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colonos, eran solo verdaderas suspensiones de armas, que ostensiblemente no tenian otro objeto que el de recobrarse ambos belijerantes de sus pérdidas, para volverse atacarse con redoblado encono. De esta manera la guerra era perpétua i siempre demasiado costosa, por cuanto no se respetaba principio alguno ni se adoptaban medios que templaran sus rigores. La España mantenia un ejército avanzado a la frontera i aprovechaba las oportunidades de atacar; i los araucanos permanecian sobre las armas i practicaban frecuentes incursiones al pais de las colonias, arrasándolo sin piedad i cometiendo todo jénero de depredaciones. Los esfuerzos que alguna vez se hicieron para regularizar la guerra fueron vanos, i ántes bien continuaron en progreso la traicion i el vandalaje, i subió de grado el odio dế ambas naciones.

Por este lijero bosquejo en que he tratado de caracterizar la conquista vereis, señores, que las colonias españolas en Chile se establecieron i se desarrollaron en medio de la alarma i de los contratiempos que ocasionaba una guerra tan obstinada, cruel i dificultosa. La guerra meció la cuna de las primeras jeneraciones de nuestra sociedad i protejió su precaria existencia; la guerra fué el único desvelo de este pueblo desde sus primeros momentos de vida, o diré mejor, fué la espresion única i verdadera de su modo de ser. El perpétuo peligro de que se hallaba amenazado fué endureciendo paulatinamente su carácter, haciéndolo triste i sombrio i hasta cierto punto enervando su natural actividad; porque teniendo siempre al frente un enemigo poderoso, que acechaba el momento oportuno de aniquilarlo, i que no le dejaba seguridad ni quietud para organizarse, solo cuidó de defender su existencia a fuerza de sangre i de contrastes. A cada paso tenia que lamentar una desgracia o celebrar un triunfo, que nuevos acontecimientos venian a convertir en ilusorio i estéril. Las batallas eran el único arbitrio de defensa a que podia apelar; los incendios, la desolacion de los campos i ciudades i la pérdida de un ejército eran los únicos sucesos que lo ajitaban i que venian con frecuencia a patentizarle su desventura i a sofocar en su mente toda ilusion risueña, toda esperanza de un porvenir mas feliz. Las comodidades de la vida doméstica, los beneficios de la industria, los goces de la sociedad le eran desconocidos, o por lo menos eran bienes de un órden secundario, en cuya posesion no pensaba, porque no tenia tranquilidad. De modo, pues, que este pueblo a que hoi pertenecemos, antes de ser industrioso fué guerrero, i antes de saborear placer alguno de los que constituyen la dicha del hombre social, soportó las angustias de una guerra eterna i funesta. La ciega sumision del soldado i la dura esclavitud de un humi. llante vasallaje, la desesperacion de las derrotas sangrientas i el terror de un poder doméstico que sojuzgaba hasta las conciencias, apagaron i casi estinguieron en su alma los jérmenes de todo sentimiento social i de toda aspiracion brillante: era un pueblo dormido que solo despertaba para batallar, un pueblo que no estaba organizado mas que para la guerra.

Los españoles se habian visto precisados a separarse de su sistema, porque sus fuerzas solas no eran suficientes para resistir a la omnipotencia de los araucanos. Habian comunicado su espíritu militar a sus colonias chilenas i contaban en ellas el refuerzo que habian menester para defenderlas.

A mediados del siglo pasado las plazas de armas del reino de Chile eran las únicas en toda la Améri. ca del Sur que tenian la ventaja de poder servirse de las milicias que formaban los vecinos de las poblaciones i campañas inmediatas, en estado de tomar las armas, porque era crecido el número de estas milicias i podian juntarse fácilmente por el buen órden de su disciplina. (1) En 1777 se dió a estos cuerpos mas perfecta organizacion i en 1792, sin contar el copiosísimo número de milicias urbanas, ascendian las provinciales regladas a 15,856 plazas en servicio espedito. (2) Por estos datos se deja ver que los conquistadores, abandonando sus recelos, se consagraron a establecer en Chile cuerpos de milicias mejor reglados i disciplinados que los que tenian en su propio pais. Mas tarde veremos cómo influye i se desarrolla el espíritu de disciplina militar en los criollos i de qué manera ha contribuido a fijar hasta cierto punto uno de sus mas sobresalientes rasgos característicos.

(1) Noticias secretas de América, por don J.Juan i don A, DE ULLOA.

(2) MOLINA, Historia de Chile, cap. XI, lib IV.

II.

Idea del sistema colonial éspañol,

No solamente el carácter de la conquista modificó la existencia de esta nacion; hai todavía otro elemento que sin duda ha ejercido un influjo mas poderoso en su jénio e inclinaciones sociales, tal es el sistema colonial adoptado por la España.

Sabido es que los españoles conqnistaron la América, empapando en sangre su suelo, no para colonizarla, sino para apoderarse de los metales preciosos que tan abundantemente producia. Torrentes de aventureros se desbordaban sobre el Nuevo Mundo predominados por la esperanza de reunir injentes riquezas a poca costa, i dirijian a este solo objeto su actividad, sin omitir arbitrio ni violencia alguna que les fuese necesario emplear para obtenerlo. Al fin la realidad fué haciendo decaer la ilusion, i convencidos los conquistadores por su propia esperiencia de que no era tan excesiva, como se ponderaba, la fecundidad de las minas americanas, fueron abandonando sus arrojadas especulaciones i dedicándose paulatinamente a las empresas de agricultura i comercio. Pero este nuevo jiro de sus aspiraciones no dió de sí cuanto podia, atendidas las ventajas que brinda el suelo americano, porque no tenian gusto ni intelijencia

para esplotar este nuevo venero de riqueza, i su gobierno, por otra parte, con su absurdo sistema industrial, estancaba en su orijen todos los bienes que podian prometerse.

Al establecer la España sus colonias en América, trasplantó a ellas todos los vicios de su absurdo sistema de gobierno, vicios que se multiplicaron infinitamente por causas que tenian su orijen en el sistema mismo.

Las colonias chilenas fueron divididas en provincias, que, gobernadas por un jefe subalterno, tenian un cabildo de rejidores perpétuos i de alcaldes, los cuales administraban justicia i eran elejidos por aquellos entre la primera nobleza. Estaban estos cuerpos sujetos a un presidente, gobernador i capitan jeneral del reino, nombrado por la corte de España i dependiente de ella, escepto en los casos de guerra en que reconocia la preeminencia del virei del Perú hasta cierto punto. Aquel alto funcionario de Chile, como representante de Su Majestad Católica, era el supremo administrador de las colonias; como capitan jeneral, era el jefe del ejército i tenia bajo su potestad a los tres grandes oficiales del reino, que eran el maestre de cainpo, el sarjento mayor i el comisario, i tambien a los gobernadores militares de las cuatro plazas marítimas de Valparaiso, Valdivia, Chiloé i Juan Fernandez; como presidente i gobernador, tenia el poder jurisdiccional i presidia a la Real Audiencia i a los tribunales de hacienda, de cruzadas, de tierras vacantes i comercio, que eran los encargados de la administracion de justicia en los diversos ramos a que estaban destinados. La Real Audiencia juzgaba en

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