas las clases de la sociedad.

No podria negarse que esta rama de la literatura, aun poco estudiada entre nosotros, encarna tan bien la indole del jenio i costumbres nacionales que en manera alguna es digna de menosprecio, i, por el contrario, merece toda la atencion que algunos espíritus investigadores empiezan a dedicarle.

La otra limitacion no tiene la amplitud de ésta, aunque si mayor trascendencia, puesto que recuerda la continua labor de la Compañía de Jesus desde su establecimiento en Chile a fines del siglo XVI hasta la espulsion de la órden en el último tercio del siglo XVIII.

Los padres jesuitas se inanifestaron verdaderos maestros en el estudio de las lenguas indijenas del pais i en la narracion de su historia política i relijiosa.

La lista de los escritores chilenos educados en los claustros de la Compañía es bastante larga.

Entre los mas distinguidos debe citarse a Pedro de Oña, a don Francisco Núñez de Pineda i Bascuñan, a Pedro de Córdoba i Figueroa, i a don Vicente Carvallo i Goyeneche, que no pertenecieron a la orden; i a los padres Alonso de Ovalle, Miguel de Olivares, Felipe Gomez de Vidaurre, Juan Ignacio Molina i Manuel Lacunza, todos nacidos en nuestro suelo.

Aunque esta literatura formada por la educacion aristocrática de los jesuitas podria calificarse como planta de cultivo artificial, se ha de reconocer que consta de una larga serie no interrumpida de obras escritas en el espacio de mas de dos siglos.

Todas estas obras, diversas a menudo por su for

ANTOLOJIA CHILENA

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ma i por su fondo, tienen, sin embargo, caracteres comunes i obedecen a una misma escuela.

En los otros institutos relijiosos del pais fueron mui poco numerosos los autores chilenos, i solo merecen recordarse los que siguen: entre los agustinos, frai Juan de Toro Mazote; de los franciscanos, frai Alonso Briceño; el mercedario frai Juan de Barrenechea; i el dominico frai Sebastian Diaz.

Por el contrario, la educacion dada en los convictorios de San Ignacio daria abundante materia a un libro voluminoso, i en una historia literaria de Chile la escuela de escritores formados en la Compañía seria digna de un capítulo completamente dedicado a ellos.

A pesar de las dos restricciones anteriores, puede insistirse con fundamento en que nuestro pais miéntras permaneció bajo el dominio de España no tuvo la gloria de producir una verdadera literatura nacional.

Ya se ha señalado una de las causas principales de semejante esterilidad: la falta de ilustracion.

Toca agregar ahora otra de las causas mas importantes de este fenómeno, cual fué, la esclavitud a que se hallaba sometido el pensamiento, bajo el doble yugo del despotismo político i del fanatismo relijioso.

Quien quiera estudiar a fondo este primer período de nuestra historia literaria puede hacerlo ahora con relativa facilidad. Una biblioteca especial ha sido consagrada a la publicacion de la mayor parte de las obras compuestas durante la colonia, i un distinguido escritor, don José Toribio Medina, ha dado a luz, hace mas de veinticinco años, una estensa memoria en tres tomos, premiada por la Universidad, sobre esta época antigua de nuestra literatura.

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