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encontraba elementos para hacer realizable su emancipación.

» El gobierno virreinal se vió entonces obligado á consumir todos sus recursos y en la necesidad de levantar empréstitos, de aceptar donativos y, por ende, de aumentar las contribuciones é impuestos para reembolsar los primeros y poder prescindir de los segundos.

»Las rentas más productivas, que eran el derecho de alcabalas, los impuestos del oro y la plata y el estanco del tabaco, fueron las primeras en resentir los trastornos revolucionarios. Además de que las minas cuyos minerales eran de poca ley tuvieron que dejarse de trabajar por lo elevado del costo de los artículos de consumo, la acuñación, que en 1810 fué de $ 19.046.188, bajó en 1812 á $ 4.409.266 y, por consiguiente, los rendimientos, que habían sido en el primero de dichos años de $ 1.674.147, descendieron en el segundo á $ 613.097. En los años posteriores á 1812, la acuñación fluctuó entre seis millones como mínimum y doce como máximum; pero el total de productos que fué en 1813 de $ 571.987, no ascendió más que á $ 972.594 en el año de 1819, en que la guerra parecía terminada y comenzaba á renacer la confianza. Hablando de la renta del tabaco, se expresa así el señor Medina: «La renta del tabaco, ramo el »más productivo de todos los de la Hacienda pública, que »había llegado á florecer en términos de que el año de 1809 »tuvo un valor entero de ventas que ascendió á $ 9.585.697, »y que habiendo importado sus gastos $ 5.978.747, fué su » líquido producto de $ 3.579.950, en los años siguientes »desde 1810 no sólo padeció enormes quebrantos en sus »valores, sino también en su crédito, pues no pudiendo satis»facer las libranzas giradas en su contra por los cosecheros, » desmerecieron éstas tanto en su estimación, que las más »apreciadas perdieron hasta el 80 por 100, de que resultó »que, faltos de fomento aquéllos, aflojaron en el cultivo del »tabaco, y que el poco que se cosechaba lo expidiesen de »contrabando, viciándose en este ilícito comercio compra»dores y vendedores, que hicieron desmerecer mucho los »valores de la renta; y, en fin, que no sólo no surtía ya á las »provincias del interior, pero ni aun a todas las administra»ciones sujetas a la general del arzobispado de México.»

»Las alcabalas corrieron igual suerte que los derechos de ensaye y amonedación. Si en 1810 produjeron en su totalidad $ 1.193.452, en 1812 disminuyeron á $ 861.085, á pesar de haberse aumentado un dos por ciento, que las hizo ascender á 8 por 100; pero en 1816 se aumentó otro tanto á los efectos de aforo y un 6 por 100 á los del viento ó tarifa con el nombre de alcabala eventual, en substitución de los impuestos de convoy, guerra y escuadrón, pagando, en consecuencia, un 16 por 100 los efectos de aforo y 12 los de viento, según los precios que con arreglo a los corrientes de plaza se fijasen en las tarifas. Debido á estos aumentos sucesivos, la aduana, que había recaudado $ 861.085 en 1812, llegó en 1816 á percibir, por los diversos derechos que cobraba, la cantidad de $ 1.774.138, y en 1820 la de $ 1.849.304, es decir, $ 913.053 más en 1816 y $ 983.919 más en 1820, último año del gobierno virreinal.

»Los quebrantos que cada una de las diversas rentas vino sufriendo desde 1810, se hicieron sentir sobre todo en las entradas de la Tesorería General de Ejército y Hacienda, que ya no pudo, sino en virtud de empréstitos repetidos, subvenir á las necesidades que de una manera imperiosa se presentaban para cubrir los gastos públicos. Los ingresos ordinarios, que habían sido en 1810 de $ 6.455.422 en numerario, y de $ 2.905.754 en plata pasta, descendieron en 1811 á $ 4.184.102 en numerario y á $ 821.393 en plata pasta, por lo que fué necesario hacer un préstamo de $ 2.484.880, que hizo subir el total de las entradas á $ 8.438.655 (1), dejando siempre una diferencia a favor de 1810 de $ 3.022 564. En el año de 1812 las entradas totales no llegaron más que á $ 5.151.218 (2), a pesar de haberse contraído una deuda por valor de $ 2.798.124; porque lo recaudado en numerario no

(1) Todavía, para completar esta suma, sué preciso disponer de $ 948.280 de sobrantes del año anterior, que el señor Casasús no tomó en cuenta.

(2) Las existencias del año anterior fueron de $ 259.365.

alcanzó más que á $ 1.664.282, y lo percibido en plata pasta fué de $ 429.447. Todo el quinquenio de 1812 á 1816 fué funestísimo para la Hacienda pública, porque en ninguno de dichos años pudieron pagarse los egresos sin recurrir á empréstitos más o menos onerosos. El total de la recaudación fué de $ 17.063.565; pero en esta suma se comprendían $ 5.337.367 de préstamos, de manera que la percepción de derechos sólo fué de $ 11.726.198, lo que da un término medio por año de $ 2.345.239.

»El sistema rentístico, como se ve, había quedado por completo desquiciado; su antigua producción había venido minorándose lentamente hasta alcanzar una cifra casi insignificante: los resortes administrativos se habían aflojado al grado de que no era posible introducir la moralidad indispensable en la recaudación, para evitar la colusión de los empleados con los defraudadores, y á la prosperidad de que la minería, el comercio y la agricultura habían disfrutado, había sucedido el abandono completo de la primera, la.paralización del segundo y la destrucción de la tercera, por la falta absoluta de elementos para desarrollarla.

» Tal era, poco más o menos, el estado de la Hacienda pública cuando la guerra de insurrección llegó a su término en el año de 1821.»

CAPÍTULO II

La Hacienda pública durante nuestra anarquia política

«La Hacienda pública de los Estados abarca el conjunto de su vida nacional. Así como el naturalista reconstruye el animal conocido un diente, así para el financiero se revela el organismo total de una nación en su presupuesto. Aquellas pilas de números distribuídos en las hojas de un voluminoso libro, por muy pocos consultado, son la medida de la prosperidad ó de la pobreza de un país, de sus fuerzas productoras, de sus tendencias y de sus propósitos, de su decadencia o de su progreso, de sus instituciones políticas y económicas, de sus tradiciones y de su cultura, de su poderío y aun de sus futuros destinos.»

Si, como no puede ponerse en duda, estas palabras del señor don J. Navarro Reverter, en sus Estudios sobre la Hacienda española, encierran una profunda verdad sociológica, ellas nos explican por qué resulta casi imposible hacer, en ordenado cuadro la historia hacendaria de la nación mexicana mientras la anarqųía política asentó en ella sus reales.

Ya en anteriores capítulos de este libro hemos consignado nuestro juicio sobre las principales causas que determinaron la independencia y llevaron fatalmente á la emancipada colonia á un permanente estado de agitación febril que había de durar hasta que fueran eliminándose, si no todos, al menos muchos de los elementos morbosos de aquel organismo. También hemos expuesto, al estudiar su nefasta influencia sobre el comercio, muchas de las disposiciones fiscales de aquellos tiempos de dolorosa recordación: régimen prohibitivo hasta el absurdo, alcabalas múltiples y sin base uniforme, derechos de internación y de consumo variables de Estado á Estado, gravámenes á la exportación y muchas veces prohibición de exportar nuestra entonces principal riqueza, consistente en los metales preciosos; obstáculos y trabas sin cuento á la circulación de las mercancías en el interior del país, han sido ya materias en cuya exposición nos hemos ocupado en la parte de este libro consagrada á nuestra lenta y laboriosa evolución mercantil. Son éstos, en consecuencia, otros tantos capítulos que habremos aquí de omitir; y más que una relación cronológicamente ordenada de nuestros desastres hacendarios que, sobre fatigar al lector, se reduciría á repetir hasta el infinito la eterna historia de la tela de Penélope ó del tonel de las hijas de Danaos, procuraremos presentarle, en síntesis tan breve cómo nos sea posible, la enumeración de las principales causas que contribuían á mantener el caos en las finanzas, á erigir el desorden y la bancarrota en régimen permanente y á entronizar la concusión, el fraude y el contrabando en todas las esferas de aquella mal llamada administración pública. Algunos episodios, que en lugar oportuno hallará el lector, le servirán para completar el juicio que se forme de lo que sin exageración ninguna puede llamarse el calvario en donde todos nuestros gobiernos, aunque algunos ciertamente con las mejores intenciones, ocupáronse á porfía en crucificar los intereses nacionales.

Opinión corriente entre publicistas y escritores que han estudiado los comienzos de la Hacienda pública mexicana, es la de que nuestros primeros gobiernos cometieron en ésta, como en otras muchas materias, el error de destruir de un

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