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alla memoria del modesto estadista señor licenciado don Matias Romero, que con incansable afán consagró su vida entera al servicio de la patria y tanto contribuyó al progreso económico de la República v i la creación de la Hacienda nacional.

PABLO MACEDO.

CAPÍTULO PRIMERO

Desde los tiempos primitivos hasta el fin

del Gobierno virreynal

ÉPOCA PREHISPÁNICA,--La teocracia y el militarismo fueron los caracteres dominantes de la raza meshica.

Desde sus remotos orígenes, peregrinando y á la defensiva, se acostumbró á valerse de las armas para llegar al islote que los oráculos le señalaran como asiento. La idea de guerra estaba tan arraigada en las tradiciones, en las leyes y en las costumbres de aquella familia, un tiempo errante, que su religión misma-ley única y suprema-no era, en el fondo, más que la reverencia por la lucha y por la fuerza.

El sacerdote predicaba la ferocidad conquistadora y sabía practicarla en el campo de batalla; el rey era electo después de sujetarse á la prueba de demostrar sus aptitudes de caudillo consumado; el adolescente de las clases principales, ya recluso en los seminarios, ya confiado á la cura de veteranos expertos, desde muy temprano se familiarizaba con las prácticas religiosas y los ejercicios militares; el plebeyo cultivaba, entre otras, las «tierras de los cuervos), cuyos productos estaban exclusivamente destinados a los gastos de guerra; y como la guerra era casi periódica, cual una ceremonia ritual, el servicio militar resultaba obligatorio. Las altas clases asumían el mando; la plebe cargaba las armas y prestaba sus vidas; la mujer miraba por la subsistencia de las tropas; la primera oración del niño era una invocación al símbolo bélico, al dios insaciable alimentado con las «frutas de las águilas», los corazones humanos, así llamados porque, ofrecidos en los sacrificios palpitantes aún, se asemejaban á la sangrienta fruta del nopal.

Aquella manera de ser impuso la disciplina y la obediencia como regla de conducta, sancionada por la superstición que se transmitia de padres á hijos; la carga dei despotismo llegó á ser, para las clases sin fuero, una condición normal de vida.

El rey, el sacerdote, el general, el noble, cuyo abolengo venía de la palestra, se presentaban a los ojos de la multitud como divinidades; la crueldad del sacrificio humano, como práctica familiar, necesaria, justa; y, empujado por esos tremendos fanatismos, y andando los tiempos, el puñado de emigrantes, desnudos, fatalistas y hambrientos, pudo convertir un islote insalubre, rodeado de fangos y de peligros, en residencia habitable, en centro de violentas expansiones, en metrópoli floreciente, en la potencia armada que en el reinado dramático y postrero de Motecuhzoma II alcanzara la supremacía en la triple alianza de México, Texcoco y Tlacopan.

Los conquistadores, los cronistas, los historiadores están conformes, después de ponderar la ferocidad de aquella raza, en que no carecía de una civilización relativamente adelantada: llevaba en su sangre, como herencia, la sabiduría de los tolteca. El ejercicio de las armas no había impedido al meshica ser astrónomo, ni ejercer la medicina; cultivaba música y danza; poseía nociones de moralidad, elevadas al rango de preceptos legales; castigaba el homicidio, el adulterio, el robo, el cohecho, la embriaguez, la falsedad en las medicinas, el allanamiento, la violación de los contratos; reconocía la autoridad de los jueces, que lo eran inviolables; daba derechos amplios a la defensa; loaba las fórmulas reverenciales; poseía un ceremonial diplomático; encarecía el amor á los pobres y el respeto á los ancianos; velaba por el pudor de las doncellas, y aunque practicara la esclavitud, el esclavo tenía en tierra bárbara mayores esperanzas de manumisión que en el viejo mundo de los despotismos, porque el esclaro lo era por una vida y sus hijos nacían libres. En la existencia del hogar, sus principios pudieran glosarse en el Evangelio.

¡Extraño contraste! Servía de brusco é inacorde fondo á esos adelantos la crueldad de su legislación penal, la violencia de la ordenanza, la ferocidad de los ritos; dijérase que en aquella familia bondadosa, como en otras teocracias, vencia el dios y se renovaba el conflicto entre la aspiración noble y los errores llamados de origen divino, que le detenían en su evolución.

Con tales antecedentes, fácil es suponer el estado económico de aquel pueblo. Eran grandes capítulos de su egreso el sostenimiento del rey, sus favoritos, su servidumbre, sus palacios y sus huéspedes de la clase sacerdotal, y sus templos y sus cultos; el de la nobleza y de la clase militar, con sus cuarteles y arsenales; y, por último, el sostenimiento de los funcionarios públicos. Solamente la tiranía fiscal sobre el grupo podía cubrir el presupuesto.

Cortés en sus cartas, Bernal Díaz en sus relatos sinceros y pintorescos han descrito el lujo desplegado por el monarca meshica en su palacio, la suntuosidad de su arte y la generosidad de sus dádivas. Sahagún especialmente, entre otros, ha enumerado los dioses principales y pequeños de la mitologia azteca y descrito las fiestas que, en honor de los mismos, se celebraban. El imperio estaba sembrado de templos, adoratorios y capillas (unas cuarenta mil, según Orozco y Berra), donde á diario celebrábanse varias ceremonias, de las cuales la mayor parte consistían en ofrendas. La liturgia de estos actos exigia gran consumo de leña, maíz, aves, resinas, papel y hule; el culto requería gran número de sacerdotes, sacrificadores, oficiantes y servidumbre, grupo enorme que los historiadores estimaban en un millón de individuos exentos de contribuciones.

La casta militar no era menos importante y gozaba de las mismas prerrogativas; se alojaba en cuarteles y disponía de arsenales y gimnasios. La nobleza y los funcionarios públicos completaban la porción privilegiada que vivía á costa del Estado.

La ciudad, asentada en fango deleznable, rodeada de lagos, sin buenos campos de cultivo, densamente poblada, no podia ciertamente proporcionar los recursos necesarios con la pesca incdiocre, y hubo de obtenerlos, por la fuerza, de otras comarcas. En las conquistas de los meshica se notan dos grande fines: allegarse tributos y hacer prisioneros para los sacrificios. El prisionero de guerra era grato á los dioses: el meshica estaba condenado á perpetua campaña: sin ella no habría tenido víctimas propiciatorias, y esto explica la rivalidad sin cuartel contra Tlaxcalla, república que era, por decirlo así, el almácigo de donde en las contiendas periódicas se tomaban cautis'os, alojados, mantenidos, cebados por el fisco para, tarde ó temprano, fenecer en la piedra de los sacrificios del teocalli.

El meshica no combatia para aniquilar al enemigo, ni para arrasar la plaza vencida: tomada ésta, ejercía una acción fiscal, convenía un tributo, sin inmiscuirse en la forma de gobierno establecida, limitando su señorío, en caso de resistencia, á la imposición de un delegado y á intervenir las rentas públicas por medio de un funcionario de hacienda. Así se explica que una metrópoli pobre concentrara en su mercado los más variados y abúdantes productos de todas las alturas y de todos los climas.'

En materia fiscal, legislaba el rey asesorado por cuatro consejeros, de los cuales, uno cihuacoatl desempeñaba las funciones de ministro de Hacienda, al cual estaba subordinado un Tesorero general hucical pixqui), jefe de los delegados de las provincias y de los recaudadores.

El meshica carecía de moneda propiamente dicha; representaba la riqueza por multitud de símbolos que constituían la contribución colectiva, rara vez personal, llamada tributo, principal, casi única fuente del ingreso.

El tributo consistía en un tanto del produto de las tierras: y así pagaba la gran mayoría agricultora, en un tanto de las mercancias, y así pagaba el mercader, en un tanto de los efectos manufacturados, y así pagaba el industrial. Y quien no tenía oficio, ni industria, ni tierras, ni bienes, prestaba servicios personales cultivando los campos del templo, del trono, del general, del señor, ó haciendo las veces de bestias de carga; y así pagaban los desheredados, con la energia muscular.

Dividido un pueblo en grupos de familias avecindadas, se designaba un señor á cada uno de ellos; quien colectaba el tributo, lo enteraba en tesorerías semejantes á los almacenes de depósito, bajo la guarda de un mayordomo encargado de su distribución; el contribuyente costeaba los gastos de carga, descarga, almacenamiento y acarreo, por manera que los gastos de recaudación eran casi nulos.

La gran riqueza estaba formada por las tierras; sueldo, herencia, emolumento, recompensa, significaban entre los meshica un pedazo de tierra: propiedad vitalicia, hereditaria y vendible en ciertos casos, pero nunca á un plebeyo.

La propiedad estaba muy dividida: las ciudades y pueblos se fraccionaban en barrios (calpullis), dotados con su jefe, jueces, escuelas y sacerdotes; el labriego, además del campo propio, cultivaba el ajeno. La provincia conquistada cedía una parte de su territorio, destinada á campos de cultivo, que el rey repartía entre los nobles, los militares y la clase sacerdotal; estos dotes eran inalienables, sus rendimientos no podían distraerse del objeto á que primeramente fueran destinados, sus poseedores no eran más que usufructuarios; podían arrendarse, pero no venderse; y tratándose, no de éstas, sino de las tierras asignadas á los vecinos de un

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