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fortuna podía ofrecer descanso á sus fatigas con el premio debido á sus hazañas malogró sus esperanzas un acaso, pues le previno la muerte su desgracia en los accidentes fatales de un descuido.

Después de haber Losada descansado con su gente diez días en el valle de San Francisco, llevado del dictamen que siempre tuvo de hacer las diligencias posibles para conseguir su conquista por los suaves medios de la paz, antes de valerse de los rigores de la guerra, en que fué singular este célebre caudillo, pues jamás desenvainó la espada que no fuese en los últimos lances del aprieto; despachó á Juan de Gámez con treinta hombres, para que corriendo el valle abajo procurase haber algunos indios a las manos, por cuyo me. dio pudiese manifestar a los caciques su deseo; y habiendo caminado como una legua del alojamiento, llegó al pueblo del cacique Chacao (encomienda que fué después de Francisco Maldonado), que halló desamparado de todos sus vecinos, pero bien proveido de bastimentos; y mientras divertidos procuraban juntar cuantos podían para conducirlos al ejército, alcanzaron á ver por la sabana inmediata al pueblo algunos indios é indias que presurosos se retiraban buscando abrigo á su temor en la profundidad de una quebrada, y partiendo en su alcance (á costa de una leve resistencia), consiguieron aprisionar algunos, y entre ellos al mismo principal Chacao: ocasión en que manifestó la experiencia haber la naturaleza criado también Hércules en la América, en quienes obrando desde la cuna los impulsos del valor, como calidad intrínseca del alma tuvieron por juguetes de la niñez acciones que en hombres muy esforzados se atribuyeran á efectos de una temeridad arrojada.

Hallábase á corta distancia de la quebrada un indiecillo de ocho á nueve años de edad, y viendo que entre las personas que aprisionaban padecía los ultrajes de cautiva una hermanita suya, impelido del amor, ó arrebatado del brío, poniendo primero en salvo otro hermanillo pequeño que tenía en los brazos, armándose de arco y flechas, salió al en: cuentro á los nuestros, pareciéndole bastaba el ardimiento

que le influía el corazón para poner en libertad a la inocente hermana, y con gentil denuedo y resolución imponderable, con la voz y con las obras manifestaba su enojo, pues prorrumpiendo en oprobios que le dictó el sentimiento, y echando mano á las armas disparó todas las flechas que embarazaban la aljaba, hiriendo (aunque levemente) dos soldados: Juan de Gámez, admirado de operación tan ajena de la edad de aquel muchacho, mandó que no le tirasen, deseando haberlo á las manos sin que recibiese daño; y porque no se escapase valiéndose de la fuga, cercándolo por todas partes, dió orden á sus soldados que lo cogiesen en brazos; pero el rapaz, ajeno de turbación y ostentando los espíritus que había encendido su cólera, aun intentó defenderse valiéndose del arco que le quedaba en las manos, hasta que rendido con el cansancio se confesó vencido, más por la fatiga que le asistía, que por el valor que le faltaba.

Vuelto Juan de Gámez al real con el cacique Chacao y demás prisioneros que había cogido en su entrada, informado Losada de las acciones del muchacho, aficionado á su aliento, después de haberlo agasajado con caricias y regalado con dádivas, procuró reducirlo á que se quedase en su compañía, pero nunca quiso el indiecillo asentir á tal propuesta, instando siempre por la libertad de la hermana para volverse á su pueblo; y como el ánimo de Losada era ejecutar la pacificación de la provincia, reduciéndola al yugo del vasallaje por los medios de amistad, sin que los indios experimentasen violencia en los modos de su trato, pareciéndole buena ocasión la presente para que conociesen que sus obras convenían con sus palabras y con el deseo de que perdiendo el miedo al rigor que temían se aficionasen del agrado que no esperaban, no sólo dió libertad al indiecillo entregándole la hermana, pero regalando al cacique Chacao, y dándole toda la gente prisionera de su pueblo lo despidió magnánimo, pidiéndole sólo en recompensa de su libertad la correspondencia firme de una amistad verdadera, á que prometió el bárbaro asistir con la lealtad que es propia de un ánimo agradecido; pero como infiel sólo mantuvo la memoria del beneficio mientras la necesitó fingir su disimulo para restaurar la libertad perdida, pues apenas salió del alojamiento de Losada, cuando para manifestar la traición que ocultaba en su alevoso pecho, flechó cuantos caballos encontró desmandados en el campo, y continuando con mayor demostración su rebeldía, desamparó su población, retirándose con todos sus vasallos a las serranías más inmediatas, desde donde al más mínimo descuido de los nuestros, lograba la ocasión su alevosía, pues no se apartaba del alojamiento persona de servicio o indio amigo que no perdiese la vida al tiro de su traición.

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Entra Losada a la provincia de los Mariches, y antes de sujetarla da la vuelta al valle de San Francisco á socorrer á los suyos.

Desengañado Losada de lo poco que aprovechaban los medios pacíficos de que se había valido para sujetar la provincia, determinó proseguir en su conquista por el camino inexcusable de la guerra, y para ello, dejando el resto de su campo á cargo de Francisco Maldonado, con sólo ochenta hombres salió en busca de los Mariches: confinaba esta nación con el valle de San Francisco por la parte del Oriente, ocupando diez leguas de tierras altas y dobladas, de un temperamento templado, numerosa entonces y dividida en diferentes pueblos que habitaba, y hoy tan totalmente des. truída, que sólo ha quedado el nombre que mantiene la provincia, para que en las cenizas de su ruina acuerde á la memoria lo que fué.

Partido Losada con sus ochentas hombres, y habiendo caminado tres leguas el valle abajo, llegó al primer pueblo de la nación que buscaba; pero noticiosos los indios anticipadamente de su entrada, lo habían desamparado, dejando en él una sola vieja, que por inútil ó impedida no pudo seguir la retirada, accidente que dió nombre á aquel país, pues por la leve circunstancia de este caso se llama hasta hoy la quebrada de la Vieja el sitio donde estuvo el pueblo, que después Cristóbal Gil, siendo su encomendero, mudó á la rinconada de Petare, donde al presente se conserva.

Luego que los indios desde la serranía donde se habían acogido alcanzaron á ver á nuestra gente apoderada de sus casas, con aquella vocería hija de su barbaridad con que suelen desfogar los ardimientos de su cólera, empezarun á prorrumpir en amenazas y oprobios contra los nuestros, y mostrando desde lo alto unas camisas blancas, les decían: «¿Adónde vais, miserables? volveos, volveos, que los indios Taramainas han muerto á vuestros compañeros que dejasteis en el valle; veis aquí sus camisas, que nos las enviaron de regalo, para que hagamos lo propio con vosotros, y si no os vais de nuestro pueblo moriréis á nuestias manos.»

Era Losada soldado antiguo de la milicia indiana, y como tal muy práctico en todas las cautelas de los indios, y así, sin hacer caso de la noticia que le daban, prosiguió su en'trada á lo interior de la provincia, dejando parte de sus sol. dados escondidos dentro de las mismas casas, para que al volver los indios á su pueblo les hiciesen perder el orgullo que tenían, castigando con rigor su atrevimiento; disposición que se logró al instante, pues apenas hubo salido Losada cuando bajaron al pueblo diez gandules, que, cogidos de repente en la emboscada, aunque intentaron defenderse con valentía, perdieron todos la vida con temeridad; y dejando palpitando entre su sangre los miserables cadáveres, pareciéndoles bastante demostración para el escarmiento de los otros lo que dejaban obrado, prosiguieron en alcance de Losada, á quien encontraron en breve por la fatiga con que caminaba, pues hallando cerradas las veredas con huesos, maderos y cortaduras, que había dispuesto la industria de los indios para embarazar la entrada, no daba paso en que no hallase un estorvo ó no encontrase un peligro, causa para que, en la corta distancia de cuatro leguas, consumiese el tiempo de tres días que tardó en llegar á dar vista al pueblo del cacique Aricabacuto, fundado de la otra banda de

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