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tendencia que nuestros gobiernos han venido desarrollando en esta materia desde 1876 á la fecha, y cuyo principio fundamental se cifra en un monopolio de hecho de las comunicaciones telegráficas en manos del Gobierno federal.

Este monopolio, que no está, como el de correos, sancionado por nuestra Constitución política, fué creándose años atrás al amparo de las líneas federales construídas en la parte menos poblada de nuestro territorio, que poco á poco se fueron extendiendo a los centros poblados y haciendo á las empresas particulares, que primero habían establecido el telégrafo, una competencia cada vez más efectiva, hasta que acabaron por absorberlas. Hubo esto de verificarse sin protestas ni grandes resistencias, porque tales empresas particulares se habían reembolsado con creces de su primitivo capital, y acaso porque el advenimiento de los ferrocarriles, que en un principio hicieron también el servicio telegráfico del público, les hizo temer una competencia que á la larga habría de serles funesta.

Sea como fuere, la política, que llamaremos restrictiva, de nuestros gobiernos se acentuó francamente con la ley de 8 de Diciembre de 1880, que declaró sujetas a las autoridades federales, por constituir una vía general de comunicación, las líneas telegráficas, que no podrían construirse sin permiso de la Federación cuando salieran de los límites de un solo Estado. En seguida comenzó á limitarse, hasta suprimirla francamente, la facultad de los ferrocarriles de triinsmitir mensajes que no fuesen de su servicio ó del de los viajeros; y, por último, mediante contratos celebrados con la compañía del cable de Galveston y la poderosa «Western Union Telegraph Company», de los Estados Unidos, el servicio internacional ha quedado exclusivamente en manos de nuestro Gobierno y de esas dos compañías.

¿Han determinado esta línea de conducta consideraciones puramente económicas, como á primera vista parece, ó, en el fondo, son más bien políticas las causas preponderantes en su concepción y desarrollo? Los documentos oficiales que hemos tenido a la vista ninguna luz dan sobre este par

ticular; y, por lo mismo, á fuer de simples cronistas, sólo nos toca hacer constar los hechos y entre ellos el muy importante de que, hasta ahora, no se han levantado protestas contra este sistema. Probablemente en este caso, como en otros muchos, la nación, con espíritu práctico antes muy raro entre nosotros, al ver satisfecha su apremiante necesidad de comunicaciones de todo género, deja hacer á su gobierno cuanto cree conveniente, á cambio de que se conserve la paz pública y de que no se paralice su progreso económico, sin el que todos los demás serían irrealizables en el porvenir.

Tiempo es ya de que terminemos este capítulo, y lo haremos consagrando unas cuantas palabras á los teléfonos.

Esta mejora, calificada por algunos pensadores como la más grande maravilla científica del siglo xix, aun en competencia con el vapor, el telégrafo y otros inventos, ha adquirido ya entre nosotros amplia carta de naturaleza y se usa, no sólo en las ciudades, sino en los campos, en los ferrocarriles de interés local, y aun por algunos Estados en sus líneas particulares, de preferencia al telégrafo.

Según el « Anuario Estadísticos de la Secretaría de Fomento, al terminar el año de 1901 había en uso, en líneas urbanas, 5.805 aparatos con 6.562 kilómetros de alambre, y en líneas fuera de las poblaciones, 2.869 aparatos, con 27.037 kilómetros,

Ninguna entidad federativa deja de tener algunas líneas telefónicas en su territorio: la que menos, parece ser Sonora (poco más de 46 kilómetros), y la que más, Guanajuato (3.007 kilómetros). Cuarenta y siete empresas ferrocarrileras y de tranvías se sirven de líneas de teléfono en una extensión de 1.738 kilómetros, con lo cual la red telefónica de la República medía, hasta fines de 1901, 35.357 kilómetros.

El « Anuario Estadístico » de 1902 nos hace saber que en

las líneas telefónicas en los Estados hay 9.765 aparatos con una extensión de alambres de 38.918 kilómetros y que las líneas de los ferrocarriles miden 1.738 kilómetros.

Cuenta, pues, la República con más de 122.000 kilómetros de alambre, que, por telégrafo ó teléfono, mantienen la comunicación entre sus habitantes y les ponen en contacto con el resto del mundo civilizado. ¡Qué inmensa distancia la que se ha recorrido desde 1865, en que apenas pasaban de mil los kilómetros de hilos telegráficos que tenía México y juzgábase digna de especial mencion, en la Memoria del ministro de Fomento de la época, la línea que se había tendido entre el antiguo Palacio de los Virreyes y el histórico peñón de Chapultepec!

CAPÍTULO V

Obras públicas urbanas. El desagüe del valle

y el saneamiento de la ciudad de México

Uno de los tristes resultados de las perpetuas revoluciones mexicanas ha consistido en que, durante el primer medio siglo de nuestra vida independiente, no hayamos mejorado nuestras viejas ciudades coloniales ni construído los edificios públicos más indispensables, limitándonos, cuando mucho, á adaptar mal y de mala manera á cárceles, escuelas y oficinas de toda clase, alguno que otro convento, colegio ó palacio clerical que, por circunstancias casi fortuitas, escaparon de la dispersión de los bienes que fueron nacionalizados y que, persiguiendo altos fines políticos, los hombres de la Reforma tuvieron necesidad de echar á los cuatro vientos, sin recoger para sí, nunca ni en ningún caso, ni un átomo siquiera de aquellas riquezas.

Después, á la sombra de la tranquilidad pública, se ha comenzado en todos los ámbitos de nuestro territorio á mejorar poco a poco las antiguas poblaciones, y de Chihuahua á Yucatán, y cada día con más generalidad, han ido surgiendo mercados y hospitales, colegios y teatros, siendo únicamente de lamentar que, con deplorable frecuencia, se haya pensado en cosas más de aparato que de verdadera utilidad.

A pesar de todo, vamos ya comprendiendo que la dota.

ción de aguas potables, sanas y en abundancia, la construcción de alcantarillados, la formación de parques amplios, donde hasta el más humilde ciudadano pueda gozar del sol y del aire y otras cosas semejantes, constituyen necesidades indispensables para el progreso y aun para la vida de las poblaciones, y es de esperar que estas ideas se arraiguen y difundan cada día más.

Imposible es enumerar siquiera las mejoras ya realizadas en nuestras, principales ciudades del interior del país, porque el espacio nos falta para ello; que el lector nos permita, pues, ocuparnos casi exclusivamente de lo hecho por el Gobierno federal, sobre todo en la ciudad de México, y hablarle con cierta extensión, como que son las principales, sólo de las importantísimas obras del desagüe del Valle y del saneamiento de la ciudad de México.

Desagüe del Valle de México (1). – Después de larga y azarosa peregrinación, perseguida y maltrecha, llegó la tribu azteca al hermoso valle de México, circundado de altas montañas cubiertas de bosques y bañado en su fondo por un vasto lago del que surgían, entre juncos y plantas acuáticas, algunos islotes desiertos. Los sacerdotes de las tribus señalaron las pobres islas, no codiciadas por los pueblos ribereños, como el sitio indicado por los oráculos para asiento del pueblo peregrino; en ellas levantaron los

(1) Gran parte de lo que aquí va á leerse, está tomado de unos apuntes que para nosotros tuvo la amabilidad de preparar el señor ingeniero don Salvador Echagaray, siguiendo, á lo que nos parece, la reseña histórica que, por acuerdo de la Junta directiva del Desagüe del Valle de México, escribió con notable erudición y copia de interesantísimos datos el señor don Luis González Obregón, en 1900. Constituye esta reseña, con los trabajos que la complementan y son debidos á los señores ingenieros don Luis Espinosa y don Isidro Díaz Lombardo y al señor secretario de la Junta, don Rosendo Esparza, la obra más acabada que conocemos sobre el desagüe del Valle, y hará bien en consultarla el lector que se interese en conocer á fondo lo que con esta importante mejora se rela. ciona. Titúlase: Memoria descriptiva del desagüe del Valle de México, 1449-1900; consta de dos volúmenes y varios planos, y es una publicación oficial que puede obtenerse en la Secretaría de Comunicaciones y Obras públicas.

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