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INTRODUCCION

Excmo, señor Patrono de la Universidad:

SEÑORES : En esta reunion solemne que la Universidad de Chile celebra para dar cuenta por primera vez de sus trabajos, hai algo mas que el simple cumplimiento de una disposicion de sus estatutos : importa ella tambien un verdadero homenaje rendido a la patria en la conmemoracion del gran dia en que destellaron los primeros lampos de nuestra libertad política. Destinada la Universidad a promover el cultivo de la intelijencia i a dirijir el desårrollo de la civilizacion, no puede concurrir de otro modo mas propio a la celebracion del aniversario de la República, que presentándola un cuadro de sus tareas i proclamando el mérito de los que consagran sus esfuerzos a tratar las cuestiones de un verdadero interes social que ella ha designado como temas de especulaciones científicas.

Yo he tenido la honra de ser designado para llenar ahora uno de los mas importantes deberes que la lei impone a esta ilustre corporacion, tal como el de presentar una memoria sobre alguno de los hechos notables de la historia de Chile, apoyando los pormenores históricos en documentos auténticos i desenvolviendo su carácter i consecuencias con imparcialidad i verdad (1). Antes de someter, señores, a vuestra consideracion una obra que está mui lejos de corresponder a mis deseos i de ser digna de vuestra aprobacion, permitidme insinuaros siquiera los principios que me han guiado al penetrar en el santuario de la ciencia de la humanidad.

La historia es para los pueblos lo que es para el hombre su esperiencia particular: tal como éste prosigue su carrera de perfeccion, apelando siempre a sus recuerdos, a las verdades que le ha hecho concebir su propia sensibilidad, a las observaciones que le sujieren los hechos que le rodean desde su infancia, la sociedad debe igualmente en las diversas épocas de su vida, acudir a la historia, en que se halla consignada la esperiencia de todo el jénero humano, a ese gran espejo de los tiempos, para iluminarse en sus reflejos. ¡Cuál seria la suerte de las naciones si se entregaran ciegas en los brazos de la fatalidad, sin curarse de preparar el dėsarrollo de las leyes morales que las encaminan irresistiblemente a su ventura! Su existencia careceria entonces de unidad, no seria otra cosa que una sucesion de hechos aislados, cuyos antecedentes no entrarian a formar la conciencia de su verdadera posicion, ni valdrian para presajiar lo futuro, porque no se concebiria su enlace natural i necesario; su accion en la carrera de perfeccion se desarrollaria lenta i penosa, al impulso espontáneo de

(1) Art. 28 de la lei de 19 de noviembre de 1842.

los sucesos, i seria tan varia i caprichosa como lo son éstos; su educacion estaria encomendada a la ventura i seria necesariamente contradictoria i chocante en sí misma, puesto que con cada jeneracion desaparecerian para siempre la esperiencia i espíritu de las épocas, las lecciones que la humanidad recibe de los hechos que marcan el curso de los siglos imprimiéndoles su carácter.

Es cierto que al contemplar en el inmenso caos de los tiempos un poder superior siempre en accion que lo regulariza todo, una lei orgánica de la humanidad, siempre constante i demasiado poderosa, a la cual se sujetan los imperios en su prosperidad, en su decadencia i en su ruina; la cual preside a todas las sociedades, sometiéndolas a sus irresistibles preceptos, apresurando el esterminio de las unas i proveyendo a la subsistencia i ventura de las otras; es cierto que al ver una armonía siempre notable i sábia en esa confusion anárquica que produce el choque i dislocacion de los elementos del universo moral, el espíritu se agobia de admiracion i como fatigado abandona el análisis, juzgando no solo escusable sino tambien lójicamente necesario creer en la fatalidad, entregarse a ese poder regulador de la creacion, “confiarse en el órden majestuoso de los tiempos i adormecerse arrullado con la esperanza de que esa potestad que ha sabido pesar i equilibrar los siglos i los imperios, que ha contado los dias de la vieja Caldea, del Ejipto, de la Fenicia, de Tebas, la de cien puertas, de la heroica Sagunto, de la implacable Roma, sabrá tam. bien coordinar los pocos instantes que le han sido reservados al hombre i esos efímeros momentos que llenan su duracion” (1). Mas el error en que se funda este raciocinio, al parecer tan lójico, se descubre cuando nos elevamos a contemplar la alteza de la humanidad, cuando nos fijamos en esa libertad de accion de que la ha dotado su Creador. La sucesion de causas i efectos morales, que constituyen el gran código a que el jénero humano está sometido por su propia naturaleza, no es tan estrictamente fatal, que se opere sin participacion alguna del hombre; ántes bien la accion de esas causas es enteramente nula si el hombre no la promueve con sus actos. Tiene éste una parte tan efectiva en su destino, que ni su ventura ni su desgracia, son en la mayor parte de los casos otra cosa que un resultado necesario de sus operaciones, es decir, de su libertad. El hombre piensa con independencia i sus concepciones son siempre el orijen i fundamento de su voluntad, de manera que sus actos espontáneos no hacen mas que promover i apresurar el desarrollo de las causas naturales que han de producir su felicidad i perfeccion o su completa decadencia. El mas sábio i profundo historiador filósofo del siglo anterior enseña esta verdad cuando establece que “la divinidad no ha impuesto al hombre otros límites que los que dependen del tiempo, del lugar i de sus propias facultades. Lejos, dice, de haber socorrido jamás por medio de prodijios a los que sufren por sus faltas, ella ha dejado siempre desenvolverse el mal en todas sus consecuencias a fin de que el hombre aprenda a conocerlo... Tan sencilla.es esta lei de la naturaleza, como digna del autor de las

(1) QUINET, introduccion a la obra de Herder titulada: Idées sur la philosophie de l'humanité.

cosas i fecunda en consecuencias para la especie humana. Si el hombre debe ser lo que es i llegar a ser aquello que puede ser, la espontaneidad es inherente a su naturaleza, i es necesario que en el centro de acciones libres que ocupa, no sea turbado en sus obras por ningun accidente estraño. Toda la materia inanimada, todos los seres vivientes que siguen un instinto ciego, son hoi lo que eran en los primeros dias de la creacion. Dios ha establecido al hombre como una divinidad en la tierra, puso en él un principio de actividad personal, i por efecto mismo de sus necesidades físicas i morales, le imprimió un movimiento que no debe terminar jamas. El hombre no podria vivir ni conservarse si no aprendiera a hacer uso de su razon; apenas comenzó a servirse de ella, nacieron de todas partes los errores, pero por consecuencia necesaria de sus estravios, su razon se ilustró con la esperiencia; a medida que conoció mejor sus faltas, puso mas empeño en correjirse. Mientras mas avanzó en su carrera, se desarrolló tambien su humanidad, i es preciso que la desarrolle todavia, so pena de jemir por muchos siglos bajo el peso de sus errores.” (1)

Estas observaciones, fundadas rigorosamente en los hechos, nós prueban demasiado bien que la humanidad es harto mas noble en su esencia, i que está destinada a fines más grandiosos que los que imajinan aquellos que la consideran sometida tan estúpidamente como la materia a sus leyes.

Pensar que las sociedades humanas debieran entregarse pasivas a una lei que fatalmente las estingue o

(1) HERDER, Idées sur la philosophie de l'histoire de l'humanité, lib. XV, cap. 1.0

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